El mundo a través de los ojos de Juan, el Daltónico
Durante una década, Juan, el Daltónico ha transformado sombreros y tocados en pequeñas esculturas cargadas de simbolismo. Su primera gran retrospectiva "Acento Dramático", exhibida en el Centro Cultural La Sombrerería, invita a recorrer el universo creativo de un artesano que encontró en este oficio una forma de reinventarse.
De niño no quería ser astronauta ni futbolista. Mientras otros soñaban con apagar incendios o viajar al espacio, Juan soñaba con ser un pájaro. Su universo giraba en torno a dinosaurios, aves y animales. Pasaba horas viendo documentales, hojeando enciclopedias y recorriendo museos.
Lo curioso es que la creatividad y la destreza manual que hoy definen su trabajo no fueron una habilidad innata. En el colegio, las artes plásticas eran justamente el ramo donde más dificultades tenía. Preocupada por eso, su madre comenzó a incentivarlo comprándole plasticina, témperas y distintos materiales para que practicara en casa. “Gracias a mi mamá, y con el paso del tiempo, me fueron gustando las artes en general”, recuerda. Nadie habría imaginado entonces que ese niño, que alguna vez necesitó reforzar sus habilidades artísticas, terminaría construyendo una carrera como uno de los sombrereros y creadores de tocados más reconocidos de la escena chilena.
Al salir del colegio Juan Eduardo Cabezas (35), más conocido como Juan, el Daltónico, sabía que quería dedicarse a algo vinculado con las artes, pero también buscaba una profesión que le ofreciera estabilidad, entonces escogió arquitectura, “que es un poco de ambas cosas”, dice.
Fue en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile donde comenzó a tomar forma el creador que es hoy. Entre maquetas, estructuras y ejercicios de composición apareció también el apodo que terminaría convirtiéndose en su marca.
Juan había vivido toda su vida con daltonismo, pero nunca lo había sentido como una limitación. En la universidad, en cambio, la percepción del color pasó a ser un desafío cotidiano. “En Arquitectura es terrible, porque uno hilaba fino respecto al color. No es que uno cambie todos los colores, como a veces la gente piensa; son ciertas tonalidades que tu ojo no distingue. A mí me pasa con los colores fríos, por ejemplo”, explica.
La situación terminó transformándose en una broma recurrente entre sus compañeros, quienes comenzaron a llamarlo Juan, el Daltónico.
Pero él, lejos de entender el daltonismo como una desventaja, decidió incorporarlo a su forma de crear. “Siempre lo he visto más como un plus. Es como tener un filtro siempre contigo; si no lo tuviera, sería otra persona creativamente”, afirma.
Esa manera particular de mirar el mundo atraviesa su obra. Sus tocados rara vez recurren a colores estridentes para llamar la atención. En cambio, privilegia las texturas, las siluetas, las plumas, los tonos tierra y estructuras que parecen desafiar el equilibrio.
El camino para transformarse en sombrerero
Todo comenzó en uno de los momentos más difíciles de la vida de Juan. Después de años de una formación exigente en Arquitectura, donde las noches sin dormir y la presión constante parecían parte de la rutina, sufrió un fuerte deterioro de su salud mental. “Me estaba yendo mal en la universidad, mi vida personal tampoco estaba bien y por eso no terminé la carrera. De hecho, nunca me titulé oficialmente de arquitecto”, cuenta.
En este contexto y sin un rumbo claro, abrió una cuenta de Instagram para compartir algunas de sus creaciones. No existía un plan de negocio ni la intención de convertirse en diseñador, era simplemente una forma de mantenerse ocupado. “Dentro de toda esta depresión, dentro de este bajón enorme en el que no tenía nada que hacer, empecé a subir cositas. Era una terapia para mí”.
Empezó publicando dibujos, fotografías y pequeños accesorios hechos con cartón y otros materiales simples. Desde la adolescencia seguía con atención el trabajo de diseñadores de moda internacionales, y esa influencia comenzó a aparecer de manera natural en las creaciones que compartía.
Un día, un estudiante de Diseño encontró su cuenta de Instagram y le pidió crear un tocado para el desfile de fin de año de su colección. Después vinieron las primeras fotografías editoriales, las publicaciones en medios especializados y nuevos encargos. Poco a poco, hacer sombreros dejó de ser un pasatiempo y pasó a ser su oficio.
Pero, incluso cuando su trabajo ya era reconocido, Juan nunca se sintió cómodo llamándose diseñador. “Yo no soy diseñador. Estudié Arquitectura y ni siquiera terminé la carrera. Por eso me gusta decir que soy sombrerero o artesano”, afirma.
Durante mucho tiempo esa definición fue un conflicto. Sentía que su proceso creativo era distinto al de quienes habían sido formados en escuelas de diseño: “Yo hacía las cosas que se me ocurrían nomás. No tenía esa disciplina del diseño que busca solucionar un problema del mundo real. Lo mío era crear desde lo que imaginaba y con los materiales que encontraba”. Quizás por eso, más que diseñar accesorios, Juan terminó construyendo un oficio propio: uno donde la experimentación, la intuición y el trabajo manual pesan tanto como la técnica.
Un sello inconfundible
Tal como él lo reconoce, cada una de sus piezas va más allá de lo material: “Vendo ideas o conceptos, más que tocados. El tocado es el medio para que esa idea, esa sensación, esa crítica se exprese”. Detrás de ellas hay horas calculando estructuras invisibles para que un tocado parezca flotar sobre una cabeza. Hay pruebas con materiales poco convencionales heredadas de la escuela de arquitectura, donde aprendió que cualquier elemento podía convertirse en materia creativa. “No le tengan miedo a los materiales”, recuerda que repetían sus profesores, frase que sigue guiando su trabajo.
En estas esculturas conviven referencias a la historia del arte, la arquitectura religiosa, sobre todo, las aves. Y es que ese niño que soñaba con ser un pájaro nunca desapareció. Las plumas aparecen una y otra vez en sus colecciones. No solo como material, sino como una extensión de esa fascinación infantil por la ornitología.
De hecho, una de sus colecciones más significativas tiene como motor ese sueño de niño. Titulada “Octocaudipteryx Daltonicaae”, Juan se dio el espacio para que su creatividad fluyera sin límites e inventó cuatro especies imaginarias de aves y construyó cuatro tocados inspirados en ellas, con nombres científicos creados junto a un ornitólogo mexicano y fotografías montadas como si pertenecieran a un museo de historia natural. “No le pregunté nada a nadie. Todo era para darle el gusto al Juan de ocho años”, dice.
Aunque trabaja en uno de los oficios más tradicionales que sobreviven en Chile, Juan insiste en que los sombreros no pertenecen al pasado. Admira profundamente la técnica de los antiguos maestros, pues él mismo aprendió el oficio en la histórica fábrica Sombreros Girardi antes de su cierre, pero cuestiona la rigidez con que muchas veces se entiende la sombrerería: “No quiero hacer sombreros para el siglo XIX. Quiero hacer sombreros para el siglo XXI”.
Por eso sus piezas rara vez dialogan con el vestuario de época, incluso cuando toman referencias históricas. Su intención es otra: demostrar que un tocado puede ser contemporáneo, que puede convivir con la moda actual y dejar de ser un objeto reservado para recreaciones históricas o ceremonias.
Acento dramático: retrospectiva de una década de creación
Diez años después de subir aquellos primeros tocados de cartón a Instagram, el trabajo de Juan encontró un nuevo hito: su primera gran retrospectiva. “Acento Dramático”, abierta hasta el 5 de septiembre en el Centro Cultural La Sombrerería, reúne una veintena de piezas que recorren una década de creación y permiten seguir la evolución de un lenguaje donde conviven las referencias al arte religioso, las aves, la experimentación con materiales y el oficio sombrerero.
La muestra tiene además un valor simbólico. No solo representa el reconocimiento a una trayectoria construida de manera completamente autogestionada, sino que también se realiza en un espacio dedicado precisamente a preservar y difundir la tradición de la sombrerería en Chile. A través de exposiciones, talleres y actividades culturales, el Centro Cultural La Sombrerería busca mantener vivo un oficio que alguna vez fue parte del cotidiano y que hoy sobrevive gracias al trabajo de artesanos y creadores que lo reinterpretan desde una mirada contemporánea.
Para Juan, exponer allí tiene un significado especial. “Yo siempre quise hacer una exposición. Sentía que era una forma mucho más democrática de mostrar la moda que un desfile”, explica. Ver sus piezas reunidas en un espacio dedicado a la historia y al futuro de la sombrerería es, dice, la confirmación de que el camino que comenzó como una terapia terminó convirtiéndose en un oficio capaz de dialogar con el patrimonio y el arte.
Más que una retrospectiva, “Acento Dramático” propone un recorrido por el universo creativo de Juan, el Daltónico y, al mismo tiempo, invita a mirar el sombrero desde otra perspectiva, no solo como un accesorio o un objeto ligado al pasado, sino como un soporte para la experimentación artística y una forma de mantener vigente un oficio tradicional.
__
La exposición “Acento Dramático” se encuentra disponible para visitar de manera gratuita de martes a sábado en el Centro Cultural La Sombrerería, ubicado en la calle 21 de mayo #707, segundo piso, Santiago.
Lo último
Lo más leído
1.
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE