La columna de Juan Ignacio Eyzaguirre: “Sesenta, los nuevos cuarenta”

La columna de Juan Ignacio Eyzaguirre: “Sesenta, los nuevos cuarenta”

"El debate previsional en el Congreso parece situado en el siglo pasado. Debatir exclusivamente sobre capitalización individual o sistema de reparto, hace caso omiso al cambio de paradigma sobre la vejez que experimenta el mundo".


Entre las curiosidades de la cultura francesa está su particular manera de contar. Al llegar a los sesenta, se comienza a contar en veintenas. Por ejemplo, 75 es sesenta-quince, soixante-quinze. Luego, ochenta es cuatro-veintes, quatre-vingts, a partir del cual nuevamente se comienza otra veintena: antes del cien está el cuatro-veintes-diecinueve.

Me gusta pensar que esta antigua elegancia del francés buscaba reflejar las etapas de la vida. Nuestros días corrían desde el nacimiento hasta los sesenta, pues esa solía ser la expectativa de vida. Después venían años regalados más allá de lo que usualmente duraba la vida, por eso se recomenzaba a contar.

Sin embargo, el ciclo de la vida ha cambiado rotundamente desde mediados del siglo XX. El mayor logro de la humanidad ha sido ganarle años a la muerte. En el siglo XIX, más de un tercio de las personas moría antes de cumplir veinte y era una rareza llegar a los setenta. Hoy es una tragedia no llegar a los veinte y la gran mayoría pasa los setenta años.

La mejor salubridad -la higiene del entorno, de la comida y bebida-, las vacunas y los antibióticos han derrotado a las principales causas de muerte temprana. Así la expectativa de vida ha avanzado progresivamente hacia los ochenta años. Como humanidad, hemos ganado al menos veinte años de vida adicionales. Se dice que la edad no es cuantos años hemos cumplido sino cuántos nos quedan. Bajo esa perspectiva, los sesenta serían los nuevos cuarenta.

El ciclo habitual de la vida era educarse hasta los veinte para pasar a la adultez. Luego venían cuatro décadas de trabajo, marcadas inicialmente por los hijos y luego por los nietos. Finalmente, pasados los sesenta venía la jubilación en la que esperábamos que la ruleta de la muerte nos jugara una buena pasada para disfrutar algunos años de ocio. Pero ahora, la extendida longevidad combinada con el antiguo orden de la vida nos ha dado jubilaciones de varias décadas, las que continuamente se han ido alargando.

La relevante extensión de la longevidad sumada a la aceleración de cambios en el mundo, han comenzado a poner presiones en este rígido ciclo vital. El continuo crecimiento de la longevidad ha dejado caer su peso sobre presupuestos fiscales y familiares, pues cada vez son menos los que trabajamos por cada persona jubilada. Frente a estos rotundos cambios deberíamos modificar nuestra concepción de la vejez y transformar nuestras formas de organización social.

En este contexto, el debate previsional en el Congreso parece situado en el siglo pasado. Debatir exclusivamente sobre capitalización individual o sistema de reparto, hace caso omiso al cambio de paradigma sobre la vejez que experimenta el mundo. Debemos repensar la educación, el trabajo, la salud, las pensiones y las políticas sociales.

Los países que han mirado con honestidad los cambios a la longevidad y formas de vida han concluido que la adaptabilidad es la clave del éxito. En lugar de educarnos una vez en la vida, deberemos pensar cómo ayudar a la población para que se entrene múltiples veces sin importar su edad. La flexibilidad laboral se ha vuelto aún más fundamental pues debería permitir emplear a quienes buscan dignidad y satisfacción trabajando para los demás sin importar su edad. A su vez, la salud debe migrar hacia medidas preventivas, para producir una vejez activa y vital, entendiendo que el objetivo no es extender vidas sino optimizar el tiempo para que nuestros cuerpos sean catalizadores de nuestra búsqueda de la felicidad en lugar de calvarios de dolores y sufrimientos.

Aquellos países que sepan enfrentar de múltiples maneras nuestra longevidad lograrán ofrecer mejores vidas a sus ciudadanos. Los que fracasen en el intento, anclaran a su sociedad al calvario del pasado. Ojalá, Chile, sea de los primeros.

*El autor de la columna es autor de DESpropósito: Por qué la corrección política en el mundo de la empresa amenaza el progreso

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