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Mi Buffett

Fans of Warren Buffett will flock to Omaha, Neb., on Saturday for Berkshire Hathaway’s annual meeting .

Hace unas décadas, mientras vivía fuera de Chile, me topé por primera vez con Warren Buffett, no en carne y hueso, pero sí en espíritu. Cayeron en mis manos algunas cartas que había escrito a sus accionistas, ¡y tate! Me envicié. Quise leer todo lo que él había escrito, y todo lo que habían escrito sobre él. Quise aprender de su filosofía de inversión (value investing), pero también de su vida. Entiendo que le suene raro lo que le comento, porque fue raro para mí también. Esa obsesión instantánea con algún personaje y sus ideas no me había pasado antes ni me ha vuelto a pasar desde entonces. “Value investing te hace sentido instantáneamente, o nunca lo hará”, escribió el mismo Buffett en The Superinvestors of Graham-and-Doddsville. Aleluya que así fue, pienso hoy.

Mientras leía y escuchaba a Buffett, lo que sabía de economía, finanzas, contabilidad, inversiones y comportamiento humano tomaba coherencia. Tanto mi formación en Wharton como mi experiencia laboral me habían preparado bien para el “rubro”; sin embargo, me faltaba cerrar el círculo, y ahí entraba Buffett. Buffett para mí era comprender y aprovechar el mundo real, no esos modelos teóricos que parten con un “supongamos un mundo en que (mundo que no existe)”, para seguir con “en ese mundo ocurriría lo siguiente”… para rematar enchufando esa “ocurrencia” a un mundo real al que poco le importa el modelo. Varias de esas teorías académicas a partir de supuestos que no se dan en la realidad eran como aprender ajedrez: gran ejercicio intelectual, pero totalmente inútil para ganar una batalla medieval. Hablando de ajedrez, Buffett alguna vez dijo que para derrotar a Bobby Fischer bastaba jugarle cualquier juego menos ajedrez.

Value investing es simple pero no fácil, es comprar algo por menos de lo que vale ¡Es invertir! Cuando no ocurrió aquello, usted no invirtió, usted gastó o, más bien, usted perdió. Aprendí también algo que hoy veo como una tautología: todos los grandes inversionistas son value investors. Ese sentido común, carácter e independencia intelectual ya estaba presente en los grandes inversionistas mucho antes que Ben Graham, maestro de Buffett, detallara sus ideas en sus dos grandes obras: The Intelligent Investor y Security Analysis (coescrito con David Dodd). Libros meticulosos en que con gran detalle desarrollan los tres pilares de esta disciplina: (1) detrás de un activo financiero hay un activo real, entérate qué compraste; (2) el riesgo y rentabilidad está en el presente, en el precio que pagas hoy, ahí está tu margen de seguridad; (3) tu socio, Mr Market, es un maniaco depresivo que a veces te quiere regalar su participación y otras quiere comprar la tuya a precio de oro. Él no está para educarte, está para servirte.

Mi alegría al descubrir a Buffett no se limitó a que él me acercara a la realidad (o a la verdad como diría un filósofo), sino también a la libertad: pensando, leyendo y trabajando solo (cosas que particularmente me agradan), podía tener un futuro esplendor. Futuro de independencia y libertad donde no me tendría que preocupar por lo que el mundo (algún jefe o cliente) pensara de mí. Como dice Naval Ravikant, “el dinero no compra la felicidad, compra la libertad”… cosas parecidas en todo caso.

Después de seis décadas dirigiendo Berkshire Hathaway, donde multiplicó en más de 50 mil veces la inversión de sus socios (accionistas), este 31 de diciembre de 2025 Buffett “went quite”, como él mismo lo señaló.

Si bien nunca compré una acción de Berkshire Hathaway, Buffett me hizo rico de la mejor manera posible, me dio libertad.

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