La olvidada historia de la “astrónoma calculadora” que cambió la forma en que entendemos el Universo

Autor: Pamela Silva


Si no consideramos al Sol, la estrella más cercana a la Tierra es Próxima Centauri, ubicada en el sistema Alfa Centauri y que está a 4.24 años luz. Hoy en día saber eso no es muy complicado, basta con buscar en Google “¿Cuál es la estrella más cercana a la Tierra?” y ni siquiera tenemos que clickear algo para obtener la respuesta.

Todo ese conocimiento que hoy nos parece tan fácil de obtener, deriva del trabajo -manuel, lento y tedioso- de astrónomos que realizaron investigaciones hace años. Astrónomos famosos, cuyos nombres adornan telescopios, observatorios, de quienes todos hablan y admiran.

Pero todo el trabajo que esos astrónomos hicieron para establecer con certeza a qué distancia están las estrellas de la Tierra, no habría podido realizarse sin la investigación de Henrietta Leavitt.

Un artículo de tres hojas publicado en la circular 173 del Harvard College Observatory en 1912 resumió el trabajo de Henrietta Leavitt y cambió la forma en la que entendemos el Universo, para siempre.

Cuatro años antes de esa circular, Henrietta había descubierto varias estrellas en Pequeña Nube de Magallanes -que fue publicado en un artículo que no tuvo su nombre-. Esta nube estaba llena de Cefeidas, estrellas que varían su brillo hasta en cuatro veces en periodos de tiempo regulares que pueden ir desde días a meses.

No fue la primera en descubrir ese tipo de estrellas, astrónomos como Solon Bailey o John Goodricke ya lo habían hecho anteriormente, pero lo que sí demostró Henrietta fue que existe una relación entre el periodo de variabilidad y brillo de las estrellas.

“Las estrellas variables más brillantes tienen los periodos de luminosidad más largos”, esa aparentemente simple conclusión cambió la forma en la que entendemos el Universo. Fue la base de las investigaciones de Edward Shappley para determinar el tamaño de la Vía Láctea o el trabajo de Edwin Hubble para postular la teoría del Big Bang.

Según los estudios de Henrietta, las cefeidas que presentaban el mismo período de pulsación (que tardaban, por ejemplo, una semana en cumplir el ciclo de ir desde su punto de máximo brillo al menor) tenían la misma luminosidad.

Además, asumió que las cefeidas de la Nube Pequeña de Magallanes estaban a la misma distancia de la Tierra y que el periodo en el que tardaban en ir del máximo brillo al menor, estaba directamente relacionado con la magnitud de cada una de ellas y no con la posición en la que se encontraban.

Esa relación, conocida actualmente como Ley de Leavitt, es fundamental para identificar el brillo intrínseco de una cefeida lo que permite establecer su distancia al compararla con su brillo aparente.

El trabajo de Henrietta es, en palabras simples, la base que permitió a los astrónomos medir las distancias en las que se encuentran otras estrellas y galaxias del Universo: La base que nos permite entender el Universo.

Y en ese artículo de tres hojas que cambió la forma en cómo entendemos el Universo, no figura su nombre. Porque no fue ella quien firmó el artículo, sino que Edward Pickering, director del Harvard College Observatory.

Todas las cosas que descubrió Henrietta estuvieron firmadas por Pickering, como si las investigaciones fuesen de él (quien también la obligó a dejar de lado su estudio de la Nubes Pequeña de Magallanes).

Henrietta Swan Leavitt nació el 4 de julio de 1868 en Lancaster, Massachusetts, Estados Unidos. Hija de un ministro de la Iglesia Congregaconal, Henrietta se educó alejada de la religión optando por la ciencia, estudiando en la Universidad de Oberlin y después en la de Radcliffe, donde comenzó a desarrollar su pasión por la astronomía.

Una vez terminado sus estudios decidió presentarse como voluntaria para trabajar en el Harvard College Observatory, donde comenzó como becaria para obtener créditos y así optar por un posgrado en astronomía.

Siete años más tarde terminaría liderando un equipo de mujeres que se dedicaban a contar estrellas, identificar su tamaño, inferior su brillo y compararlo con registros pasados, todos datos provenientes de placas fotográficas obtenidas por investigadores de Harvard y Arequipa (Perú).

Una enfermedad sufrida en su juventud le había provocado sordera, por lo cual Henrietta se dedicaba con pasión a un trabajo manual, minucioso y tediosos que le brindó a ella y sus compañeras el nombre de “calculadoras”. Lamentablemente, eran más conocidas como “el harem de Pickering” -quien las contrató para dicha labor solo para poder pagarles menos-.

Henrietta trabajo en el observatorio hasta el último de sus días y nunca obtuvo el reconocimiento que se merecía. El matemático Gösta Mittag-Leffler fue uno de los primeros en alabar su trabajo públicamente y proponerla para el máximo reconocimiento al que un científico puede optar: el Premio Nobel.

Lamentablemente, la candidatura llegó demasiado tarde: Henrietta llevaba cuatro años muerta cuando alguien quiso reconocer su trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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