Leonas enjauladas dos: Corredoras en cuarentena (4ª parte)

Ser diferente no es ni bueno ni malo, simplemente significa que tienes el suficiente coraje para ser tú mismo (Albert Camus).



Entremedio de tan tristes noticias, junio nos sorprendió como uno de los meses más lluviosos de los últimos años. Para nuestra sorpresa, no ha llovido media hora o dos, sino que hemos pasado noches completas, desde la cama, escuchando como las gotas chocan con nuestros techos y ventanas. Las lagunas secas han hecho noticia, pero parece que nuestro optimismo es tan prematuro como el destino de nuestro encierro, pues por mucha agua que caiga, la deuda hídrica acumula más de 15 años de no pago y es poco probable que vuelvan a ser lo que fueron.

Así, desde las casas y desde sus pantallas, los acumuladores de noticias siguen navegando entre la ilusión, la esperanza, la rabia y la frustración, pues ya estamos en julio y el panorama parece no cambiar en nada. En este encierro, tal y como he venido contando los últimos viernes, hay deportistas amateur que resisten y entrenan en seco.

Este es el caso de Elisa, quien, siempre con su perrita al lado, me dice -a través de la cámara-que le da pánico parar.

“Como te dije en la primera sesión, esta es mi segunda cuarentena y cuando me separé de Juan José, lo que me salvó de la locura fue correr. Pero hubo días, semanas… tal vez hasta un par de meses… perdí durante mucho tiempo la noción del tiempo… en fin… paré un momento de mi vida porque ya no tenía fuerzas. No tenía ganas y apenas podía cumplir con la pega. Pese a la separación, no dejé un solo día de trabajar, aunque varias veces tuviera que irme corriendo a encerrar al baño para que no me vieran llorar o me pasara fines de semana completos en cama y a oscuras, totalmente desconectada. Sin darme cuenta, en ese tiempo, mis compañeras de trabajo y Víctor pasaron a ser mi familia y tras comprender que muchas y muchos de ellos también pasaban por cosas difíciles, me pude levantar”.

¿Qué cosas?

Algunas querían separarse y toleraban lo intolerable porque básicamente no tenían las lucas para mandarse a cambiar y aquí me cayó la teja que hasta en esto era una privilegiada. Víctor, sin jamás criticarme, me lo hizo ver, pues al escucharlo me daba cuenta que él y las personas de su círculo más cercano se mantenían unidas muchas veces solo por necesidad. Víctor no se había ido de su casa para estar cerca de sus hermanos y le pasaba plata a su mamá para que ésta no tuviera que depender de otro hombre. Era heavy, nunca había escuchado cosas así, y cuando le preguntaba por él, me decía, muy suelto de cuerpo, que algún día le saltaría la liebre. Y así, como si nada, terminaba nuestra conversación y a mí me dejaba totalmente desconcertada. Lo terrible era salir de la pega, pasar donde mi hermana a buscar a Chiquita y tener que bancarme a la familia completa, antes de partir con ella caminando a mi casa.

No entendí lo de la familia completa.

Mi hermana chica se casó con Gregorio, arrendaron depa, quedó embarazada. Se compraron depa. Par de años después, quedó embarazada. Se compraron casa. Segunda guagua. Mi hermana dejó de trabajar, Gregorio fascinado. Ahora esperan la tercera guagua y la hermana mayor les pasa a dejar a Chiquita para que se la cuiden mientras trabaja. Los niños la aman, pero cuando la paso a buscar tengo que aguantar miradas y comentarios insufribles.

¿De tu hermana?

No, casi siempre de la familia de Gregorio o de amigas o amigos de ellos. Odio esos encuentros. Parten alabando mi pega, pues a Gregorio estas cosas le importan mucho, y de repente caemos en que trabajo mucho y que me estoy perdiendo cosas importantes y bla bla bla…

Te noto molesta

Es que no quiero hablar de esto, ni contigo, ni con nadie, simplemente quiero correr, olvidarme de todo, exigirme, sentir que di la vida entrenando, ducharme largo, en agua caliente mientras me lavo el pelo, en agua tibia mientras me jabono y en agua fría cuando me saco el bálsamo. Tengo una rutina para todo. Un orden y me encanta, me da igual que pienses que soy TOC.

Ante mi silencio… Elisa siguió hablando…

En fin, después de la ducha, me visto, no me maquillo ni nada, pero me demoro harto en elegir la ropa. Pienso en el día que tengo, en las reuniones y mentalmente empiezo a hacer combinaciones. Y aquí me bajan todas las inseguridades y solo cuando estoy 100% convencida voy a la cocina. Me encanta mi cocina americana. Me encanta el ritual del desayuno, sacar el jugo de naranja helado, tostar pan pita, sacar las mermeladas, prepararme una infusión y meterme un par de barritas en la cartera, todo esto, sin manchar ni ensuciar, pues si no tendría que cambiarme de nuevo. ¿No vas a decir ni preguntar nada? ¿Se quedó pegada la comunicación?

No… te veo perfecto y te estaba escuchando…

Bueno… cuando estaba casada no podía desayunar con Juan José, porque él era demasiado relajado y no le daba gran importancia al desayuno. Él se lo podía saltar y al principio se la peleaba, pero después me di cuenta que prefería desayunar por segunda vez sola, con Chiquita mirándome desde su cucha. Tu podrás pensar, cuánto tiempo tardará o perderá Elisa en todo esto, pero lo más loco es que lo que más me fascina es que hay un tiempo detrás. Tengo que ser eficiente en la ducha, en el desayuno y cuando me siento en la oficina, tras haber limpiado toda la cocina y haber llevado a Chiquita caminando donde mi hermana, siento que parto el día con ventaja.

¿Cómo es eso?

¿Y ahora me preguntas de esto y no me preguntas nada del desayuno? No te entiendo, filo. Partir con ventaja es empezar el día habiendo hecho muchas cosas para mí. Esto me ayuda a dar todo lo que tengo en el trabajo. Y literalmente lo doy todo. Por eso, cuando estoy cerca de la casa de mi hermana, siento que no me la puedo. Estoy agotada y siempre pienso que este último trámite puede ser la gota que rebalse el vaso. Pero nunca pasa nada, me aguanto, y cuando ya salgo de ahí y empiezo a caminar con Chiquita, me viene un nuevo aire y ella sabe que vamos a llegar a la casa, me voy a cambiar de ropa y vamos a salir a correr. Y ahí vuelvo a vivir, un día tras otro.

Antes que la sesión se acabara, Elisa me insistió en por qué no le había preguntado nada del desayuno. Sonriendo le dije que la había escuchado atentamente, que había seguido su historia y que aún no se me ocurría que preguntar.

Eres muy raro. Para Juan José era tema, para mi mamá, para mi hermana. Y para que hablar de mi anterior psicóloga. ¿En serio eres psicólogo o no te interesa mi historia?

Aunque dudo que lo que te vaya a decir sea importante, me gusta y me entretiene tu historia, y como Chiquita, he seguido atentamente tu rutina mientras desayunas. Me he preguntado qué piensa ella de todo esto, pero más me gustaría saber qué diría Víctor de tus desayunos.

¿Qué me diría Víctor? ¿Por qué preguntas eso? El no tiene idea de mis desayunos.

Pues cuéntale y en la próxima sesión me das su respuesta.

Nos despedimos con un gesto de manos a través de la pantalla y era bastante notorio que Elisa estaba molesta. No quise enredarme y preguntarle por el desayuno, pues sabía que ella, como tantos deportistas profesionales y amateur, tienen una serie de rituales que, sacados de contexto, parecen descabellados. No por nada, Gonzalo Zapata, en La Felicidad de Correr, le dedica un capítulo completo a la alimentación.

Comer en cuarentena

Para un deportista que aspira al alto desempeño, comer no es solo masticar alimentos de su agrado para llenar un demandante estómago ni una excusa o convención social para compartir con otros seres humanos, sino que es uno de los pilares del entrenamiento. Y visto desde fuera, puede ser cómicamente fome. Por ejemplo, en la Maratón de Chicago, Gonzalo Zapata comenta que cuatro de las cinco noches fueron al mismo restaurant a comer el mismo plato. Plato, por lo demás, extremadamente aburrido.

Hay, insisto, sin contexto mediante, una verdadera obsesión por la calidad de los productos, por las alquímicas combinaciones de nutrientes, vitaminas, proteínas y carbohidratos y una feroz lucha contra las frituras y el azúcar procesada. Este camino no es para escépticos, sino para creyentes, es decir, para personas que de manera casi religiosa, confían en que este estos rituales en torno a la alimentación son parte de un gran todo. Correr.

Dicho esto, Elisa, a la sesión siguiente partió pidiendo disculpas.

“Antes de partir, quería disculparme por la sesión pasada. Estaba estresada, encerrada y claramente quería pelear con alguien y supongo que contarte de mis rutinas secretas y de mis obsesiones con la comida me puso a la defensiva. Te odié por no enganchar y cuando le conté a Víctor lo que había pasado se cagó de la risa. El muy weon me dijo que seguramente tú estabas apretando el botón de pánico todo el rato, pues según él es mejor no encontrarse conmigo cuando estoy atravesada. Sobre si estoy loca o no, me dijo que no cachaba nada de lo que le hablaba y que él era feliz comiendo marraqueta con té desde niño. Me hizo reír y me dijo que nunca se había planteado tomar jugo o ponerle mermelada al pan. La marraqueta era perfecta. Y que si estaba loca, le parecía una sana locura volarse con vitaminas y vegetales. Me sentí bien weona y después me avergoncé del show que te hice. Tenía pánico de que me enjuiciaras o me dijeras cosas como las que me decía Juan José o mi familia. Y aunque la psicóloga nunca me dijo nada, todo el rato me preguntaba por la comida. Y no sé por qué, días después, me quedé pensando en lo que me dijiste de Chiquita.

¿Y qué pensaste?

Al principio pensé que eras un weón, que me estabas agarrando pa’l webeo y que querías sacarte mis problemas de encima, pero después me di cuenta que probablemente para ella, lo que yo hago, es lo más normal del mundo. Es lo que siempre ha visto, sabe perfectamente que va a pasar y salvo que se me caiga algo al suelo -que casi nunca pasa- jamás se levanta de la cucha hasta que termino, pues ahí sabe que salimos… bueno… que salíamos a la calle. Pensar esto me tranquilizó y ahí ya no me diste tanta rabia y entendí, o al menos creo que entendí, a donde ibas.

Finalizada la sesión me sentí muy cansado, como si seguirle el trote a Elisa me hubiera superado y pasar de mi escritorio al sofá fue como cortar la cinta de la meta. Echado ya, repasé Las perlas de la sabiduría del legendario George Sheehan. Son siete reglas esenciales para los corredores y la primera habla de la importancia de escuchar al cuerpo y la sexta nos advierte que la mayoría de los síntomas que presenta un corredor se deben a una mala alimentación.

Es julio, hace frío y me pillo a mí mismo pensando en sopaipillas.

Continuará...

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