Leonas enjauladas: Corredores en cuarentena (3ª parte)

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Correr es un gran signo de interrogación que está ahí cada día. Te pregunta: ¿Hoy vas a ser débil o vas a ser fuerte? (Peter Maher).



Los días de lluvia y frío se suceden y la cuarentena no da tregua para las corredoras y los corredores de este rincón del mundo. Encerradas en teléfonos o recluidos detrás de las pantallas, muchos y muchas reconocen haber abandonado la batalla y, como testimonio del esfuerzo, quedan rodillos debajo de las camas y bicicletas estáticas y trotadoras que sostienen toallas y ropa húmeda.

Sin embargo, en otras casas, hay deportistas amateur que continúan sus entrenamientos a través de sofisticadas aplicaciones o de sesiones vía zoom con sus equipos. Una de ellas es Elisa, a quien atendí varios años atrás y con quien volví a conectar por el encierro.

“Esta es mi segunda cuarentena”.

Así parte Elisa nuestra primera sesión online, pero para darles contexto, debo retroceder varios años, cuando, tras dictar unos talleres sobre liderazgo, se acercó para preguntarme si era posible tener una sesión conmigo. Le di mis datos y a la semana siguiente, para mi sorpresa, estaba a las 07.30 en mi consulta, pues ésa era la única hora que podía.

Corredora matinal

Las mañanas siempre han sido un desafío para mí, por lo que me resultaba extraño caminar a oscuras y encontrarme con Elisa trotando en un punto fijo en el hall de entrada del edificio. Entramos y en las escaleras me contó que mi consulta le quedaba perfecto, pues estaba muy cerca del parque donde entrenaba todas las mañanas.

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Así, incluso antes de sentarse, supe que estaba, una vez más, frente a una runner. Tras pedirme el baño y un vaso de agua, Elisa se sentó y sentí que tenía que ponerme a tono, pues ella estaba a mil y yo, con suerte, en diez.

Gracias Sebastián por recibirme a esta hora, pues es la única opción que tenía. De aquí me voy corriendo para mi casa, me ducho, desayuno y parto a la oficina. Es toda una logística y mi idea es estar allá a las 09.30.

No hay problema Elisa, cuéntame que te trae por aquí.

Sí, mira, la semana pasada, en el taller, hablaste harto de la autoridad personal, de eso de sentirse autorizado a ser uno mismo y autorizar a los otros a ser como ellos son. Mientras hablabas pensaba en mi rol de jefa y creo que en la pega lo hago bastante bien. A mis 33, no es fácil liderar a personas mayores, algunas mucho mayores que yo, pero me he impuesto con disciplina y diálogo. Me entusiasmé, hasta que después del coffee break nos hiciste el mismo ejercicio con nuestra historia familiar. Ahí me di cuenta de muchas cosas, que ahora no quiero tratar, pero me dio una angustia terrible cuando pensé en mi matrimonio.

¿Qué pasa ahí?

Es una larga historia. Bueno… no es tan larga… llevo solo 3 años casada, pero a Juan José, mi marido, lo conozco de toda la vida. Familias amigas, vacaciones juntos, la historia más fome del mundo. En fin, la cosa es que después de muchas dudas nos casamos. En ese momento yo estaba en terapia, pues organizar el matrimonio fue terrible. Si no hubiese estado con psicóloga y medicada, no llego al altar (sonrisa nerviosa). Ufff… bueno… no me quiero extender mucho en esto, pero supongo que me vino una depre post matrimonio. De lunes a viernes trabajaba como loca y Juan José no entendía nada. Y le mentía y me mentía a mí misma, pero la cosa es que de tanto mentir y trabajar, me terminaron nombrando gerente. Pero ése no era el problema; las dificultades partían los fines de semana. Me agobiaba estar todo el rato con Juan José, quien, por naturaleza, es cariñoso y sociable. Para él la vida es hablar, juntarse con amigos y familia y de ambos tiene demasiados. Yo no estaba a gusto y supongo que él lo intuyó y me compró una perrita. Una Boston Terrier, Chiquita, preciosa. Ahí nos cambió la vida, me puse muy contenta y empecé a salir a pasear con ella todas las mañanas y tardes. Juan José es flojo por las mañanas… bueno… también por las tardes, así que paseaba mucho rato con ella y en cuestión de meses, como algo muy natural, empecé a correr. Al principio era solo por el parque, unos 30 minutos. En no mucho tiempo ya era una hora y en esas vueltas me topé con una amiga de la universidad que estaba con su grupo de running y me invitó. Sinceramente pensé que no iba a enganchar, pues yo corría para mí y para Chiquita. Pero me pasó lo mismo que con la pega. Me embalé y ahí Juan José empezó a colapsar.

¿Qué pasó?

Una mañana, en vez de irse a la pega, me esperó. Volví apurada con Chiquita, me duché y mientras preparaba mi desayuno, que ése es otro tema para otra sesión, me di cuenta que Juan José estaba en el comedor mirándome. Casi me da un infarto y se me cayeron los huevos al suelo. Sentí como si me hubiera pillado haciendo algo malo. Fue raro, como si se metiera en algo muy mío, que no quería que nadie viera. Y empezamos a discutir y él afirmaba que yo me había vuelto loca con esto del running. Me sacó en cara la cantidad de horas que le dedicaba al trabajo y a correr. Mira, haciéndotela corta, me dijo que él había comprado a Chiquita para que yo no me sintiera tan sola y para que fuéramos ensayando cómo sería armar una familia y no como una excusa para arrancarme todo el rato. Sebastián, me sentí traicionada, furiosa, pero también pillada. Juan José había visto cosas que yo no quería ver. Trabajar y correr me permitían no pensar en todo lo que me había pasado antes de casarnos.

¿Y qué había pasado?

Era una locura, no quería casarme. Me sentía como la Leticia española. Me estaba casando con un verdadero príncipe. Juan José las tiene todas y además, tiene una familia increíble. Son muchos, son muy unidos, se acompañan, se entretienen, se ayudan, siempre están. Además, tiene mil amigos, todos lo quieren y a mí esto me empezó a ahogar. Para que te hagas una idea de las diferencias, mi mamá nos tuvo que criar sola a mi hermana y a mí, porque cuando éramos chicas, mi papá se mandó a cambiar. Se las dio de hippie y se fue a viajar. Quería que mi mamá lo acompañara y fuéramos todos, pero mi mamá se negó y él partió. Hoy vive en Costa Rica y tiene una nueva familia. Pero eso da para otra sesión. La cosa es que crecí bajo el alero de mis abuelos de ambos lados y en mi colegio la historia de mis papás era conocida por todas. Y desde muy chica me propuse que a mí no me iba a pasar lo de mi mamá, que yo no iba a depender de ningún hombre y es por eso entré a estudiar ingeniería comercial y de ahí pasé al tiro al banco. Me dio igual que no me gustara tanto y que a Juan José le molestara. Mi único objetivo era no terminar como mi mamá y cuando entré a trabajar me cambió la vida.

¿Qué pasó en el trabajo?

Conocí un mundo normal, con gente con problemas normales. Padres separados, papás ausentes, compañeros de trabajo que le pagaban los estudios a sus hermanos, compañeras de trabajo que ayudaban a sus padres. Es loco, pero yo creo que fui la única de mis amigas del colegio que estudió con beca y con créditos. Y cuando me puse a pololear con Juan José en la universidad, todo parecía fácil y durante un tiempo se me olvidó toda mi historia y me subí a su barco. Aquí las preocupaciones eran otras. Los viajes, los asados, las fiestas, los deportes, las casas, los conocidos. Me transporté a ese mundo y entré a su familia. Todo iba bien, hasta que empezamos con el cuento del matrimonio.

¿Y ahí qué pasó?

Mira, no quiero ni recordarlo y en terapia me lo lloré todo sola, pues era super injusto amargar a Juan José con todos mis rollos, pues él estaba tan feliz, que ni siquiera se daba cuenta. El pensaba que eran nervios de la novia y esas cosas, pero gracias a la pega y a Víctor conocí otra realidad. Víctor era mi compañero y a mí me encantaba estar cerca de él. Era tan normal y todo le costaba tanto, que me hacía replantearme todo. No me enamoré, ni nada por el estilo, simplemente quería estar cerca de él, ser su amiga, y eso nunca me había pasado. En general tomo mucha distancia de las personas, pero para mí el gran panorama era ir a un Starbucks con Víctor y salir con él y unas compañeras después de la pega. Todas sus historias eran desastrosas, caóticas y divertidas. Y ahí me di cuenta; él estaba vivo y yo no.

¿A qué te refieres?

No te lo podría explicar, pero corriendo me siento así. Me siento viva, lucho con mi cabeza, me esfuerzo, le gano, y cuando creo que la he superado, pierdo. Corriendo me empecé a sentir bien y cuando le conté esto a Víctor, me dijo que le parecía la raja, se alegró por mí y me dijo que sólo corría para alcanzar la micro. Me hizo reír, pero cuando le empecé a contar esto a Juan José, al principio le daba lata, después se puso como celoso y ahora odia que corra.

¿Y qué vas a hacer?

No lo sé, lo único que tengo claro es que voy a seguir corriendo.

Pasan los años y ahora, vía zoom, Elisa, me confiesa que nunca pensó que algún día iba a tener que parar.

No sé bien que hacer, pues la verdad es que resistí mi matrimonio y la separación corriendo y ahora que no puedo salir, tengo que pensar. Y no quiero, no quiero ponerme a pensar ahora y aunque suene masoca, echo de menos sacarme el pijama a oscuras, ponerme las patas, el gorro, los guantes y salir a trotar al hielo.

Suena terrible…

Sí, pero ya en la segunda zancada está todo resuelto. De ahí en adelante solo tengo que controlar la emoción, la adrenalina, pues no sé porque el frío me pone las pulsaciones a mil. Y de repente entras en calor, traspiras y ves a gente salir de sus casas muertas de frío, muy abrigadas y hasta tiritando. Es loquísimo.

¿Qué es loquísimo?

Sentir que produces calor y ver, cuando paras de trotar debajo de la luz, que sale vapor de tu cuerpo. En ese frío, eres una máquina que transforma el hielo en humo y me acuerdo patente que cuando partí corriendo, sentía que así se evaporaban todas mis toxinas y mis malas ondas. Después de eso, la ducha, el segundo desayuno, lo máximo”.

Tras nuestro primer encuentro vía zoom salí extrañamente energizado. Cerré el computador y en vez de echarme en el sofá a descansar, retomé la lectura de La Felicidad de Correr, donde Gonzalo Zapata narra, en entretenidas páginas, el desafío de correr seis majors del circuito mundial de maratones en un año: Tokio, Boston, Londres, Berlín, Chicago y Nueva York. Y no sólo eso, pues se propuso correrlas todas en menos de tres horas.

Y se puede. El pudo. Con inconvenientes, obstáculos e incluso retiros. Y no paró, pese a abandonar un major. Siguió y corrió el siguiente. Y en lo sucesivo, a todos llegó a la meta en menos de tres horas. Me terminé el libro y confieso que en una sedentaria zona de mi cerebro me dieron ganas de salir a correr después de la cuarentena.

Pasado el entusiasmo, no puedo asegurar que lo haga, pero lo que tengo claro es que Elisa y muchos y muchas runners volverán.

Continuará…

Revisa acá los otros capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

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