¿Y si todos somos parte de una simulación computacional? Muchos científicos creen que es posible

Entre los que dicen que esta posibilidad puede ser real está el filósofo Eric Schwitzgebel de la U. de California, en Riverside, el académico de la U. de Oxford Nick Bostrom, el profesor de la U. de Nueva York, David J. Chalmers y el astrónomo de la U. de Harvard, Abraham Loeb.




Future Tense Fiction es una saga mensual de cuentos cortos del proyecto Future Tense y del Centro para la Ciencia y la Imaginación de la Universidad Estatal de Arizona, sobre cómo la tecnología y la ciencia cambiarán nuestras vidas.

Uno de los cuentos gira en torno a Marcus, un hombre que murió a los 83 años, después de vivir una vida convencional, que se resume a un trabajo, dos hijos y dos nietos. Justo en la antesala de su partida -relata la historia- el protagonista se pregunta dónde merecerá ir, si al cielo o al infierno, en virtud de que en su vida, no fue “ni demasiado bueno, ni demasiado malo”.

Finalmente Marcus reaparece tras su muerte en el vientre de su madre, desde donde vuelve a nacer, aunque esta vez con absoluta conciencia, pese a ser un bebé, repitiendo cada una vez de los pasajes de su vida anterior, sin poder, por más que lo intentara, cambiar el guion.

En 2053, cuando Marcus tenía 60 años, un equipo del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y el Instituto Federal Suizo de Tecnología habían probado (o probarían, dependiendo de cómo lo quisiera ver) que todos estamos viviendo en una simulación por computador, y que nosotros, los seres humanos, estamos hechos de complejas líneas de código, solo obedeciendo la programación de “algo” o “alguien”.

Aunque solo parece una idea conmovedoramente triste y el argumento de un cuento de ciencia ficción, hay muchos científicos, académicos y filósofos que afirman que sí es posible.

De acuerdo a un artículo de Slate.com, el filósofo de la U. de Oxford y destacado futurista Nick Bostrom estima que hay una probabilidad de 1 en 3 de que estemos viviendo en una simulación computacional. El destacado filósofo de la Universidad de Nueva York, David J. Chalmers, en su reciente libro, estima al menos un 25 por ciento de posibilidades que ello sea cierto. El multimillonario Elon Musk dice que es casi una certeza.

Otro de los que plantean esta posibilidad, es el astrónomo de la U. de Harvard, Abraham Loeb. Según un artículo de opinión publicado en la revista Scientific American, Loeb dice que hay una pregunta que probablemente permanecerá sin respuesta: si el Universo se originó en un Big Bang, ¿qué había antes de él? La respuesta puede ser intrigantemente fascinante. De acuerdo al científico, el cosmos tal como lo conocemos puede ser un “Universo bebé” creado por una civilización tecnológica avanzada en un laboratorio.

En el artículo de Salte, escrito por Eric Schwitzgebel, profesor de filosofía en la Universidad de California, Riverside, si esto fuera cierto, habría desconcertantes implicaciones cosmológicas y teológicas. “Si es cierto que estamos viviendo en una simulación por computador, el mundo podría ser más extraño, más pequeño y más inestable de lo que normalmente suponemos”, escribió.

De acuerdo al filósofo, si esto fuera cierto, a su juicio se abren tres escenarios. El primero, es entender que es posible crear máquinas con inteligencia artificial capaces de tener experiencias similares a las humanas.

En segundo lugar, es que tales sistemas de IA similares a los humanos pudieran existir completamente en una realidad computacional, experimentando entradas simuladas como si vivieran en un mundo ordinario de objetos físicos. “Imagina que estos sistemas de IA son como los personajes de Los Sims, excepto que son genuinamente conscientes, como tú y como yo”, escribió.

Y por último, afirmó, que podríamos suponer que sociedades de alta tecnología en algún lugar del cosmos han creado muchos de estos sistemas de inteligencia artificial que creen erróneamente que están viviendo en realidades no simuladas. En el vasto cosmos, tal vez tales sociedades de alta tecnología y creación de simulaciones existan en alguna parte.

Estima que ninguna de estas tres ideas es totalmente inverosímil. Parecen, al menos, posibilidades reales. “Estas posibilidades y la hipótesis de la simulación parece viable. Nosotros mismos podríamos ser Sims sin darnos cuenta. La sociedad de alta tecnología que nos creó no sería visible a través de nuestros telescopios (al igual que los personajes de Los Sims no podrían vernos a través de sus telescopios simulados). Pero esa sociedad estaría proporcionando los servidores informáticos en los que se ejemplifica el mundo tal como lo conocemos”, señaló el filósofo en el artículo.

Sims
Captura del videojuego The Sims.

Schwitzgebel se planeta el supuesto que estemos dispuestos a considerar como una posibilidad real de que realmente estamos viviendo en una simulación. ¿Cuánto importaría? ¿Debería sacudir profundamente nuestra comprensión del cosmos y nuestro lugar en él?

Dice que los defensores de la hipótesis de la simulación tienden a minimizar cualquier implicación radical, puesto que sus vidas seguirán siendo las mismas, con conciencia o sin conciencia de esta manipulación: “Esa montaña fuera de tu ventana: cierra los ojos y ábrelos, y todavía estará allí”...señala el cuento This, but Again, incluso si debajo hay bits de computador en lugar de partículas físicas. “Y todavía tenemos a todos nuestros amigos, familiares y vecinos, que son solo otros sistemas de IA como nosotros, compartiendo esta misma realidad virtual”.

En el cuento, el descubrimiento científico en 2053 de que estamos viviendo en una simulación genera un caos de corta duración que rápidamente se convierte en un acuerdo generalizado de que “vivir en una simulación computacional no es muy diferente, más o menos, de cómo siempre asumimos o incluso esperamos que el mundo funcionara”.

El temor a que alguien apriete el botón

Schwitzgebel dice que si esta aparente simulación fuera verdad, podrían pasar cosas imprevistas. “Después de todo, las simulaciones son mundos creados, creados por alguien, con algún propósito desconocido para nosotros, y sujetos a cualquier peligro que pueda poner fin al programa”, escribió.

Nuestros creadores serían, señala, literalmente, desde nuestra perspectiva, dioses. “¿Qué es un dios, después de todo? Ellos diseñaron y lanzaron el mundo. Presumiblemente podrían detenerlo en cualquier momento”.

En el libro, Marcus cree que después de mucho esfuerzo, logra hacer su voluntad, evitando la muerte de una mujer. Pero Schwitzgebel se pregunta si eso fuera verdad en nuestra realidad simulada, “¿cómo sabemos realmente que este momento aparentemente improvisado (y todas sus interacciones posteriores) no son también parte de los planes de los simuladores?”

Peor aún, se plantea el filósofo, este dios podría ser un adolescente sádico. “Tal vez creó este programa hace 10 minutos, con todos nuestros recuerdos aparentes ya en su lugar. Quizás nos sorprenda con una plaga de Godzillas. O tal vez derrame una bebida en su computador, fríe el disco duro y nos destruya a todos”.

Si somos sistemas de IA que viven en una realidad computacional, el mundo podría ser mucho más breve de lo que pensamos. Y si eres un sistema de IA que vive en una realidad computacional, el mundo puede ser mucho más pequeño de lo que piensas, tal vez solo tú aquí ahora, se planeta el filósofo de Oxford. ¿Qué tan seguro puedes estar de que realmente hay un mundo más allá de tus paredes? ¿Hace cuánto has probado los límites de tu realidad?

Schwitzgebel dice que tal vez nuestros dioses simuladores lanzaron nuestro mundo hace miles de millones de años (en nuestro reloj de tiempo, que podría no coincidir con el de ellos), con miles de millones de galaxias. “Pero ¿por qué pensar así? Si las simulaciones que nosotros mismos ejecutamos son alguna evidencia, entonces la mayoría de las simulaciones no son grandes ni duraderas. Son breves experimentos o juguetes. Si las simulaciones que nosotros mismos ejecutamos no son evidencia, entonces estamos aún más a oscuras sobre el destino típico de las entidades simuladas”.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.

Investigadores descubrieron que este elemento químico afecta el lóbulo occipital del insecto, impidiendo que puedan mantener una trayectoria recta y actuar de forma rápida ante los cambios en su entorno.