La ambiciosa expedición de astrónomo de Harvard para encontrar el primer objeto interestelar que cayó en la Tierra

Ilustración referencial.

El astrónomo Avi Loeb cree que los restos de un meteorito caído en el mar en la Polinesia, el primer objeto interestelar documentado en llegar a nuestro planeta, podrían perfectamente tener un origen artificial. “Algunos componentes tecnológicos podrían haber sobrevivido al impacto”. Ya organiza una expedición para ir en su búsqueda.


“En diciembre de 1926, Albert Einstein escribió la famosa carta al físico Max Born en la que argumentaba que Dios no juega a los dados. La carta se refería a la naturaleza probabilística de la mecánica cuántica, pero también puede interpretarse de manera más amplia como que la naturaleza no toma decisiones al azar. (...) El abanico de posibilidades, tal y como suele imaginarse en las matemáticas o en las historias de ciencia ficción, es mucho mayor y a veces no coincide con lo que realmente pasa en la naturaleza”.

Así comienza el astrónomo Avi Loeb un ensayo publicadoen el sitio The Debrief, que marca el inicio de un ambicioso proyecto: buscar los restos de un meteorito que cayó en el océano y que él cree perfectamente pueden ser los restos de alguna tecnología alienígena.

La historia se remonta al 6 de abril, cuando la filtración de un documento del Comando Espacial de los Estados Unidos (USSC) confirmó que un objeto de otro sistema estelar se estrelló contra la Tierra en 2014.

De acuerdo a este informe, se trató de una bola de fuego que ardió en los cielos de Papúa Nueva Guinea en 2014, y que según el memorando, proviene de otro sistema estelar.

“El objeto había sido descubierto por el propio Loeb. “El 6 de abril de 2022, el Comando Espacial de EE.UU. tuiteó una carta formal a la Nasa confirmando que el meteoro del catálogo CNEOS que mi estudiante Amir Siraj y yo identificamos en 2019 como originario de fuera del sistema solar basado en su alta velocidad, es efectivamente interestelar”, dijo Loeb en su columna.

El objeto rivaliza con otro descubierto en 2017 y bautizado Oumuamua. Por su gran velocidad, unos 92.000 km/h, algunos astrónomos concluyeron que no se había originado en nuestro sistema y que provenía de otro sistema planetario diferente al nuestro. “La detección del meteoro el 8 de enero de 2014 fue anterior a la del primer objeto interestelar conocido -Oumuamua- por un margen de casi cuatro años y debería ser reconocido como el primer objeto masivo interestelar jamás descubierto”, escribió el astrónomo.

“El estudio del meteoro fue inicialmente puesto en duda porque las incertidumbres en las mediciones de su velocidad eran secretas. La publicación de la carta de confirmación es un momento decisivo en el que el Gobierno ayuda al progreso científico confirmando el origen interestelar de este meteoro bautizado como CNEOS-2014-01-08 con una confianza del 99,999%”, agregó Loeb en su columna de opinión.

Impresión artística de cómo luciría Oumuamua. Crédito: ESO

“El descubrimiento de un meteorito interestelar es el heraldo de una nueva frontera de la investigación, en la que la Tierra sirve como una red de pesca para objetos interestelares masivos”, explicó Loeb. Según el astrónomo, al encontrarse con la Tierra y rozar su atmósfera, “un objeto interestelar se quema en una brillante bola de fuego. Esta bola de fuego es detectable por los sensores de los satélites o en la superficie, incluso en el caso de objetos interestelares relativamente pequeños, como el CNEOS-2014-01-08, que tenía un tamaño de aproximadamente un metro y creó una bola de fuego con una fracción de la energía de la bomba de Hiroshima. “Su tamaño es cien veces menor que el de Oumuamua, que fue descubierto por el telescopio Pan STARRS a través de su reflejo de la luz solar. Este método de detección alternativo permite a los telescopios existentes descubrir únicamente objetos mayores que un campo de fútbol, dentro de la órbita de la Tierra alrededor del Sol”, señaló el astrónomo.

Según Loeb, los fragmentos del CNEOS-2014–01–08 aterrizaron en el fondo marino cerca de Papúa Nueva Guinea y aún es posible recogerlos con un imán. “Una vez capturados, podremos poner nuestra manos sobre trozos de materia interestelar y examinar su composición y naturaleza. El océano en ese lugar tiene un par de kilómetros de profundidad y la región de impacto es incierta hasta 10 kilómetros. Sin embargo, una expedición para explorar esta región en busca de fragmentos de meteoritos es factible y actualmente estamos diseñándola”.

Pero tal vez si lo más fascinante y a la vez controversial de la expedición que está organizando Loeb, es que el astrónomo sospecha que lo hay en fondo de mar en la Polinesia, podrían ser los restos de algún artefacto alienígena.

“La pregunta fundamental es si algún meteoro interestelar podrían tener una composición que indique un origen inequívocamente artificial. Mejor aún, quizás algunos componentes tecnológicos podrían haber sobrevivido al impacto. Mi sueño es pulsar algunos botones de un equipo funcional fabricado fuera de la Tierra”.

Las otras teorías del astrónomo de Harvard

No es la primera vez que una teoría de Loeb suscita tanta atención mediática y científica. En 2021, se preguntó si el Universo se originó en un Big Bang, ¿que había antes de él? Según un artículo de opinión (publicado en la revista Scientific American), la respuesta puede ser intrigantemente fascinante. De acuerdo al científico, el cosmos tal como lo conocemos puede ser un “Universo bebé” creado por una civilización tecnológica avanzada en un laboratorio.

Loeb ya había remecido los cimientos de la ciencia con sus exóticas teorías. Como expresidente (2011-2020) del Departamento de Astronomía de la Universidad de Harvard, director fundador de la Iniciativa Agujero Negro de Harvard (BHI), director del Instituto de Teoría y Computación (ITC) del Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica ( CfA), y uno de los investigadores principales del Proyecto Galileo, las teorías de Loeb no pueden pasarse por alto.

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El astrónomo es autor del exitoso libro Extraterrestre: El primer signo de vida inteligente más allá de la Tierra, que concluyó la posibilidad de que el objeto interestelar llamado Oumuamua, en realidad es una sonda artificial.

Su más famosa teoría fue publicada en la revista científica Astrophysical Journal Letters. El reporte que apareció en octubre de 2018 lleva el críptico título de “¿Podría la presión de la radiación solar explicar la peculiar aceleración de Oumuamua?”, tiene apenas cinco páginas y está repleto de complejos cálculos de trayectorias y aceleraciones. Pero sus conclusiones remecieron a la comunidad astronómica y a los entusiastas de la vida extraterrestre, como señaló un artículo de La Tercera.

Loeb y un estudiante de posdoctorado establecen que, en base a su análisis, una “posibilidad” es que Oumuamua sea algún tipo de vela de navegación espacial que viaja por el cosmos “como el desecho de algún avanzado equipo tecnológico”. Incluso, plantean que un “escenario más exótico es que Oumuamua quizás sea una sonda completamente operacional enviada intencionalmente a las cercanías de la Tierra por una civilización alienígena”. Esas palabras bastaron para convertir a Loeb en lo que el diario The Washington Post calificó como “el entusiasta de los extraterrestres más distinguido de esta era en términos académicos; el astrónomo top de Harvard que sospecha que tecnología de otro Sistema Solar acaba de aparecer en nuestra puerta”.

Otra de sus teorías es que nuestro Universo es una consecuencia de la interpretación de la teoría de cuerdas del multiverso, donde coexisten universos infinitos, y cada posibilidad se desarrolla un número infinito de veces. Según Loeb, esto podría tomar la forma de nuestro Universo creado en un laboratorio por una civilización avanzada. “Dado que nuestro Universo tiene una geometría plana con una energía neta cero, una civilización avanzada podría haber desarrollado una tecnología que creó un universo bebé de la nada a través de un túnel cuántico”.

Avi Loeb, durante una charla en Nueva York en 2016. Foto: AFP

De acuerdo a su teoría, y según explica un artículo de Universe Today su tesis está libre de razonamiento antrópico, que esencialmente establece que el Universo fue seleccionado para que existamos en él. Formalmente conocido como el Principio Antrópico, esto se opone al Principio Copernicano (o Principio Cosmológico) que sostiene que no hay nada especial o único sobre la humanidad o el espacio que ocupamos en el Universo. Sin embargo, el mero hecho de que ligeras variaciones en las leyes de la física descartarían la vida parecería sugerir que somos afortunados.

En los últimos años, de acuerdo al artículo, se ha sugerido que la teoría del multiverso es una posible resolución para el Principio Antrópico. La teoría del Universo Bebé es consistente con esta idea, ya que teoriza que el Universo da lugar a civilizaciones avanzadas que son impulsoras de un proceso de selección cósmico darwiniano. En la actualidad, la humanidad no está lo suficientemente avanzada como para replicar las condiciones cósmicas que llevaron a nuestra existencia.

Mientras que una civilización que pudiera recrear estas condiciones cósmicas (es decir, producir un “Universo bebé” en un laboratorio) entraría en la clase A en esta escala cósmica propuesta, una civilización de clase B podría ajustar las condiciones en su entorno inmediato para que sea independiente de su estrella anfitriona. Dada nuestra situación actual, la humanidad es actualmente de clase C o D ya que no podemos recrear las condiciones habitables en nuestro planeta (cuando nuestro Sol muere) y estamos destruyendo descuidadamente el planeta Tierra a través del cambio climático.

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Pero eventualmente, concluye el artículo, la humanidad puede llegar al punto en que nos convertimos en una civilización de clase A y podemos participar en el proceso hipotético de reproducción cósmica. ¿Quién sabe? Tal vez incluso seamos capaces de crear un universo bebé que sea una mejora con respecto al nuestro. Loeb sostiene que tales esperanzas pueden ser un poco optimistas, pero que la perspectiva de la procreación cósmica presenta algunas posibilidades muy inspiradoras.

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