Cosas de "mujeres"

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Trabajan de lunes a lunes -desde que se despiertan hasta que se acuestan- en labores domésticas, de crianza o a cargo del cuidado de sus familiares. Sin embargo, por no recibir remuneración, el sistema las considera inactivas. Uno de los grandes pendientes en temas de brecha de género es la reciprocidad en el silencioso trabajo doméstico, motivo por el que muchas mujeres no estudian ni trabajan, o deben dejar de hacerlo.




Francisca

Francisca Malleda (28) se levanta a las 7.30 de la mañana. Despierta y viste a sus hijas de uno, dos y 11 años, les prepara desayuno a ellas y a su pareja, lleva a las dos menores al jardín infantil, hace las camas, barre, asea el baño, la cocina, trapea, pasa lustramuebles, prepara el almuerzo.

Cuando dan las 13.00, se toma un recreo. A veces se sienta en la cama, un sillón o una silla, prende la tele y ve alguna película. Otras, va a visitar a sus padres. Generalmente, lleva bolsas llenas de ropa y sábanas sucias para aprovechar de usar su lavadora.

A las 15.45 parte a recoger a sus tres hijas. Cuando llegan de vuelta a la casa, les sirve once mientras ella almuerza. Las atiende, juega con ellas, prepara la comida, baña a las dos menores, las cambia de ropa, prepara sus bolsos con tres mudas y pañales para el día siguiente. Antes de las 21.00 las hace dormir una por una: primero a la menor, que acurruca entre sus brazos con una mamadera, después se pasa a la cama de la del medio y la abraza hasta que cierra los ojos, y al final a la mayor, a quien siempre le da un beso de buenas noches. "Tengo un sistema armado", explica.

A las 22.00, cuando las tres hijas duermen, llega su pareja, que de día trabaja como ayudante de cocina y en las tardes estudia para sacar el séptimo y el octavo básico. Francisca le sirve la cena, comen juntos, ella lava los platos y se van a acostar.

La rutina, con algunas excepciones los fines de semana, se repite todos los días. "Me canso. Ser dueña de casa es mucho más trabajo que trabajar afuera. No tienes horario. Estás haciendo cosas desde muy temprano en la mañana hasta la noche. No hay descanso. Una se preocupa por todo, ni siquiera hay tiempo para enfermarse", asegura.

No siempre fue así. Hace tres años trabajaba como ayudante de chef en un casino y preparando sushi en un local. "Me encantaba hacer sushi, y en la casa sigo haciendo para mi familia. Me dan ganas de volver a trabajar cuando las niñas estén un poco más grandes. Es rico ser mamá, pero igual necesitas tus proyectos, independizarte. También me gustaría aportar económicamente, porque ahora mi pareja se lleva todo ese peso", dice. Por eso, tiene un proyecto claro para el próximo año: volver a trabajar y estudiar técnico en educación diferencial.

Adriana

Aunque ya estaba en edad de jubilar, no fue esa la razón por la cual Adriana Padilla (73) dejó su trabajo como empleada doméstica en 2007. Lo dejó para hacerse cargo de su nieto de 13 años, que sufre de epilepsia, parálisis cerebral, es dependiente de oxígeno las 24 horas del día y tiene que alimentarse a través de una sonda que va directo al estómago.

No era la primera vez que abandonaba un trabajo para hacerse cargo del cuidado y la crianza. En 1971, luego de tener a su segundo hijo, dejó de desempeñarse como empleada doméstica para dedicarse de lleno a la maternidad. Un día, cuando llegó a su casa cargada con bolsas y con uno de los niños en brazos, su marido la vio sobrepasada y le dijo: 'Se acabó'. "Trabajé antes de tener a mis hijos, después nacieron y mi marido no me dejó trabajar más. Eran cinco, había que estar en la casa con ellos. Él trabajaba mucho, era trabajólico", cuenta Adriana.

Dedicó 35 años de su vida a la crianza y al trabajo doméstico, hasta que en 2002, cuando sus hijos ya estaban grandes, decidió volver a trabajar, porque se aburría de tanto estar en la casa. Estuvo en tres casas distintas como empleada doméstica. Le gustaba. Pero no duró más de un año. "En ese tiempo ocurrió lo de mi nieto, y me retiré", dice.

Renato nació sano en 2005, pero a los tres meses sufrió un paro cardiorrespiratorio y con el tiempo su estado de salud fue empeorando. Su madre se esfumó cuando cumplió el año, y su padre, hijo de Adriana, trabaja todo el día en la construcción. "Como sé hacerle todo al niño, quedó a cargo mío. Mis manos están en todos lados: barrer, hacer aseo, cambiarlo. Es hipersecretor, entonces tengo que estar aspirándolo y también estar pendiente de su oxígeno. Requiere de toda mi atención", dice Adriana, quien tiene la tuición legal de su nieto.

Atiende a Renato, que vive acostado, sin parar desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche. Ante la imposibilidad de trabajar por un sueldo y no contar con una pensión propia, costea sus gastos con los aportes de su hijo y la pensión de viudez que recibe desde que su marido falleció por un paro cardíaco en 2012.

Los sábados son los únicos días que Adriana sale de su casa. Ese día, una de sus nueras se queda con Renato y ella va a un club de adultos mayores a jugar bingo y a tomar té.R

Marcela

Hace más de cinco años, la enfermera que curaba semanalmente la herida que había quedado en el pie de la madre de Marcela Gatica (36) luego de extraerle una úlcera, explicó que si la cosa seguía igual, iban a tener que amputarla. "No había podido sanar porque no estaba teniendo el reposo que requería", recuerda Marcela. No lo pensó dos veces y le dijo a su mamá que se fuera a vivir con ella. "Al comienzo iban a ser solo unos meses, pero nunca se dio el caso de que volviera a su casa, porque empezaron a descubrirle otras enfermedades", explica.

Al comienzo, Marcela se las arregló para cuidar de su mamá y seguir trabajando como auxiliar de aseo en un supermercado, donde llevaba siete años contratada. Pero la situación no duró mucho. A poco menos de un año desde el incidente del pie, su madre empezó a tener una serie de infecciones urinarias y descubrieron que uno de sus riñones no funcionaba y el otro lo hacía a duras penas. La insuficiencia renal significaría una dieta estricta y la necesidad de hacerle diálisis tres veces a la semana. La situación se fue volviendo cada vez más compleja, sobre todo cuando la diabetes que sufre hace años empezó a afectar su visión. Hace cuatro años que no ve nada.

Marcela también se hace cargo del cuidado de la pareja de su madre, que sufre de leucemia, y de su hija de dos años, quien dejó de asistir a la sala cuna luego de sufrir una quemadura con agua hirviendo en el verano.

"A mí me gustaba trabajar, tener mi sueldito fijo, mi platita. Ahora no manejo mi plata propia. En ocasiones eso me incomoda, porque una quiere salir, hacer sus cosas. Pero no se puede nomás", dice Marcela. Y añade: "El tema es que yo trabajo más que las personas que reciben un sueldo. Una dueña de casa trabaja 24 horas, los siete días de la semana, los 30 días del mes. Es un error grande que nos consideren inactivas".

Su familia vivía en un campamento en San Bernardo y actualmente reside en una parcela donde trasladaron su casa, a la espera de que le entreguen una vivienda social. Se mantienen con el sueldo de obrero del marido de Marcela, la pensión por discapacidad de su mamá y el dinero que ella alcanza a juntar cuando el estado de salud de su madre le permite trabajar algunos días de temporera recogiendo ciruelas.

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