François Hartog, historiador: “El presentismo contemporáneo es la expresión de una crisis del futuro”

Foto: Didier Goupy

El investigador francés, conocido por sus reflexiones en torno a la naturaleza del tiempo y a los vínculos entre pasado, presente y futuro, conversa con La Tercera tras la aparición de su último libro, Chronos.




El historiador François Hartog (74) se formó como helenista: discípulo de Jean-Pierre Vernant (Mito y pensamiento en la Grecia Antigua), publicó en 1980 su primer libro, El espejo de Herodoto. Ensayos sobre la representación del otro. Ya entonces se preguntaba por la temporalidad: por “el tiempo reglamentado y contabilizado” de la Antigüedad helénica. Y con el tiempo, valga la persistencia del término, llegó a convertirse en quien su colega Roger Chartier definió hace poco en Le Monde como “el historiador que ha desarrollado la reflexión más lúcida acerca de la relación entre el tiempo percibido por los individuos y el que se construye en los relatos del pasado”.

Para comprender este vasto y complejo fenómeno, propuso Hartog en su minuto la noción de “régimen de historicidad”: la manera en que una sociedad, obligada a generar un orden del tiempo, articula presente, pasado y futuro. Una forma de traducir y ordenar las experiencias del tiempo. Para ilustrar el punto, Hartog ha planteado que al menos desde los ’80 vivimos en un “tiempo desorientado”. Y agrega: “El concepto moderno de historia, que se impone en Europa en el siglo XIX, se apoya en un tiempo abierto al futuro. A un futuro visto como deseable y positivo. Pero el futuro ha perdido estos valores y desde los ’80 hemos empezado a hablar de la crisis del futuro, de sociedades desorientadas”. Y lo que ha reemplazado a este futuro es un “presentismo” ubicuo, donde “estamos completamente concentrados en la respuesta inmediata a lo inmediato”.

El presentismo, esa especie de enamoramiento con el ahora (y también con la memoria, en tanto huella del ayer en el presente) va erosionando los puentes con el pasado, así como anulando el protagonismo que alguna vez tuvo futuro, y no sólo por la idea de progreso. Eso sí, este presente interminable que vivimos, así como los modos que tenemos de vivirlo, son inscritos por el autor en distintas escalas: desde un “régimen de urgencia” en que nada importa más que el ahora, hasta el cuadro mayor, el Antropoceno, la era geológica definida por la intervención humana sobre La Tierra.

“Retirado en actividad” de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (Ehess), Hartog había dedicado cuatro libros a las crisis del tiempo (Regímenes de historicidad; Évidence de la’Histoire, Anciens, modernes, sauvages, y Creer en la historia), pero no estaba satisfecho. Le parecía no haber reconocido en estas obras toda la importancia del régimen de historicidad instaurado por el cristianismo, y que ha dominado a Occidente durante 18 siglos. Hace unos meses, las cuentas quedaron saldadas con la aparición de Chronos. L’Occident aux prises avec le Temps.

En la obra, Hartog designa el régimen instaurado por el cristianismo como un “presentismo apocalíptico” construido a partir de la apropiación cristiana de dos nociones griegas que asumen significados completamente nuevos en la traducción alejandrina de la Biblia. El kairós ya no es la oportunidad, el instante decisivo, sino la Encarnación de Cristo, y la krisis se convierte en el día del Juicio Final y el fin de los tiempos. Para los humanos, en el tiempo que queda, cronos sigue siendo el tiempo vivido y el pasado ya no es un repertorio de ejemplos por imitar.

Pero, así como explora siglos remotos, Hartog no abandona el presente, el de hoy. La idea es seguir poniendo en perspectiva los estropicios del presentismo. Más aún cuando el coronavirus, al que el autor acaba de dedicar un artículo (“El Covid y el tiempo: ‘¿Quién va en el asiento del conductor?’”) ha llevado al mundo entero a un tiempo excepcional.

El cristianismo, escribe usted en Chronos, introdujo un “presentismo apocalíptico”. ¿Qué similitudes ve con el presentismo actual en su vertiente “apocalíptica”?

La Encarnación [de Jesús] abre un tiempo nuevo que llegará a su término con el Juicio Final, precedido por el Apocalipsis. Entre estos dos límites hay un tiempo que, para los primeros cristianos, no es más que un tiempo sin consistencia: el presente. Hay que estar preparados, esperando un final que puede llegar en cualquier momento. De ahí mi propuesta de definir el régimen cristiano de historicidad como presentismo apocalíptico. Se abre a un futuro, pero a uno muy diferente, mientras el presentismo contemporáneo ha sido la expresión de una crisis del futuro. El presentismo cristiano es una transición (entre la vida cotidiana y la vida eterna), mientras el presentismo contemporáneo es como una burbuja que nos envuelve.

Cuando terminaba su libro, con la pandemia ya instalada, anotó: “El confinamiento, única respuesta de que disponemos para frenar la propagación del virus, introduce un tiempo inédito que es una suspensión del tiempo”. ¿Cómo diría que se está desarrollando este “tiempo sin precedentes”?

Si por lo inédito, el encierro de la primavera pasada [en Francia] estimuló la reflexión -al menos para un jubilado como yo-, desde el otoño de 2020 lo que prevalece es el agotamiento y la impresión de que el virus siempre irá un paso delante de nosotros. Las vacunas parecían abrir el horizonte, y entonces llegaron las nuevas cepas...

En 2013, conversando con La Tercera, Ud. analizaba el presente como categoría: “Un presente invasivo, como aspiración a la autosuficiencia, a la vez único horizonte posible y que se deteriora a cada momento en la inmediatez (...) Estamos centrados en la respuesta inmediata a lo inmediato”.

Lo que dije en 2013 es hoy aún más válido: la idea de urgencia sigue en alza y el desarrollo de las redes sociales y de las plataformas impone sus ritmos, mientras los medios de comunicación buscan estrategias para evitar ser completamente fagocitados.

¿Qué futuro le ve a la información periodística integrada y cotidiana?

La información instantánea es una ilusión: en nombre de la transparencia, la mediación (que hacen los medios) se denuncia como falsa. Hoy podemos ver cómo los medios de comunicación (periódicos, radios, TV) van crecientemente detrás de las redes sociales, y cómo es cada vez más difícil hacer el trabajo periodistíco (investigar, poner las cosas en perspectiva, confrontar puntos de vista...): toma mucho tiempo y cuesta muy caro.

La historia, el periodismo, ¿pueden ayudar a salir de lo que usted llama la “jaula presentista”?

Aún más que el historiador, el periodista está atrapado en la jaula del presentismo, ya que la actualidad es su principal razón de ser. ¡El historiador no debe correr detrás del periodista, que a su vez no debe correr tras las redes sociales! Es una aceleración que no tiene fin, además de una carrera perdida.

Se ha hablado y escrito mucho sobre las sociedades fragmentadas, sobre el desdibujamiento de la esfera pública, etc. ¿Ve algo parecido en las percepciones del tiempo? ¿Cada quien con sus temporalidades?

A la archipielización espacial de nuestras sociedades le corresponde una archipielización temporal: todo el mundo usa los mismos celulares, pero cada quien tiene sus propias temporalidades, su propia relación con el tiempo. Los movimientos sociales (en Francia, los chalecos amarillos) son una prueba de ello, y podemos ver lo difícil que es para las autoridades políticas responder a la epidemia imponiendo un tiempo restringido que sea el mismo para todos.

Ud. ha manifestado su inquietud por la desaparición acelerada del pasado y del futuro. ¿Qué se hace para recuperarlos?

La pandemia puede ser una oportunidad para entregarnos aún más al presentismo, acelerando la transición a una condición digital (el tout-clic), o por el contrario, puede permitirnos dar un paso atrás, hacia el pasado (la humanidad y las pandemias, por ejemplo) y hacia el futuro: saliendo de la burbuja presentista, afrontando las amenazas que nuestras acciones pasadas y presentes suponen para el futuro de La Tierra.

En su libro cita una consigna de la campaña presidencial de François Hollande (“¡El cambio es ahora!”) y en un artículo reciente recuerda al gobierno de Macron distinguiendo entre “el tiempo de antes” y “el tiempo de después” de la pandemia. ¿Qué hay en estos casos de espíritu de la época y qué hay de expresión de deseos?

En 2012, el eslogan de Hollande era completamente presentista: vota por mí, y el cambio llegará en un santiamén. Lo del mundo de antes y el mundo de después también es presentista, pero de otra manera: el Presidente Macron quiso hacer creer que controlaba el tiempo, inscribiendo inmediatamente el acontecimiento [la pandemia] entre un mundo anterior y uno posterior, como si el mundo posterior pudiera ser completamente nuevo.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.