Mis genes están llenos de sorpresas

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Foto: Roberto Candia Ilustración: Camila Aravena

Las pruebas de ADN para descubrir tus orígenes están de moda. Para Navidad fueron uno de los regalos más comprados en Estados Unidos. Presa de la curiosidad y el entusiasmo, decidí hacerme uno. Esto es lo que ocurrió desde que me tomé la muestra de saliva hasta que un mes después llegaron los resultados. Mi ruta ancestral incluye hasta África.


Recibí el paquete durante la mañana del martes 13 de noviembre. Llegó directo aquí al diario. Lo enviaba MyHeritage, compañía israelí que vende tests de ADN que prometen descubrir tus orígenes étnicos a bajo costo. El examen cuesta 79 dólares y se envía por correo. Los resultados están listos en un mes.

Días antes, en la página web de esta empresa había encontrado el caso de unos hermanos que gracias a este test se conocieron cuando ya bordeaban los 60 años. Ambos eran hijos del mismo padre, pero de diferentes madres en distintos países. La historia me emocionó, porque yo no tengo idea de mis antepasados ni de familia extendida.

De acuerdo con las instrucciones del test, debía esperar cerca de media hora sin comer o tomar algo para que la muestra de saliva fuera óptima. Como soy alharaca, esperé casi una hora y media para estar segura. En ese tiempo releí al menos 10 veces el instructivo.

Luego, me encerré en el baño de la oficina. Eran las dos de la tarde. Leí por última vez las instrucciones y agarré uno de los hisopos. Hay que frotarlo y girarlo al mismo tiempo al interior de una mejilla entre 30 y 60 segundos (un hisopo por lado). De nuevo, como soy alharaca, cronometré 55 segundos por cada uno; no quería arriesgarme a hacerlo mal. Una vez listos, los guardé en unos tubos que traía la caja. Tenía la ridícula sensación de que este test era como hacerme uno de embarazo, algo un poco íntimo como para hacerlo en la oficina. Metí las dos muestras en el sobre acolchado que incluye el kit. Mi saliva estaba lista para ser enviada a Estados Unidos.

Esa semana estuve nerviosa, me imaginaba que ese pequeño paquete podría revelar muchas cosas desconocidas para mí.

En mi familia no existe alguna historia que contar. No tenemos tradiciones que hayan pasado por cada generación, no hay un plato tradicional, ni una foto vieja, ni una reliquia familiar. Siempre lo asocié a que éramos muy chilenos. Siempre he envidiado a quienes cuentan historias de cómo sus antepasados llegaron a Chile o que saben qué hacían ellos.

Por mi lado materno, mi familia es poca: están los primos de mi mamá y ya. A pesar de que mis bisabuelos y tatarabuelos tuvieron una gran familia, todos se dispersaron, se cambiaron de ciudad y desaparecieron. Por el lado de mi papá hay gente, existe familia en el sur, pero no tenemos mucha relación.

Siempre he querido hablarle por redes sociales a la gente con que comparto apellido. ¿Serán realmente parientes lejanos, perdidos, o es simplemente una coincidencia? Los Sánchez son muchos. Los Bruna son menos. Siempre intento encontrarles algún rasgo en común. Pero la verdad es que mi fantasía de encontrar a mi familia perdida queda siempre ahí. ¿Realmente nos interesaría conocernos o sería algo anecdótico? No lo sé.

Dicen de mí

Enviar el test por correo fue más complejo de lo que esperaba. Varias compañías me pedían el certificado del médico que tomó la muestra. Cuando pensé que mi investigación estaba fracasando, entré a la cuarta sucursal de Chilexpress. Para mi suerte, justo esa semana una mujer había enviado allí el mismo examen. Así que aceptaron. Recuperé la alegría, pero a los pocos días pararon el envío y me pidieron más información sobre el contenido. Me contacté con MyHeritage, donde me recomendaron que enviara una carta declarando que yo, Javiera Andrea Sánchez Bruna, me había tomado la muestra según las instrucciones para obtener información sobre mis orígenes étnicos. Eso más una explicación de la empresa y un link a mi perfil bastaron para que el paquete retomara su rumbo.

Estuve todos los días de las primeras dos semanas pensando. ¿Estará bien cerrado el paquete?, sí, porque lo revisé dos veces; ¿froté el hisopo el suficiente tiempo?, sí, lo cronometré; ¿y si no marca nada?, imposible, soy humana y tengo código genético.

No le conté a mucha gente que me hice el test, me parecía extraño socializarlo sin tener los resultados. Sólo sabían mi mamá, mis compañeros del diario y mi familia directa. Tenía más dudas que respuestas y no quería ponerme más nerviosa. Era extraño hablar tanto de mí sin saber sobre qué hablaba. Sentía que algo podía cambiar para siempre.

Sabía que algo sudamericano/latino iba a aparecer. Pero tenía miedo de que fuera lo único. En mi fuero más interno quería algo más, aunque fuera en un mínimo porcentaje. Es cosa de verme y saber que nací en este pedazo del mundo. Tengo el pelo negro y liso, la cara alargada, la frente amplia y plana, una mandíbula grande y una nariz un poco chata. Mido 1.63, la altura justa para no morir ahogada en el metro, y soy de contextura promedio. Soy bastante más morena ahora que a mis 10 años. Y algunas personas me han dicho que tengo un look exótico. Así que esperaba que mis genes me dieran alguna explicación.

La espera

Mi saliva llegó el cuatro de diciembre al laboratorio ubicado en Houston, Texas. En esa ciudad famosa por los astronautas, los técnicos reciben cada muestra y la guardan en su base de datos. El proceso, como lo muestran en su página, es bastante simple. Primero, preparan las muestras con un líquido que permite extraerles el ADN y después las guardan en un freezer. La información genética es copiada a un chip especial mediante un proceso llamado hibridación. Con esa información hacen un mapa genético y lo ingresan a un computador que va haciendo los cruces con las 42 etnias disponibles.

Para obtener los indicadores de etnicidad, MyHeritage creó su propia base de datos de genes con 5.000 personas que tuvieran varias generaciones nacidas en cada región sin mezclas. Con esos datos mi saliva iba a hacer match.

Mientras creaban una copia digital de mi ADN en Houston, yo pasaba los días en Santiago viendo videos en YouTube. Con sólo escribir el nombre de la compañía, me aparecieron cientos de personas que habían comprado el mismo test. La mayoría tenía cierta noción de su etnia principal, pero todos quedaban muy sorprendidos con los resultados. Una de las chicas que vi incluso lloró.

Repartida por el mundo

Las semanas pasaron y casi olvidé lo que me esperaba. La euforia inicial del comienzo se había esfumado. Hasta que un día en la mañana, casi un mes después de haberme frotado los hisopos, me llegó un correo de MyHeritage. De inmediato se me apretó la guata, estaba a un click de asomarme a mi pasado. El correo me llevó a una presentación con música de conquista en la que te presentan cada resultado por región. Yo estaba arriba de una micro sin audífonos ni buena señal, así que me la salté y fui directamente a los números.

El primer hallazgo me lo esperaba: el 57,8% de mi ADN era de procedencia centroamericana, lo que mirándome resultaba obvio. Pero el 42,2% restante era una mezcla muy diversa que me dejó con la boca abierta.

Mi ADN tenía ocho de las 41 etnias restantes.

El 14,9% de mí viene de la península ibérica ubicada en Europa del sur, compuesta por Portugal y España; el 8,6% de Europa del noreste que agrupa Francia, Alemania, Holanda y los Países Bajos; después mi ADN se mueve al este del continente con un 4,7% en la península de los Balcanes, formada por Montenegro, Kosovo, Macedonia, Serbia, Bosnia y Herzegovina; y los países de Europa Oriental -que son Bielorrusia, Ucrania, Polonia, Moldavia, Rumania y Lituania- con un 3,1%. Este resultado me dejó atónita. No conozco muchos de estos países.

Tomé aire y seguí leyendo. Dentro de la misma región aparecía que un 2,2% proviene de una de las cinco ramas judías que contempla el examen: la judío azkenazí. Según la descripción, es la que más ha mantenido sus genes a través del tiempo porque no se relacionaban con otros. Sus orígenes se remontan a Alemania y Francia, después migraron hacia Polonia y otros países eslavos, donde también tengo genes.

Hasta ahí van las etnias del 91,3% de mis genes.

Otro 1% de mí viene de Nigeria y un 5,9%, de la zona norte de África. Los bereberes, que eran tribus nómadas, vivían en ese sector conformado por Marruecos, Algeria, Libia, Egipto y Túnez. En una búsqueda rápida en internet, me di cuenta de que uno de principales cambios comerciales que tenía Nigeria, muchos siglos atrás, era con los bereberes del norte. Eso me hace pensar que quizás en ese intercambio se pudo haber hecho el cruce genético que me liga a África.

El 1,8% restante viene de la zona del Medio Oriente.

Más parientes

Deben ser pocos los chilenos que no tienen un origen mestizo. Pero me pareció extraño que en América solamente aparecieran tres etnias: Nativo Americano, Centroamericano e Indígena de Amazonia. Según me explicaron desde MyHeritage, esto pasa porque son aún pocas las personas de este continente que se han tomado el test. Necesitan más muestras para dividir las etnias más específicamente; apenas las tengan, actualizarán.

Me pareció razonable. Pero fue desconcertante encontrarme con tantas etnias de las que no tengo registro. Ni siquiera tengo un apellido que suene o parezca de los Balcanes, tampoco africano o árabe. Hasta donde sé, todas las generaciones de mi familia antes de mí nacieron en Chile y me veo como una chilena promedio. Apenas vi los resultados, llamé a mi mamá que quedó igual de sorprendida.

En todo caso, debo reconocer que mi 2,2% de judía azkenazí me lo esperaba y no porque sea judía. Es por una anécdota familiar.

Por mi lado materno, siempre le hemos dicho a mi abuela que parece físicamente judía. Al menos al estereotipo de piel blanca y nariz aguileña con que se asocia a los judíos más tradicionales. Resulta que en un viaje de mis abuelos a Washington fueron al Museo del Holocausto: llevaban allí apenas unos minutos cuando se les acercó una mujer que trabajaba ahí, abrazó a mi abuela y les ofreció un tour especial para que pudiera conocer más sobre su historia. La historia del pueblo judío. Mi abuelo lo contó a su vuelta y nos reímos. Pero reafirmó mi creencia de que en algún momento la familia de mi abuela estuvo ligada a este mundo. Aunque ella dice que no es posible, porque es católica.

Los resultados no terminaron ahí. Además de mis etnias, la compañía encontró a tres parientes de mi familia extendida que no conocía. Uno de ellos resultó ser el nieto del hermano de mi abuelo paterno. Las otras dos eran primas en segundo y tercer grado también por mi lado paterno: una vive en Estados Unidos; la otra en Chile. Con ellos comparto entre un 0,9% y un 2,2% de mis genes.

La prueba también encontró a 989 personas con las que comparto cerca de un 0,3% de mi ADN. La mayoría tiene nombres y apellidos en español, pero viven entre Estados Unidos y Europa. Es impresionante pensar que tengo casi mil familiares repartidos por el mundo. Y son sólo los que tomaron el test, puede que sean muchos más.

De a poco comencé a llenar mi árbol genealógico virtual con la información que fui encontrando. De mi nuevo primo encontré hasta el año de nacimiento de mis tatarabuelos paternos. Mi abuelo materno me pasó el árbol que él elaboró hace varios años atrás, con lo que pudo encontrar de su familia y la de mi abuela.

Más que respuestas tengo nuevas preguntas y quiero seguir juntando nombres con fechas. La página de MyHeritage incluso permite acceder a certificados de nacimiento, matrimonio y defunción, registros de censos y de inmigración que no he podido usar porque no tengo muchos datos para acotar la búsqueda. Espero con ansias que especifiquen mi gen centroamericano y ver los resultados; imagino que el predominante será mapuche. Ahora me interesa conocer más sobre mis raíces y mi historia, aunque nada cambió en mí. Sigo siendo y sintiéndome la misma.

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