Frank Sinatra en Sudamérica: la historia oculta de la venida de La Voz

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FOTOTECA CARMEN TELLO LAB.GALAN

En agosto de 1981, Frank Sinatra ofreció una serie de conciertos en Buenos Aires. El libro Operación Sinatra, de Diego Mancusi y Sebastián Grandi (Aguilar), despeja dudas y revisa en profundidad esa historia desconocida.



Era la segunda vez que Frank Sinatra estaba en Sudamérica: antes había cantado en Brasil, pero hasta hoy poco se sabía de esta venida. Se sabía sí que había estado detrás el cantante argentino Ramón "Palito" Ortega y que no había hecho negocio, ya que la situación económica del país se lo había impedido. Con Operación Sinatra, de Diego Mancusi y Sebastián Grandi (Aguilar Argentina), se develan algunos misterios que rodearon a los shows de Sinatra. A primera vista el que más llama la atención es que el artífice de su traída a la Argentina no fue Palito Ortega, sino un empresario de perfil bajo llamado Ricardo Finkel, que hoy tiene 71 años y una cuenta de Facebook donde aparece firmando el contrato con Sinatra. Sin embargo, para explicar mejor los sinsabores de esta empresa hay que hacer un poco de historia.

En 1980, uno de los miembros de la Junta Militar llamó a Spiro Agnew, exvicepresidente de Estados Unidos en el gobierno de Nixon, para que hiciera lobby para traer a La Voz a la Argentina. Después de muchos años trabajando para los demócratas, Sinatra había abandonado no sólo ese barco, sino que se había pasado al bando de los republicanos. En ese año el presidente de los Estados Unidos era Ronald Reagan y Sinatra tenía línea directa con él; de hecho, cuando estaba de gira, su familia llamaba a la Casa Blanca y de inmediato era derivada adonde estuviera. Por otro lado, casi con el inicio de la dictadura (1976) Ricardo Finkel, "Pupe" para los amigos (entre los que hoy no está Palito), había estado intentado conectarse con el círculo de Sinatra para traerlo, hasta que en 1979 se abrió una posibilidad.

En una conversación sostenida en 1980 con Edwin Perlstein, que junto a Mickey Rudin, manejaban los asuntos de La Voz, éste le dijo: "En estos momentos está Bob Kiernan [el director de sonido y luces de Sinatra] en Río, revisando el Maracaná… Si el informe es positivo cerramos del 22 al 27 de enero en Río de Janeiro". Finkel le suplicó una fecha en Argentina, y Perlstein quedó de consultarlo con su socio. Pero la venida de Sinatra por primera vez a Sudamérica tenía una razón anterior y que no lo involucraba directamente. El productor brasileño Roberto Medina, que en 1985 daría vida a Rock in Río, había conseguido en los 70 al actor británico David Niven para un comercial de la marca Passport; fue tal el éxito que la marca tuvo que dar continuidad a la campaña. Y cuando se vio en ese entrevero, Medina contestó que no había nadie mejor que Frank Sinatra.

Lo que en un comienzo iba a ser la grabación de un simple spot comercial terminó en un ofrecimiento para "hacer el mejor show del mundo, meter a 175.000 personas en el Maracaná", dijo Medina en una biografía publicada en 2008. Según los autores de Operación Sinatra, "con este concierto se anotó en el Guiness por la mayor audiencia para un músico solista, un logro que le arrebató Paul McCartney recién en 1990 con 184.000 entradas vendidas en el mismo estadio". Pese a que Perlstein le había negado la fecha en Buenos Aires, Pupe viajó a Brasil. Y a los meses su insistencia daría frutos, cuando el mismo Perlstein lo llamó para avisarle que había mucho interés por hacer Argentina.

Cuando por fin Finkel tenía todo a mano para llevar a Sinatra a la Argentina, le surgieron competidores; la suerte hizo que lentamente se fueron bajando de la contienda, hasta que sólo quedó uno. Su oferta, que era 200.000 dólares mayor, se impuso, pero el problema ahora era que no tenía el dinero. Recurrió al manager del boxeador Carlos Monzón, pero no se interesó, después a la millonaria Amalia Lacroze de Fortabat, que lo quería hacer pero estaba fuera del país y, según su secretaria, no se le podía molestar mientras estuviera allí. Entonces recordó a Palito Ortega, ya que su padre había sido productor de todos sus clásicos y director musical del sello RCA. El encuentro se produjo en una estación de servicio, y cuando Palito escuchó que podían traer a Sinatra, le respondió que eso ya estaba cerrado por el competidor de Finkel, a lo que éste le dijo que estaba equivocado.

La gente de Sinatra quería hacer en 1981 Buenos Aires y San Pablo. Para lo de Brasil sería la misma gente que la vez anterior, pero Argentina la organización estaba en disputa. La reunión entre las partes con la gente de La Voz se produjo en un hotel de Río de Janeiro. Roberto Medina apoyaba la opción que competía con la de Finkel y Palito, pero cuando se enteró de que la oferta de estos era muy superior, "le agarró un ataque de nervios" y gritó que Mickey Rudin le había dicho que la decisión de la fecha de Buenos Aires la iba a tener él. Perlstein llamó entonces a Nueva York y la respuesta fue favorable para la dupla, que en ese momento estaba representada sólo por Finkel.

En febrero de 1981, Ricardo Finkel, Palito Ortega, su abogado y un equipo de televisión viajaron a Estados Unidos para firmar el contrato. Como Finkel llegó antes, tuvo la oportunidad de su vida, que relata especialmente para el libro de la siguiente manera: "'A las tres de la tarde te quiero preparado porque nos vamos a reunir Frank, vos y yo solos', me dijo Ed [Perlstein]. A esa hora me junté con él y fuimos para la suite de enfrente de la de él, una donde había dos escritorios y estaban las dos secretarias, Laverne y Dorothy, que era su brazo derecho. Estaba la puerta abierta, y Ed me decía 'vení, asomate' y yo no quería asomarme: yo escuchaba la voz de Sinatra hablando por teléfono. Y cuando por fin me asomé lo vi de espaldas: estaba hablando por teléfono con el presidente Reagan". Después de colgar, Sinatra le ordenó a Perlstein que no quería que fuese una simple firma de contrato, sino que tomaran algo e hicieran una reunión distendida.

A la hora de la firma del contrato, que fue en la noche, el equipo de televisión que los acompañaba los mostró "divertidos, trago en mano, sin la tensión que uno esperaría en un ámbito donde se discuten millones de dólares con el artista más influyente del siglo XX". Estas imágenes sólo llegaron al público argentino después de varios días, y se difundieron a la par de las noticias de los medios gráficos que informaban que Sinatra recaudaría más de dos millones de dólares, aunque el convenio estipulaba una suma fija de 1.650.000 dólares más el 80% de la publicidad. El 20% restante sería para Palito Ortega, quien entre taquilla y publicidad esperaba recaudar una cifra similar a la de la estrella mundial.

Sin embargo, el peso argentino comenzó a devaluarse hasta que triplicó su valor (de $2200 hasta $7000 en seis meses), por lo que los pesos necesarios para comprar dólares se triplicaron para Palito, que era el único inversor. Y aquí es donde surgen las diferencias y la participación de altos funcionarios de la dictadura militar. Para mantener un precio preferencial de la divisa, Finkel habló con el hijo del dictador Roberto Viola, a quien conocía, y Palito hizo lo propio con Leopoldo Fortunato Galtieri, que meses después reemplazaría a Viola como dictador. Como escriben los autores de Operación Sinatra, "Roberto Viola detentaba el poder, Leopoldo Fortunato Galtieri tenía sus propias aspiraciones y Finkel y Palito quedaron atrapados en la interna". Por eso no obtuvieron el precio preferencial de la divisa de ninguna de las dos partes.

Palito recuerda que le fue difícil vender las localidades del recital del Sheraton, donde tenía planeado cobrar mil dólares por cena, recuerdo y show de La Voz, ya que en efecto "la mayoría de los empresarios podían pagar mil dólares, que al momento de firmar el contrato no eran nada, porque los aviones iban y venían repletos de artículos de Miami. Yo pensaba: '¿Cómo no vamos a tener 4000 personas dispuestas a pagar mil dólares para comer con champán francés y Sinatra en el escenario?'. No era una locura. Pero cuando el dólar se disparó los empresarios me decían: 'Me están pidiendo aumento todos los trabajadores y yo no puedo seguir ese tren por la devaluación: no puedo ir a ver a Frank Sinatra, voy a salir escrachado'". Es decir que la política y la economía de la Argentina conspiraron para que fuera una fiesta para los organizadores. Las cosas tenían que cambiar desde la producción para que no fuera un desastre total y así fue.

Ricardo Finkel tiene un secreto muy bien guardado que, según él, se va a llevar a la tumba; no se trata de algo vinculado a la organización en sí, sino a un mensaje que trajo Sinatra de Reagan al dictador Viola. Para él, revelar el mensaje sería "una ingratitud personal y una traición diplomática". Si bien el hecho de que Sinatra fuera agente de la CIA puede parecer un delirio, fue su hija Tina la que en 2001 en el libro La hija de mi padre se encargó de revelarlo. Según Mancusi y Grandi, esta relación "se oficializó a partir del 23 de febrero de 1976, durante la presidencia provisional —por la renuncia de Nixon ante el escándalo Watergate— de Gerald Ford". De hecho, el 15 de abril de ese año George Bush padre, por entonces director del organismo de inteligencia, se reunió con Sinatra para hacerle "una muy sincera y generosa oferta de ayudar a la CIA de la manera en que fuera posible". Y es que Sinatra "se reunía cara a cara con gobernantes sin importar si los había elegido el pueblo o habían tomado el poder por medio de las armas" y podía transmitir mensajes del Presidente sin ningún inconveniente.

Mientras tanto los percances de la organización continuaban. Si bien la devaluación había empujado a que la entrada costara tres veces menos, es decir algo así como 350 dólares, Palito Ortega decidió que costara 500. Es decir que él asumía parte de los costos de la situación económica. Así y todo sólo vendió 250 entradas por noche en el Sheraton y decidió trasladar dos conciertos, de los cuatro programados, al Luna Park, donde el ticket más caro iba a costar 140 dólares, pero con la ventaja de que podía venderse más.

Pero cómo hacer el show en el Luna Park fue otra historia, ya que había que adecuar el escenario a los requerimientos de la gente de Sinatra. De este modo se determinó que La Voz, al igual que en algunas presentaciones de Sinatra en el Madison Square Garden, estuviera en el centro, como en las peleas de boxeo. En este punto no hay acuerdo si la idea final fue una imposición de la gente de La Voz, de Ricardo Finkel o de Palito. A la par del trabajo de la organización las disqueras locales vieron la oportunidad de ganar unos pesos y sacaron álbumes "para recibir a la estrella": EMI editó Sinatra en Buenos Aires y Warner La Voz en Argentina. Todo estaba listo, sólo faltaba que la estrella llegara.

Y por fin llegó el día. Frank Sinatra pisaba suelo argentino y las hijas de Finkel y Ortega recibían a la estrella, a su mujer y a toda la delegación. Se dirigieron al Sheraton en el barrio de Retiro, ubicado a unas cuadras del Luna Park, y allí ocuparon el piso 23. La Voz había dejado de dar conferencias de prensa después de un grave incidente en Australia, pero esta vez aceptó dar una a condición de que "no le pregunten de mafia, de romances de mujeres, y no sé qué más", recuerda Palito en el libro. Pese a ello la primera pregunta fue sobre su relación con la mafia de Las Vegas. Lo que había amagado con ser un desastre terminó siendo una buena conferencia de prensa.

El otro problema que tuvo que zanjar la organización fue que el show de Sinatra duraba solamente una hora, así que se contrataron teloneros: una orquesta local y otra extranjera. La local era la de Horacio Malvicino, que venía de tocar con Astor Piazzolla, y la extranjera era la de Don Costa, que había sido el responsable del sonido de Sinatra and Strings (1962). Costa además era amigo de Finkel. La idea original entonces era "usar a todos los músicos de La Voz para la previa, con Costa en la dirección. Sin embargo, la visita a Sudamérica reavivó viejos rencores", como que la sección rítmica de Sinatra se negó a tocar con Costa, porque él no los había llamado para una sesión de grabación. Ante esto músicos argentinos integraron la orquesta extranjera.

Y llegó el primer show en el Sheraton. Era el miércoles 5 de agosto de 1981 y los famosos se agolpaban en el hotel: Graciela Borges, Tato Bores, Gerardo Sofovich, Carlos Monzón, Carlitos Balá y Graciela Alfano. Pero no sólo famosos, también había políticos, como Álvaro Alsogaray, el embajador de Estados Unidos en Argentina y ministros de la dictadura de Viola, además del número dos de la Junta Militar, el almirante Armando Lambruschini, quien luego fue juzgado y condenado por crímenes de lesa humanidad. Precisamente éste señaló a la prensa que venía por "una amable invitación del señor Ramón Ortega". A las 23:42 horas, Frank Sinatra subió al escenario y entre canciones reclamó por el calor que hacía, pese a que era pleno invierno: "¡Estoy cocinándome acá!". A la segunda fecha asistió el dictador Viola. De hecho hay una foto entre él y Sinatra que retrata el encuentro; "en ella se ve a Sinatra tomando del hombro a Viola, un gesto que —en lenguaje protocolar— transmite superioridad".

Pero los problemas para la organización continuaron, porque la última fecha del Luna Park compitió con el Festival de Música Popular Argentina, convocado entre otros por Gustavo Gianetti, uno de los dueños de La Trastienda y productor del evento, y el entrenador César Luis Menotti, además de una importante revista de la época. A diferencia de Sinatra, los precios aquí eran muy baratos: iban entre dos y cuatro dólares. Y entre los artistas que estuvieron esas tres noches en el Estadio Obras se cuentan Facundo Cabral, Manal, la orquesta de Osvaldo Pugliese, el debutante Juan Carlos Baglietto que llevó entre sus músicos a un joven Fito Páez, la banda que integraba en esos años Lito Vitale, Cuchi Leguizamón y Luis Alberto Spinetta. Charly García no quiso ir. Según los autores de este libro, más que ser un festival anti Sinatra era un festival anti Palito, porque en el tiempo había tenido una mala actitud hacia el rock argentino. Nada de eso, en todo caso, opacaron las presentaciones en el Luna Park.

https://www.youtube.com/watch?v=N_GvD4sXRfc

Finalmente, Operación Sinatra es un libro entretenido y muy documentado, que no sólo es para los amantes de la música y la cultura pop, sino para aquellos que quieren saber algo más de historia del país trasandino en una época en la que todavía hay mucha oscuridad.

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