La epidemia que se llevó a un Presidente de Chile: la tuberculosis y la muerte de Pedro Aguirre Cerda

Pedro Aguirre Cerda

Tras dos años y once meses en la presidencia, “Don Tinto” falleció a consecuencia de una enfermedad considerada una “plaga social” en la época, y que por entonces se cobraba miles de víctimas. Precisamente, bajo el lema “Gobernar es educar”, su gobierno se propuso mejorar las condiciones de vida de la población, a partir de una fuerte acción del Estado, que para entonces ya se había involucrado en políticas de construcción de sanatorios, entre otras.


Un caluroso día de primavera, el martes 25 de noviembre de 1941, a las 13.07 de la tarde, Pedro Aguirre Cerda pudo al fin descansar de la batalla que venía librando contra una dura enfermedad, muy extendida en la época, que en la práctica implicaba una sentencia de muerte: la tuberculosis. Atrás quedaban los violentos ahogos provocados por la tos y los dolores en el pecho. A los pocos minutos, las radioemisoras comenzaron a difundir la noticia.

El Presidente de la República había fallecido en La Moneda. Por entonces, el palacio aún hacía las veces de residencia para los gobernantes chilenos.

La tuberculosis -o tisis-, aún hasta mediados del siglo provocaba muchos decesos. “Para los años 1932 a 1938, tenemos datos de muertes totales por tuberculosis que oscilan entre 9.500 y 11.400 personas fallecidas cada año; dicho de otra manera, entre 1932 y 1938 murieron aproximadamente 70 mil personas a causa de la tuberculosis”, explica a Culto el historiador y académico del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos (CECLA) de la Universidad de Chile, Marcelo Sánchez.

En una carta posterior a la poeta Gabriela Mistral, quien tenía una amistad con el matrimonio, la primera dama Juana Aguirre Luco detalló los últimos días del Jefe de Estado. “Teníamos decidido un viaje a Temuco, a una exposición agrícola que se efectuaba allá. El día antes amaneció con un poco de temperatura, se trataba de una gripe, a los ocho días se declaró una bronconeumonía infecciosa y todos los recursos de la ciencia fueron inútiles, a los veinte y cinco días de cama se fue, afortunadamente sin sufrimiento físico”.

Portada del diario La Nación, 26 de noviembre de 1941.

Al conocerse el deceso de Aguirre Cerda, el impacto fue inmediato. La gente comenzó a acudir al palacio en una especie de ritual espontáneo para despedir de manera simbólica al Mandatario. Una monja de las Hermanas de Caridad fue una de las primeras en llegar y un reportero de la revista Ercilla se le acercó para conocer sus impresiones. “Vine a rezar por él. Nunca lo conocí, pero sé que amaba al pueblo y deseaba el bien de Chile. Eso basta para quererlo”, señaló la religiosa, quien no quiso revelar su nombre.

A las pocas horas se entregaron las primeras coronas de flores en la capilla ardiente instalada en el Salón Rojo de la centenaria casa de gobierno. La bandera chilena, que a menudo ondea serena en la entrada, lucía a media asta. A las seis de la tarde comenzó el velorio. El ataúd de Aguirre Cerda fue custodiado por los cadetes de la Escuela Militar y la Escuela Naval, quienes fueron rotando la guardia.

Por supuesto, también llegaron políticos, diplomáticos y funcionarios estatales. Entre ellos, uno que había tenido una activa participación durante la convulsa década del 30 en Chile, incluso siendo candidato presidencial (“¿Quién manda el buque?, ¡Marmaduke!”, fue su grito de campaña), el socialista Marmaduke Grove.

Grove, miembro del Frente Popular, coalición que había llevado al poder a “Don Tinto” en 1938 señaló a Ercilla: “Se ha ido un gran Presidente. Tenemos, ahora, el deber nacional de cumplir con su ejemplo. Él nos mostró el camino, sigámoslo. Es la herencia que deja a la izquierda y al destino de Chile. Se cumplirá”.

Funerales del Presidente Pedro Aguirre Cerda. Colección Archivo Fotográfico. Museo Histórico Nacional.

No solo los socialistas como Grove llegaron al Palacio. También, según consigna Ercilla, lo hicieron políticos de todos los partidos, hasta de la oposición, como los senadores Hernán Videla Lira y Gregorio Amunátegui, ambos del derechista Partido Liberal.

Toda la noche, el féretro recibió un interminable desfile de personas que fue a manifestar su dolor por la muerte del Presidente y a darle el pésame a la inconsolable viuda, Juanita Aguirre Luco, la “Misiá Juanita” como se le conocía (quien además, era su prima).

Fue la misma primera dama quien solicitó que el cuerpo de su amado esposo se mantuviera allí durante veinticuatro horas. “Insistió en que no quería recibir visitas para estar durante postrer lapso de tiempo en compañía de quien fuera su ilustre compañero”, detalla la crónica de la Revista Vea. Esa noche, un artista de apellido Banderas labró la máscara mortuoria que inmortalizó el semblante sereno con que Aguirre Cerda recibió la visita de la muerte.

Afuera de La Moneda se formó una doble hilera de gente, hasta con niños, de la mano de sus padres, vestidos de huaso especialmente para la ocasión. La prensa detalla que se registraron desmayos provocados por las largas horas de espera bajo el sol de primavera quemando el pavimento. Los vendedores ambulantes, cómo no, ofrecían fotos y retratos del malogrado Presidente por diez pesos.

La multitud tenía muchos rostros: desde el sindicato de garzones en pleno vestidos de impecable chaqueta blanca y humita, los embajadores de Alemania y del Reino Unido (por separado, no olvidaban que eran países en guerra), hasta encopetados políticos; todos querían estar presentes.

El último antecedente previo de un Mandatario chileno fallecido durante su gestión era el de Pedro Montt, en 1910, quien murió en Bremen, Alemania, donde había ido buscando tratamiento para una arteriosclerosis. Pero por primera vez, ocurría un deceso presidencial en suelo nacional, provocado por un mal que entonces hacía estragos entre la población chilena. Como si de alguna manera, Aguirre Cerda, el hombre que llegó a la primera magistratura prometiendo “pan, techo y abrigo”, hubiese querido compartir la suerte del pueblo.

Pedro Aguirre Cerda y Juana Aguirre Luco

“Nacer para morir, vivir para padecer”

La tuberculosis no era cualquier mal. “Ocupaba un lugar de importancia entre las cuatro causas de muerte de mayor incidencia en el país en la primera mitad del siglo XX, que eran: infecciones parasitarias, afecciones respiratorias, afecciones digestivas y tuberculosis -explica Marcelo Sánchez-. El cáncer, las enfermedades cardiovasculares y los accidentes se encontraban muy por detrás de estas cuatro causas principales”.

A comienzos del siglo XX, en Chile “se nacía para morir y se vivía para padecer, de tal modo que enfermedades como la tuberculosis eran una plaga”, comenta el historiador y académico del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Rafael Sagredo.

En un Chile que desarrollaba poco a poco su actividad industrial, se trataba de un mal que “atacaba preferentemente al bajo pueblo, y sólo por excepción a las clases medias y acomodadas -asegura Sagredo-. Se presentaba en todas las regiones del país y en todos los climas y ambientes causando estragos, tanto como para ser considerada una verdadera ‘plaga social’”. Entre 1859 y 1883 había causado 41.035 muertos de un universo de 160.038 casos registrados en los hospitales chilenos. Es decir, poco más del 25% del total”.

“Desde los primeros censos que registraron las causas de muerte se puede obtener una tasa de mortalidad por tuberculosis que se mantuvo relativamente estable desde 1914 hasta 1940 con pocas variaciones en alrededor de 250 fallecimientos cada 100.000 habitantes -detalla Sánchez-; es decir, que la mortalidad por tuberculosis no descendió durante estos 36 años de registro. Como punto de comparación la tasa de letalidad por Covid-19 en Chile está en 1,1 cada 100 mil habitantes (Johns Hopkins CSSE, 13 de abril 2020)”.

Los historiadores no exageran. Por entonces, buena parte del pueblo, en especial aquellos que residían en las periferias, los barrios populares como La Chimba (hoy Recoleta) o los alrededores de Chuchunco (la actual Estación Central), lo hacían en paupérrimas condiciones de vida; hacinados en cités y conventillos, a menudo con solo una fuente de agua para todos los vecinos. Ello facilitaba que las enfermedades se volviesen muy frecuentes. Fue un aspecto de la llamada “cuestión social”.

“La ignorancia, los malos hábitos de higiene y el modo de vivir medio salvaje de la mayor parte de la población, se ofrecen como explicación para esta dramática realidad -explica Rafael Sagredo-. Pero también el que los pobres vivían, en palabras del doctor Adolfo Murillo, en ‘habitaciones sucias, inmundas, mal ventiladas y donde se respira, no el aire que vivifica y estimula, sino el aire que mata y asfixia’”.

Interior de un conventillo, Santiago, 1920. Colección: Biblioteca Nacional de Chile.

“La tuberculosis podía y puede contagiarse por contacto cercano con una persona infectada que estornuda, tose o escupe -agrega Marcelo Sánchez-. En el hacinamiento de los conventillos la familia obrera compuesta muchas veces por cinco o más personas, vivía, comía y dormía en una sola habitación sin otra ventilación que la de la puerta. Esto no excluye que la tuberculosis afectara a migrantes recién llegados, artesanos, clases medias y algunos miembros de las clases acomodadas”.

Peor aún, en esos días la cobertura de salud no era la mejor o derechamente existía ignorancia al respecto, especialmente entre los más vulnerables. “Normalmente, llegaban moribundos a los hospitales y sólo para exhalar ahí su último suspiro -detalla Sagredo-. Contribuía a la mortandad de los tuberculosos el que en Chile la enfermedad se presentaba con extrema violencia, bastándole unos pocos días para terminar con la vida del paciente, el cual, además, generalmente era abandonado debido al pánico al contagio existente entre la población”.

Pero no todos lo pasaban mal. Había quienes podían aprovechar los sanatorios para tuberculosos, como los instalados a principios de siglo en los aires benignos de Los Andes, Peñablanca y el Cajón del Maipo, y que eran habituales en todo el mundo. De hecho, Thomas Mann hizo una descripción brillante de uno de estos lugares en su aclamada novela La montaña mágica, de 1924.

Fachada del Sanatorio de San José de Maipo.

Estos primeros recintos, se impulsaron por la acción de benefactores (como Juana Ross), pero hacia la década de los 30’, el Estado se involucraría en el establecimiento de centros médicos modernos para tratar el mal, como el Hospital Sanatorio para Tuberculosos El Peral (actual Sótero del Río), lo que revela lo grave y extendida que era la enfermedad.

“En el caso chileno, el Estado tuvo una política muy activa de construcción de sanatorios para tuberculosos y tuberculosas, en los que se proporcionaba alimento y descanso a los enfermos y enfermas, que en esas condiciones de aislamiento y reposo tenían a veces la oportunidad de reconstruir sus vidas, iniciar nuevas relaciones, escribir”, detalla Marcelo Sánchez.

“Entre los artistas, intelectuales y miembros de la elite se veía a la tuberculosis como una enfermedad que en su lento desarrollo iba ‘espiritualizando’ la naturaleza del enfermo y algunas veces exaltando sus pasiones e ingenio -agrega-. El libro ya clásico de Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas (1989), aborda este tema”.

Para 1938, en algunos sectores políticos existía la convicción de que el Estado debía involucrarse, todavía más, en la protección social y en la promoción de la industria nacional. Se trataba de buscar nuevas alternativas de desarrollo centradas en el crecimiento “hacia adentro”, como consecuencia de la crisis suscitada por la Gran Depresión, que hundió a la economía chilena. Eso inspirará el plan con que ese año, llegó “Don Tinto” a la presidencia de la República.

“Gobernar es educar”

Hacia fines de 1941, Pedro Aguirre Cerda ya se sentía muy mal, y el 10 de noviembre debió delegar sus funciones, como lo establecía la Constitución de 1925, en la persona del ministro del Interior, Jerónimo Méndez Arancibia, quien asumió como vicepresidente. Su agonía duró 15 días. “Que finalmente muriera de tuberculosis mostró que esta enfermedad también podía, como efectivamente ocurría, afectar a la elite”, detalla Rafael Sagredo.

Aguirre Cerda había nacido en Pocuro, una localidad cercana a Los Andes, en 1879. Tenía una gracia poco común en la época, dos títulos profesionales: Profesor de castellano y filosofía, y abogado. Ambos, obtenidos en la Universidad de Chile. Para pagarse los estudios, recorría la ciudad para dar clases en Liceos particulares y por las noches enseñaba gratuitamente en escuelas para obreros.

Radical, masón y fumador empedernido, había formado parte del gabinete de los Presidentes Juan Luis Sanfuentes (como ministro de Justicia e instrucción pública) y de Arturo Alessandri Palma (en Interior).

En 1938, tras una reñida elección, Aguirre –apoyado por la coalición de izquierda Frente Popular- derrotó al candidato alessandrista, Gustavo Ross Santa María. Fue un 50,45% contra un 49,52%. Un detalle no menor había contribuido a la victoria de Aguirre Cerda: la matanza del Seguro Obrero, meses antes de la elección, donde un grupo de jóvenes nacistas chilenos fue asesinado tras intentar un golpe contra Alessandri. El hecho empañó la imagen de Ross –asociado al gobierno-, y además obligó al tercer candidato en la contienda, Carlos Ibáñez, a bajar su candidatura, dado que estaba apoyado por los nacistas chilenos.

Pero Ibáñez, acaso cobrándose revancha de su antigua enemistad con Alessandri, no solo declinó su candidatura, sino que además llamó a votar por Pedro Aguirre Cerda, cosa que sus partidarios hicieron.

Con el lema “gobernar es educar”, apelando a su condición de profesor, Aguirre Cerda asumió el gobierno el 24 de diciembre de 1938, y debía concluir su mandato el 24 de diciembre de 1944. Pese a los temores que despertaba el hecho de ser un candidato de una coalición de izquierda, su triunfo fue reconocido de inmediato por Alessandri, las Fuerzas Armadas, y sumó un apoyo clave: la Iglesia Católica.

En este caso, fue el entonces obispo de La Serena –y futuro cardenal y arzobispo de Santiago-, José María Caro “quien recordó a los fieles su obligación de obedecer a los poderes públicos legítimamente constituidos, disipando así los temores que producía entre los católicos cualquier semejanza entre Chile y España, país por entonces inmerso en una cruenta guerra civil entre izquierdas y derechas, con la Iglesia alineada en este último campo”, señalan en Historia del siglo XX chileno (Sudamericana, 2001) los historiadores Sofía Correa, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle y Manuel Vicuña.

Como un cruel giro del destino, José María Caro y Pedro Aguirre Cerda volverían a encontrarse en una poco feliz ocasión. Pese a ser masón, Caro le dio el sacramento de la extremaunción al Mandatario solo horas antes de fallecer, por petición expresa de doña Juanita.

Pero volvamos a 1938. Una vez electo Aguirre Cerda, rápidos, los ágiles de la revista satírica Topaze (“El barómetro de la política chilena”), tal como lo harían con otros mandatarios, le colocaron un apodo: “Don Tinto”, en alusión a su condición de dueño de algunas viñas. De hecho, aunque residía habitualmente en un departamento en MacIver con Esmeralda, poseía un fundo en Conchalí al que se retiraba a descansar a menudo.

“Elevar el nivel de vida de población”

En el último consejo de gabinete que alcanzó a encabezar, Pedro Aguirre Cerda contó una infidencia que resumía su modo de pensar. “Ayer domingo, salí a andar en automóvil con la Juanita. Como de costumbre, hicimos el recorrido hasta Conchalí. En el camino encontramos a muchos obreros. Iban tan pobres, tan borrachos, tan tristes como antes de que yo llegara al gobierno”.

Y es que durante su administración, Aguirre Cerda centró sus esfuerzos en mejorar las condiciones de vida de la población, sobre todo de las clases medias y populares. Para ello, se basó en un programa de crecimiento de la industria local. Esta idea no fue azarosa, fue porque el país venía saliendo de la crisis que a principios de la década de 1930 había provocado la caída de la industria salitrera, cuyas consecuencias había pagado la población más vulnerable, empobreciéndose.

“Chile, que crecía hacia fuera, bajo el estímulo de las fuerzas expansivas del comercio internacional, debe, entonces mover fuerzas que, desde dentro, impulsen el desarrollo de la economía y reemplacen el dinamismo de la exportación”, señala Alberto Baltra Cortés en su libro Pedro Aguirre Cerda (Editorial Orbe, 1960). “Surge, así, la necesidad de industrializarse”, agrega.

Para ello, un pilar fundamental fue la creación de la CORFO, en 1939. En su decreto de creación explicitaba su objetivo esencial: “Formular un plan general de fomento de la producción nacional, destinado a elevar el nivel de vida de población mediante el aprovechamiento de las condiciones naturales del país y la disminución de los costos de producción”. En un primer momento, se enfocó en desarrollar las industrias de la energía eléctrica, el acero y el petróleo.

Instalaciones de Madeco, hacia 1960. Colección: Biblioteca Nacional de Chile.

Y la idea funcionó. Al menos, para un importante número de personas del mundo trabajador que se incorporó a las tareas fabriles. “Estos sectores gozaron de una situación privilegiada respecto al mundo popular ocupado en actividades informales. De hecho, pudieron acceder a mayores grados de seguridad social”, señalan Correa y otros en Historia del siglo XX chileno.

Agregan que “el acceso a la vivienda, educación, salud, previsión y todo tipo de prestaciones sociales quedaba supeditada a la participación estructurada y orgánica de los obreros”, en este caso, a través de las organizaciones y sindicatos obreros.

También se vio fortalecido el sector de la salud pública. “La aspiración del gobierno de Aguirre Cerda era lograr un pueblo sano, culto, productivo que pudiera disfrutar del bienestar. Era tan urgente la necesidad de Aguirre Cerda por lograr una familia obrera sana y trabajadora que propuso una institución especialmente diseñada para promover en la familia obrera el ocio sano alejado de las tabernas, a la que llamó ‘Institución para la Defensa de la Raza y el Aprovechamiento de las Horas Libres’, la que tenía como modelo lejano las instituciones dedicadas a la familia obrera que habían surgido en el fascismo italiano y en el nazismo alemán”, señala Marcelo Sánchez.

Poco a poco, las medidas impulsadas desde el Estado a lo largo de la década comenzaron a mostrar sus resultados con el tiempo. Por ejemplo, la tuberculosis comenzó a ser controlada. “Entre 1940 y 1970 la tasa de mortalidad fue descendiendo progresivamente hasta llegar a 26,4 fallecidos cada 100 mil habitantes en 1970, partiendo de la cifra para 1940, de 250 muertes”, agrega Sánchez.

El jueves 27, la urna con los restos de Aguirre Cerda fue llevada en una cureña del Regimiento Tacna, tirada por caballos, hasta el Congreso Nacional (ubicado entonces en calle Compañía). La multitud, apretujada en las calles y en los balcones de los edificios aledaños, se agolpó al paso del cortejo encabezado por uno de los hermanos del Mandatario. También se sumaron delegaciones de los partidos políticos e incluso sindicatos, como los suplementeros. La Revista Vea estimó que esa tarde no menos de 700.000 personas acompañaron el trayecto.

Entre los asistentes, muchos se percataron de la presencia del expresidente Carlos Ibáñez del Campo -vestido de riguroso negro-, quien había apoyado a “Don Tinto” para llegar al poder. Pero la relación entre ambos se enfrió tras el “ariostazo”, un intento de golpe de Estado protagonizado por el general Ariosto Herrera, a quien se le vinculó con Ibáñez. “La muerte que borra el calor de las pasiones humanas, operó como era natural, el milagro de la reconciliación”, se lee en Vea.

Tras una misa en la Catedral de Santiago, Pedro Aguirre Cerda fue sepultado en el Cementerio General. La multitud repletó el cerro Blanco, los muros de la Casa de Orates e incluso los techos de las casas vecinas, para esperar el paso del cortejo por la avenida La Paz. Días después, el vicepresidente Méndez convocó a nuevas elecciones, en las que resultó elegido el también radical, Juan Antonio Ríos.

Al tiempo, al correo de Juana Aguirre llegó una carta de la poeta Gabriela Mistral, quien por entonces hacía de cónsul de Chile en Brasil. Mistral tuvo una estrecha relación con la pareja presidencial. Se habían conocido en 1916, y Aguirre Cerda, como ministro de instrucción de Sanfuentes la nombró directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas, cargo que ejerció hasta 1919. La escritora, les dedicó a ambos su poemario Desolación (1922). Además, Pedro Aguirre Cerda fue quien inició las gestiones para la candidatura de Mistral al Premio Nobel de Literatura, galardón que finalmente obtendría en 1945.

“Misiá Juanita” respondió la carta de su amiga el 21 de agosto de 1942 (disponible en el Archivo del escritor, de la Biblioteca Nacional Digital), y en ella detalla el fulminante final del Mandatario: “La enfermedad de Pedro fue una cosa tan rápida, tan sorpresiva, se puede decir traicionera. Yo lo veía trabajar demasiado, tener una vida muy encerrada y casi sin ninguna distracción, esto me preocupaba e hice todo lo que pude por que cambiara sistema de vida, pero todo fue inútil, no se dejaba tiempo para eso, siempre cargado de preocupaciones y recibiendo a diario desengaños y malos ratos”.

En ese último consejo de gabinete, quizás viendo próxima su partida dada su enfermedad, Pedro Aguirre Cerda señaló que pese a todo, sentía que debió haber hecho más. “Le prometimos al pueblo sacarlo de la miseria, levantarle su nivel social, económico y moral…Me embarga en el alma una profunda pena, porque me imagino que el pueblo, al que tanto amo y al que tanto tiempo de mi vida dediqué, pudiera pensar que lo he engañado”.

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