Kundun: un católico en la piel del Dalai Lama

El niño Tulku Jamyang Kunga Tenzin es uno de los cuatro actores que interpreta al Dalai Lama en Kundun (1997), película de Martin Scorsese que nunca se dio en salas de cine en Chile.

La plataforma Mubi estrenó Kundun, la original y poco vista película de Martin Scorsese sobre el rito de iniciación del joven Tenzin Gyatso, quien con los años sería el Dalai Lama.



En el año 1997, después de la gigantesca tarea de rodar Casino (1995), el realizador estadounidense Martin Scorsese dirigió la segunda película de lo que él ha llamado su “trilogía espiritual”: Kundun. La palabra significa “presencia” en lengua tibetana y es la historia de crecimiento y superación de Tenzin Gyatso (1935), el niño que llegaría a ser el décimocuarto Dalai Lama. Este largometraje fue un notorio fracaso comercial en la carrera de Martin Scorsese, pero es probable que eso no signifique nada en términos artísticos: era previsible desde el momento en que no hay actores conocidos y el tema es ajeno a los apetitos del marketing.

Por la misma razón la casa productora Disney jamás puso demasiado empeño en su distribución internacional y así es como Kundun se transformó en la única película de Martin Scorsese que no se estrenó en cines en Chile. No deja de ser una pena si se tiene en cuenta que la gran pantalla es la mejor opción de salida de un trabajo visualmente esplendoroso, con la firma del director de fotografía inglés Roger Deakins, el hombre tras las películas de los hermanos Coen y ganador del último Oscar a Mejor fotografía por la película 1917.

Entre el gran abanico de posibilidades que ofrece el creciente menú del streaming en tiempos de pandemia, Kundun está disponible nuevamente a través de la plataforma Mubi, una de las mejores del circuito. La calidad de la copia es de primera y si alguien ya tuvo la oportunidad de verla puede ahora volver a revisar y reanalizar una cinta que no tiene demasiadas arrugas en el tiempo y que probablemente ha crecido en los últimos 23 años.

Religión por encargo

A diferencia de La última tentación de Cristo (1988) y de Silencio (2016), las otras obras de la trilogía religiosa de Scorsese, Kundun fue en principio un trabajo por encargo. El guión es de Melissa Mathison (1950-2015), una seguidora del Dalai Lama que entre otras cosas concibió la historia de E.T., el extraterrestre (1982) de Steven Spielberg y que fue la primera esposa de Harrison Ford. Si uno escarba y se somete a las sugestiones, puede hallar algo de fantasía y de cuento infantil en Kundun. Aún más: el niño de 2 años que se transformará en el próximo Dalai Lama es un elegido que vino al mundo de iluminados al igual que el más crecido Elliott de 10 años de E.T.

Una de las tomas más impresionantes de Kundun, película de Scorsese que contó con dirección de fotografía del británico Roger Deakins, ganador del Oscar por 1917.

Pero Scorsese es Scorsese y su muchacho tiene misiones bastante más aterrizadas y complejas que el soñador niño de California. Cuando ande cerca de los 10, Tenzin Gyatso ya estará al mando de una nación y lo aguarda el inminente ataque de los chinos revolucionarios de Mao Tse-tung. No dimensiona nada aún, pero sus colaboradores mayores lo preparan. Y aquí hay conexiones insoslayables con La última tentación de Cristo: hablamos de dos líderes espirituales que no saben porque están dónde están y que luchan por entender su lugar en la historia, en el planeta, en la vida.

En La última tentación de Cristo, la vía de comprensión es católica, autoflagelante, dolorosa y plagada de pecados y redenciones. En Kundun, el camino de crecimiento es progresivo, pacífico, armónico, lleno de iluminaciones y bondad. En este sentido, la película es atípica en la obra de un realizador acostumbrado a filmar golpe a golpe. Sin embargo, hasta al más paciente, espiritual y sereno de los líderes le llega su hora de decisiones.

Esa hora y ese conflicto está dado por la realidad y por la historia: el Dalai Lama no vive en Marte, sino que en la China desgarrada por las guerras entre nacionalistas y revolucionarios. En medio de su pubertad, entre los 10 y los 15, el muchacho entiende que los tibetanos son considerados el opio del pueblo en el país de la estrella roja.

Una película, cuatro capítulos

Rodada en Marruecos (a Scorsese no se le permitió filmar en el Tibet y se le prohibió por el resto de su vida entrar a China, tras este filme), Kundun nos narra la vida de Tenzin Gyatso en cuatro etapas y con cuatro actores diferentes: a los dos años (Tenzin Yeshi Paichang), a los cinco (Tulku Jamyang Kunga Tenzin), a los 12 (Gyurme Tethong) y a los 24 (Tenzin Thuthob Tsarong). Desde los pacíficos primeros años hasta el turbulento período de fines de los 50, cuando el Dalai Lama debió autoexiliarse en la India, la película exhibe una uniforme caligrafía visual alimentada por la magnífica banda sonora de Philip Glass, un compositor que ha hecho de la repetición melódica su mantra. No hay mejor elección que Glass para hacernos escuchar una historia de budismo tibetano.

El despertar y tal vez la mejor parte de la trama sufre un quiebre en el primer encuentro del Dalai Lama (Tenzin Thuthob Tsarong) con Mao (Robert Lin), que acá sufre una extraña caracterización: es un personaje cuya voz de terciopelo oculta las no muy benévolas intenciones de anexar el Tibet a China. A medida que se acerca la hora de la verdad y con la sublevación tibetana de 1959 ya en curso, el Dalai Lama comprende a su manera (siempre serena y sin las descargas culposas del cristianismo) que su camino está fuera de la nación que lidera. Va entendiendo que para convertirse en el líder que las circunstancias de la historia le exigen, tiene que dar el gran salto y cruzar la frontera entre China y la India.

Tal vez la mirada impasible y la vestimenta de monje de Tenzin Gyatso no transpiren la intensidad de otras películas de Martin Scorsese, pero el realizador es además de un genio, un aplicado trabajador que siempre agotará sus energías de pasión. En otros “filmes de encargo” como Después de hora (1985) y El color del dinero (1986) ya lo había hecho.

En Kundun, aquellas huellas estilísticas se pueden apreciar otra vez y no es un dato menor el cambio de velocidad en el montaje en el último tercio de la película. Se podría bromear con que es una versión zen de la parte final de Buenos muchachos, cuando un criminal como Henry Hill también enfrenta su verdad y toma razón de lo que será el resto de su vida. Pero si él descendió a los infiernos para vivir el resto de su vida como un pobre diablo, nuestro héroe ascendió al paraíso en la Tierra para guiar a su pueblo.

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