El rock es el principal género de nuestro tiempo

ESPECIAL 70 AÑOS LT: VERDADES QUE YA NO SON

Símbolo del siglo XX, la máxima expresión de rebeldía y juventud ha ido cediendo impacto y popularidad ante otros géneros.




El rock nació con una pistola en la cabeza y a poco andar recibió un primer tiro con la muerte de Buddy Holly en 1959, aquella tragedia narrada en el hit American pie (1972) de Don MacLean, un éxito donde el pop sentía temprana nostalgia de su propia historia. Holly, el primero en comprender que el ADN de esa música brutal y sexualizada podía refinarse y sintetizar otros estilos, dejó en vilo los maridajes y las audacias en el estudio (fue pionero en doblar guitarras), mientras Elvis marchaba al ejército donde se hizo adicto a las anfetas iniciando la espiral descendente que acabó con su vida, Little Richard se retiraba para predicar y evitar impuestos, y Chuck Berry tomaba sol a cuadritos por intimar con una menor.

Los amantes del progresivo declararon una segunda fecha de defunción en la segunda mitad de los 70 cuando el punk, su recetario de tres acordes y la polera de Johnny Rotten de Sex Pistols gritando “odio a Pink Floyd”, exigía el relevo de una generación artística pretenciosa más cerca de la academia que del salvajismo de un bar enfiestado, y las calenturas de una noche bañada en alcohol, drogas y violencia, elementos fundacionales de la cultura.

En las siguientes décadas, a mayor fama y dinero de sus estrellas encerradas en mansiones bajo un loop de fiestas y excesos, mayor distancia con el público y menos estímulos. Las arterias creativas se bloquearon paulatinamente con la grasa del éxito, la autoindulgencia y la adulación.

El pulso de la calle y la sangre adolescente no perdieron el tiempo esperando que el rock despejara su resaca, sino que encontraron otras vías de expresión más urgentes y honestas. Con el rap la fórmula era económica y democratizante.

Requería apenas un micrófono, una máquina de ritmos y una tornamesa para retratar el entorno y la intimidad. Tampoco era necesario ser un cantante melódico de amplio rango sino dominar rimas con vértigo, ni era requisito invertir una suma considerable en un instrumento decente, consagrando horas y horas de práctica para su dominio.

La historia de la música popular ha sido así, una reducción constante de elementos. Hace 100 años las orquestas con decenas de integrantes eran regla, luego el rock acotó el arsenal a guitarra, bajo, batería y teclado, mientras hoy la electrónica permite a un DJ convocar a una multitud. A la vez, el lenguaje musical también se ha estrechado. Las partituras de una big band de los años 40 eran una civilización completa. En comparación, el vocabulario de la actual música urbana semeja una humilde aldea de elemental trazado, cuyas callejuelas líricas sólo corren en sentido erótico.

El rock murió por tercera vez -una herida irrecuperable- cuando Kurt Cobain se voló la cabeza en 1994. El grunge ya era un recocido del rock de los setentas (el argumento de Jorge González para su desprecio) sin ningún ánimo de fiesta sino fatalista, como el britpop hurgaba patriotero entre The Beatles, The Kinks y David Bowie con algunas novedades sónicas, pero no mucho más.

Kurt Cobain durante la sesión del MTV Unplugged in New York, en 1994.

Lo genuino, la calle y la juventud encontraron en el mundo digital la posibilidad de elaborar un nuevo ecosistema, traducido en experiencias musicales digitales como el house de fines de los 80, y las distintas variables electrónicas en ebullición en los 90, convergentes en encuentros ecuménicos que dieron vida a la cultura rave. Hace 30 años había más rocanrol en espíritu de juerga y liberación en una noche de fiesta empastillada en The Haçienda de Manchester, que en un concierto de Guns N’ Roses donde los chicos se sentían malvados con una bandana en la cabeza imitando a Axl Rose.

La postal de la pandilla de amigos armando un grupo para conquistar el mundo ensayando duro, es sólo un viejo recuerdo de la cultura rock del siglo XX, como para nuestros abuelos y bisabuelos el garbo y la mejor música era encarnada por cantantes de tangos y boleros.

En una era profundamente individualista las más grandes estrellas de distintos géneros son solistas. Hasta Nine Inch Nails, Queens of the stone age y Tame Impala, entre las bandas rock más interesantes de las últimas décadas, lideradas respectivamente por Trent Reznor, Josh Homme y Kevin Parker, son proyectos individuales con colaboradores en rotación.

El rock dio visibilidad a la juventud como ninguna otra expresión artística lo había logrado -no lo hizo la literatura ni el cine de manera tan rotunda hasta configurar una industria en torno al target-, y demoró apenas una década en consagrarse como una cultura que había madurado y merecía respeto gracias a Bob Dylan y The Beatles.

Sin embargo, fue incapaz de soportar ese ritmo de desarrollo y profundidad. Contenía fecha de vencimiento no sin antes expandirse por el mundo gracias a sus capacidades camaleónicas -marida con cualquier ritmo, elasticidad imposible para el Kpop y la música urbana-, como condenado a desaparecer en la medida que dejó de proponer nuevas ideas. El subgénero con el cual intentó sobrevivir a comienzos de milenio, el retro rock, implicaba fotocopiar sus propias matrices, girar en sí mismo y agotarse tras un intenso fulgor de escasa huella. La carrera de The Strokes resume perfecta y tristemente ese destino.

El rock sobrevive como actitud de vida y estética, símbolo de rebeldía y energía apto para animar campañas publicitarias, colecciones en pasarelas y, por cierto, un gran negocio en torno a la nostalgia, uno de los epicentros de la cultura pop. Pero perdió turgencia, audacia y propuesta. Dejó de ser joven para convertirse en la música de los abuelos que se acercan a la muerte puño en alto sin dejar de cabecear.

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