Bonsái: Alejandro Zambra y la historia larga de una novela corta

Originalmente lanzada en febrero de 2006 por Anagrama, Bonsái fue el debut narrativo del entonces poeta y crítico literario Alejandro Zambra. Mediante un trabajo de casi siete años, el autor de Poeta chileno persiguió una idea que se fue disparando hacia la forma de novela, experiencias personales mediante. En Culto, exploramos también cómo fue la experiencia de llevarla al cine bajo el lente de Cristián Jiménez, y, los detalles de una nueva traducción al inglés.



“No había pensado, hasta aquí, en la condición quinceañera de esa novela”, dice Alejandro Zambra (1975) cuando recibe la llamada de Culto para hablar de Bonsái. Su primera novela, que en febrero de 2006 publicó el sello catalán Anagrama.

Pero la historia de Bonsái, como el mismo Zambra asegura, es la historia larga de una novela corta, y para eso hay que remontarse un par de décadas atrás.

El país en 1998 estaba algo raro. Un zurdo deslenguado y talentoso oriundo de Vitacura era el tenista número 1 del mundo; en Santiago, circulaban como abejorros unas micros amarillas; la Roja volvía a los mundiales en una mágica escalera tras el escándalo del Maracanazo; el brit pop a la chilena de “Yo soy el ángel” sonaba en las radios; la familia chilena veía Maravillozoo y nos empezábamos a acostumbrar a los mall, al lentísimo internet vía telefónica (que permitía la descarga de un mp3 durante el fin de semana) y a los viajes de Frei por destinos tan exóticos como atractivos en el imaginario.

Ahí situamos al joven Zambra, entonces, un chascón recién licenciado de Literatura Hispánica de la Universidad de Chile. “Vivía solo, en un departamento en Plaza Italia, en el piso subterráneo, es decir más o menos donde vive Julio. Trabajaba como telefonista y también hacía ayudantías en la universidad. Y buscaba trabajo en preuniversitarios y en colegios. La novela sucede más o menos en ese tiempo”, relata a Culto.

En esos días de ver pies por las ventanas, en Eulogia Sánchez con Vicuña Mackenna, se topó con una foto en el periódico que le quedó dando vueltas. Era un árbol cubierto por una tela transparente, realizada por los artistas Christo & Jeanne-Claude, la pareja búlgaro-marroquí de artistas, que realizaba intervenciones por el mundo envolviendo paisajes y monumentos nacionales.

Al ver la imagen, y como suele ocurrir con cualquier creación, Zambra –como cuenta en su colección de ensayos No leer (Anagrama, 2018)– decidió tomarla como referente para comenzar a escribir un poema sobre árboles. En rigor, un poema sobre árboles encerrados. A su juicio, no quedó muy bueno.

Los árboles envueltos de Christo & Jeanne-Claude. En 2016, se usó una foto de esta intervención para la edición de Bonsái en la colección Compactos, de Anagrama.

Desde ahí, Zambra llegó a la imagen del bonsái. Ese fue el momento en que empezó un camino largo, más bien intuitivo, exploratorio.

“Durante muchos años fue un libro de poesía que no resultaba. Ni el libro ni los poemas que lo componían. En realidad, al principio investigaba los bonsáis o trataba de precisar por qué me interesaban. Pensaba en manipulación, en represión, en miniaturas, mutaciones, artificios”, recuerda el autor de Formas de volver a casa.

Como podando ramas, Zambra iba poco a poco coleccionando palabras en el Word, tratando de dar forma a algo todavía incierto. “Leía, miraba, ensayaba. Y avanzaba, pero en direcciones que luego desandaba. Hubo un tiempo en que coleccionaba citas sobre árboles y mi idea era simplemente publicarlas juntas en un libro que se llamara Bonsái. Es decir miniaturizar esos textos ajenos a través del título”.

-Me decías que investigabas sobre los bonsái, ¿por qué te llamó la atención el tema?

-Me gustaban y a la vez me parecían repulsivos. Esa belleza mutante, intervenida. La arrogancia o inocencia brutal de querer contener a los árboles. La violencia de los alambres en los troncos. Pensaba que también nosotros éramos como árboles reprimidos, intervenidos, amarrados a palos de escoba para que no nos desviáramos, para que creciéramos derechos. También pasó que de pronto los bonsáis estaban de moda, en todas partes, hasta en los supermercados. Y se morían, claro, si no son plantas de interior.

Una mudanza necesaria

El libro que Alejandro Zambra recuerda como clave para esos momentos y para lo que después sería Bonsái, es Mudanza, que publicó en 2003. De alguna forma, ese poemario era parte de la búsqueda que realizaba sin prisa y sin pausa.

“Acababa de volver después de un año intenso en España, que no sé si había sido un paréntesis o un punto aparte o un punto final. Tenía una frase en la cabeza, relacionada con la firma urgente de un contrato, ‘me dijeron que avisara treinta días antes’. Y de esa frase tonta, que venía del espacio burocrático, surgió una música, otra música, o quizás solamente un ritmo, el de los primeros versos del poema. Lo escribí muy rápido, a lo largo de una sola semana. Cuando lo publiqué, a fines de 2003, quería abandonarlo, quitármelo de encima. No era ése el libro que entonces yo buscaba o rebuscaba, que seguía siendo Bonsái, pero ahora pienso que sí era el libro que necesitaba”.

En las páginas de Mudanza, hay pistas, trazos de lo que estaba por publicarse más adelante. Hay una parte, por ejemplo, que dice: “si el café sigiloso se empoza/ y los ojos sobre todo / los ojos se limitan / a observar / a las plantas que crecen / estoica anónima-/ mente / mientras cae / no la noche pero / algo”. “También la imagen del bulto, de los amantes envueltos en una sábana conformando un bulto, aparece luego, en Bonsái”, agrega Zambra.

Y la pulsión, la idea, seguía ahí. También el título ya estaba. Era algo así como un permanente work-in-progress. “Lo primero que supe del libro fue el título. Puede sonar absurdo, porque el título suele surgir en mitad de la escritura o al final. Pero me gustaba la idea de un libro que se llamara así”.

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Julio antes de Julio

Cuando se termina de leer Bonsái, aparece una fecha, 25 de abril del 2005. “La fecha que aparece al final de la novela corresponde al momento en que la consideré terminada. Creo que sería excesivo decir que tardé siete años en escribirla, pero tampoco sería cierto decir que la escribí en dos o tres meses”, explica el autor.

Y para entender eso, hay que rebobinar la cinta.

Para la entrada en la década del 2000, con el imperio Napster comiéndose todo, Alejandro Zambra escribió dos cuentos, en ellos hay pasajes que terminaron siendo parte de Bonsái. “Uno se llamaba ‘Bonsái’ o ‘Manual de Bonsái’, y era el relato en primera persona de alguien que contaba una ruptura amorosa, y el otro ‘Macedonio’, trataba acerca de una pareja que lee “Tantalia”, el cuento de Macedonio Fernández. En este segundo cuento sí que se respiraba la novela futura, había frases o primeras versiones de frases que aterrizarían luego en Bonsái, pero el relato mismo no me gustaba, en especial el tono me sonaba falso”, cuenta. “Era muy difícil. Quería hablar de asuntos oscuros, tristísimos, pero de una forma nueva, que no excluyera lo cómico”.

Desde la pulsión de esos cuentos, comenzó a brotar una idea. “La controvertida belleza de los bonsáis me remitía a una escena o una historia que no deseaba contar, sino solamente evocar: la historia de un hombre que en vez de escribir –de vivir– prefería quedarse en casa observando el crecimiento de un árbol”, cuenta Zambra en No leer.

“Tanto o más que los bonsáis, me interesaba el hecho de que me interesaran –agrega el autor de Facsímil–. Porque era un proyecto complicado, que a veces me parecía estéril, si es que no francamente idiota. Pero fui entendiendo que era un libro sobre el deseo, sobre la búsqueda. Sobre la persistencia irracional del deseo. No hay nada alentador en el mundo de Julio salvo la promesa imprecisa de unos libros futuros, que por ahora se parecen tal vez demasiado a los que ha leído. Y esa promesa tenue le da, sin embargo, un sentido momentáneo al presente.

Pero entonces algo ocurrió, y Alejandro Zambra se vio convertido en Julio, antes de Julio. Tal como registra, en versión ficcionalizada, su siguiente novela La vida privada de los árboles, dos amigos suyos, quienes sabían de este arbolesco proyecto, le regalaron un pequeño olmo, “para que escribas tu libro”, le dijeron. Curioso, el maipucino empezó a convivir con el pequeño vegetal.

“Me vi de pronto convertido en el personaje de una historia que aún no había escrito. Cuidé el bonsái lo mejor que pude: conseguí manuales, consulté a expertos, e incluso, en un arranque de paternidad responsable, me suscribí a la revista Bonsái actual”, cuenta Zambra en No leer.

Es imposible no pensar en Julio, el protagonista de la novela que pasa sus días viendo crecer un bonsái, más si se tiene en cuenta el componente autobiográfico de parte de la escritura de Zambra. Pero él pone la pelota contra el piso.

“El origen de Julio es autobiográfico, pero en la medida en que escribía se fue convirtiendo en personaje, alejándose de mí. Me parezco más al narrador, tal vez”, responde.

Hacia 2005, las micros amarillas aún existían; el país se conmocionaba con la tragedia de los soldados de Antuco y las secuelas de un terremoto en Iquique; la dupla Massú/González entregaba alegrías al deporte chileno; el internet banda ancha ya era una realidad en los hogares de adolescentes melómanos, sedientos por descargar toneladas de mp3; un joven de San Miguel llamado Gepe estrenaba un disco llamado Gepinto; y Zambra ya no era el mozalbete egresado de Literatura que vivía en Plaza Italia. Ahora residía en La Reina y su vida se parecía más a la de Julián, el protagonista de La vida privada de los árboles, que a la del Julio de Bonsái.

“Entre esas primeras ideas del libro hasta que se publicó pasaron siete años, durante los cuales, por supuesto, mi vida cambió muchísimo”, dice Zambra, quien a esas alturas llevaba un tiempo haciendo clases en la UDP y un par de años escribiendo sobre literatura en Las Últimas Noticias.

Alejandro Zambra

Fue por esos días en que Bonsái comenzó a parecerse al libro que conocemos, como la historia de una relación algo fallida y trágica entre Emilia y Julio.

“Tengo claro es que la novela la ‘vi’ o la entendí durante el verano del 2005”, cuenta Zambra. Y no solo vio la novela, también un paso decidido a la narrativa desde la poesía.

O sea, escribir narrativa no era un propósito –explica–. Claro, había conseguido sentirme más o menos a gusto en la prosa, en eso influyó mucho la experiencia de LUN, donde escribía todos los miércoles y tenía a un editor extraordinario, Andrés Braithwaite. Era un lujo escribir sabiendo que Andrés leería cada una de mis frases con ese cariño despiadado que yo creía reservado para las frases propias. Éramos los dos muy intensos, obsesivos complementarios, a veces lo odiaba en secreto o no tan en secreto, pero aprendía muchísimo de él. No quería ser crítico literario, me desagradaba ese lugar de autoridad, pero quería trabajar con Andrés, por eso estiré la cuerda lo más que pude”.

Sin embargo, Zambra sentía aún algo de lejanía con la narrativa. “Desconfiaba de la ficción; desconfiaba, en especial, de que fuera capaz de contar una historia, de que hubiera, para mí, una historia que contar”, asegura en No leer.

“Y por otra parte estaba más cerca que nunca de la novela, si leía al menos una novela a la semana –agrega–. Eso también debe haber influido. Quizás lo más importante era el desafío estilístico, porque yo aspiraba a que esos 2900 caracteres semanales funcionaran y ojalá perduraran. Ahora he pensado mucho en ese tiempo, porque estoy haciendo muy de a poco un ejercicio brutal, que es leer esas reseñas y escribir para cada una una especie de reconstitución de escena. La idea es armar un libro de ‘autocrítica literaria’...”.

Así, Alejandro Zambra comenzó a esculpir Bonsái, y si algo tenía claro, acaso llevado por esa misma desconfianza por la narrativa, era que quería hacer una miniatura de novela. Un resumen de novela. Para eso siguió lo que aconsejaba Jorge Luis Borges, escribir como si se redactara un resumen de un texto ya escrito.

“En lugar de sumar, restaba; completaba diez líneas y borraba ocho; escribía diez páginas y borraba nueve. Operando por sustracción, sumando poco y nada, di con la forma de Bonsái”, relata Zambra en No leer.

Hoy, el autor recuerda algunos de esos cortes. “Hay partes del libro que eran más largas. El capítulo ‘Préstamos’, por ejemplo, que cuenta la historia de Emilia y Anita a través de las cosas que se habían prestado a través de su vida, era muchísimo más largo”.

-¿La consideras una novela corta o un cuento largo?

-La considero un libro, nada más. Es quizás más corta o sólo un poco más larga que algunos cuentos míos, pero en mi cabeza siempre fue un libro, no me habría gustado publicarlo junto a otros textos.

“Estás loco, no se puede”, eso era lo que le decían sus colegas y amigos al cineasta Cristián Jiménez (Valdivia, 1975) cuando les comentaba la idea que tenía en mente para su próxima película, sucesora de la comentada Ilusiones ópticas (2009), su ópera prima.

Es que Jiménez, desde un comienzo tuvo claro que Bonsái no era una novela tan fácil de adaptar al cine. “Hay otras novelas que se leen como un guión. Este no es el caso”, cuenta a Culto el cineasta desde su residencia en París.

Alejandro Zambra también recuerda lo mismo en No leer: “En una reunión inicial yo le pregunté si la novela le parecía ‘filmable’ y él me respondió que no, que para nada: justamente por eso le interesaba adaptarla”.

El cineasta Cristián Jiménez.

Jiménez cuenta que la idea de hacer una película con Bonsái no surgió de golpe, sino que fue algo que fue madurando con el tiempo. “El libro me gustó mucho desde un comienzo, pero no fue una idea que surgió en la primera lectura, cuando el libro salió. Dos años después, volví a leerlo y me pareció que aunque la adaptación no era nada de evidente, había algo generacional en el material que yo conocía bien y sobre lo que podía hablar”.

Curiosamente, Jiménez fue el segundo cineasta que le propuso a Zambra realizar un filme sobre Bonsái. La réplica del escritor –a mediados del 2008– no fue muy alentadora. “Su primera respuesta fue una negativa tajante. Ya había habido otra persona que le había propuesto y también le había dicho que no”, cuenta el director.

Pero el valdiviano no se iba rendir tan fácil y le deslizó un convite: ir a una proyección de Ilusiones Ópticas, que en ese momento se encontraba en la etapa de post-producción.

“Cuando vio la película y le conté que mi idea era llevar la parte de la universidad de Bonsái a Valdivia y entendió que la propuesta iba a tener su propia ruta, empezó a ablandarse. Fue un sí trabajado”, recuerda Jiménez.

Zambra recuerda el momento en que vio por primera vez Ilusiones ópticas. “Me conmovió como hacía tiempo no me pasaba. Me cautivó su mirada, su búsqueda, que sentí distinta a la mía, pero también, en otro plano, muy próxima, muy familiar”, apunta en No leer.

Luego, comenzaron poco a poco a conversar, y la idea del cineasta terminó por convencer al escritor. “Él no quería trasladar mi libro al cine sino hacer su propia película usando mi libro como pretexto. Esa manera de trabajar me interesó, me interesa”, recuerda Zambra.

“En cierto modo, la adaptación es bastante libre, sobre todo en términos de trama, pero al mismo tiempo es híper fiel en términos espirituales. Me parece que Alejandro y yo estamos de acuerdo en eso”, explica Jiménez.

Así, iniciaron una serie de reuniones entre ambos para trabajar en la adaptación, pero también para ver películas juntos y hablar de la vida. “Aprendí mucho sin hacer nada”, recuerda Zambra hoy.

¿Qué fue lo más complejo de hacer una adaptación de una novela al cine? Cristián Jiménez explica: “Bonsái es una novela muy literaria, donde el narrador es muy protagónico de la onda y la emoción. No es un material demasiado dramático. El desafío mayor era respetar lo que podríamos denominar el espíritu bonsái del texto, pero llevado al cine, siguiendo su propio camino y encontrando ese tono ligero y a la vez melancólico”.

Para Zambra, ver la película hoy lo lleva a acordarse de una palabra: amistad. “Gracias a esa película me hice muy amigo de Jiménez y de Diego Noguera, el protagonista. Cuando pienso en la película pienso sobre todo en esos amigos”.

Curiosamente, a Jiménez le ocurre algo similar cuando piensa en Bonsái. “Fue una linda experiencia leer un libro tan atentamente y en diálogo con su autor y de paso hacernos amigos, ver películas juntos y sobre todo conversar mucho”.

Fue en pos de esa mirada propia del libro en que hay algunas diferencias entre ambos objetos. En la película, tres personajes tienen sus nombres cambiados: Anita (por Bárbara), María (por Blanca) y Andrés (por Claudio). Además, incluye cameos del músico Cristóbal Briceño y la banda Pánico; de hecho, la música original del filme fue compuesta por dos de sus integrantes: Caroline Chaspoul (aka Carolina Tres Estrellas) y Eduardo Henríquez (Eddie Pistolas).

Bonsái, la película, protagonizada por Diego Noguera (Julio), Nathalia Galgani (Emilia), Gabriela Arancibia (Bárbara), Trinidad González (Blanca) y Hugo Medina (Gazmuri), se estrenó en las salas chilenas el 26 de abril de 2012.

Alejandro Zambra recuerda en No leer lo que sintió a ver su novela llevada a la pantalla: “Eso no era mío, era de Cristián y de los actores y de toda la gente que trabajó en la película. Sentí una mezcla de alegría y sosiego. Y la certeza de que había perdido esa historia. Porque la perdí: si Bonsái, ahora, me pertenece, es de una forma nueva, colectiva. Y eso es abrumador y raro y perfecto”.

Lecturas, influencias y un carril

“De las editoriales chilenas, una no me contestó y dos rechazaron la novela”, recuerda Zambra sobre su búsqueda de una casa editorial para publicar Bonsái. Pero una idea rondaba en su cabeza, quemar las naves y golpear las puertas de Anagrama, en Barcelona. Claro que vía correo postal. Fue la única editorial en el extranjero donde llegó el manuscrito.

“Mandar la novela a Anagrama fue un carril, la verdad, la mera expresión de un deseo, porque era mi editorial favorita –recuerda Zambra–. El envío era súper caro y estuve a punto de gastarme la plata en la biografía de Joyce de Richard Ellmann, publicada justamente por Anagrama...Pero seguí de largo al correo y la mandé”.

Aunque no todo fueron rechazos, la editorial Alfaguara contestó rápido y se mostró interesada en publicar. Su editora por entonces era Andrea Viu. Pero una noticia llegó desde el otro lado del mundo y cambió los planes. “Justo en los días en que tenía que juntarme con ella para firmar el contrato, llegó la oferta de Anagrama. Cuando la llamé para contarle, fue muy buena onda. ‘Yo habría hecho lo mismo’, me dijo”.

En la literatura, se da mucho el trabajo mancomunado. Es decir, es habitual que un autor muestre lo que lleva escrito a amigos y cercanos para ir recabando opiniones e ir puliendo. Bonsái no escapó de esa tendencia.

“Muchos amigos leyeron la novela mientras la escribía, siempre compartí los manuscritos. A veces pienso que principalmente escribimos para tener algo que mostrarles a los amigos”, recuerda Zambra.

El poeta valdiviano Andrés Anwandter (1974) fue uno de esos amigos (“el más paciente”, recuerda Zambra), y tuvo el privilegio de leer borradores muy preliminares. Recuerda que recibió Bonsái en papel mecanografiado dentro de una carpeta institucional (de la empresa “Lógica”), “por ahí por el 2000”.

“Era todavía un conjunto misceláneo de textos, poemas, aforismos, micronarraciones, etc. en torno al concepto de bonsái –cuenta a Culto el poeta–. Un libro que, aunque mezclaba varios géneros, habríamos puesto sin pensarlo mucho en la sección ‘poesía’. Ambos éramos poetas jóvenes en ese entonces, preparando nuestros segundos libros de poemas, y mi opinión era que a Bonsái le faltaba encontrar una forma más definitiva, o algo por el estilo”.

Tras tenerlas por tres años en su poder, Anwandter le devolvió las hojas mecanografiadas a su autor, “cuando me comentó que había vuelto a pensar en la figura del bonsái”. Tiempo después, le llegó otro borrador a sus manos.

“El manuscrito que me mostró tiempo después –el borrador del libro que fue finalmente publicado– no solo era evidentemente una novela, aunque breve, sino además un puzzle completo hecho con todas estas piezas sueltas que yo conocía de antes, y funcionaba maravillosamente bien: ahora me parecía que todo encajaba, que todo siempre había encajado perfecto”, recuerda Anwandter.

También fue importante la lectura de Vicente Undurraga, quien por esos días era alumno de Zambra en la UDP. “Recuerdo la impresión de estar leyendo algo distinto, cercano y novedoso a la vez, una narración que no ignoraba la poesía y que le daba una vuelta muy feliz al hecho de que la lectura y la escritura misma fueran el asunto del libro, confundiendo páginas y días sin dejar de lado la risa y el sexo, o su intento”, señala a Culto el hoy editor y crítico literario.

- ¿Recuerdas los comentarios que le hiciste a Zambra?

-No, la verdad. Bonsái es un libro muy preciso, así es que, más allá de alguna minucia, probablemente lo que hice fue felicitarlo y brindar.

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Otro lugar que se suele ocupar para el intercambio de ideas y opiniones son los talleres literarios, pero en este caso no fue así. “Nunca estuve en un taller de narrativa, solamente de poesía –cuenta Zambra–. La Fundación Neruda, en 1997. Y antes en el Códices, de la Facultad de Filosofía, donde conocí a Kurt Folch y a Vero Jiménez, entre otros amigos míos importantes hasta el día de hoy”.

Pero los diálogos para Bonsái no solo fueron con los amigos. También, por supuesto, con los libros.

-¿A qué lecturas estabas dándole vueltas mientras escribías Bonsái?

-Yo siento que buscaba un tono. Yo siento en el libro la presencia de María Luisa Bombal, José Santos González Vera, Juan Emar. Sobre todo Juan Emar, a quien había leído mucho en la universidad. También Macedonio Fernández, claro. Y buena parte de la literatura que cita el narrador de la novela. Emily Dickinson, siempre. Los japoneses, no sólo Kawabata, también Mishima, Tanizaki y Kobo Abe. Marcel Schwob. Un libro de Enrique Giordano que se llama El mapa de Amsterdam. El Lihn narrador de “Huacho y Pochocha”. El pasaje de la mosca en Escribir, de Marguerite Duras, que me sabía de memoria, todavía me lo sé. La poesía de Álvaro Mutis. Gonzalo Millán. Y Proust, claro.

Ojo con este último nombre. Algo característico de la obra narrativa de Alejandro Zambra, es que a veces se produce una cierta conexión metaliteraria con otras obras, la mayoría clásicos. Así ocurre en Formas de volver a casa, cuando se refiere a la sufrida relación con Madame Bovary.

En el caso de Bonsái, se da con la monumental En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, la novela que ni Julio ni Emilia leyeron, pero dicen que leyeron; y que comienzan a leer, pero no terminan de leer.

“Me gustaba mucho, me gusta mucho. Leí los tres primeros tomos como a los veinte años, cuando aún vivía en Maipú, sobre todo un verano, pero también recuerdo haber leído en la micro, leía mucho en la micro, pasaba tres horas diarias en la micro. Los otros cuatro tomos los leí después, muy de a poco, me acuerdo que terminé de leerla durante el año que viví en Madrid. Creo que en Madrid leí el pasaje en que Albertine compara unos helados de limón con montañas y menciona a la pasada los ‘árboles enanos japoneses’. A partir de esa coincidencia, la novela de Proust se fue metiendo en mi libro”, dice Zambra.

De hecho, en la película ocurre algo que en la novela no, y que se relaciona con esta especie de presencia fantasmal del francés. Un profesor de literatura les enrostra a los alumnos no haber leído a Proust, y Julio y Emilia levantan tímidamente la mano.

“No es lo que pasa en la novela, pero me encanta, porque esa escena sucedió muchas veces –cuenta Zambra–. En alguna medida todos en la universidad, en especial durante los primeros años, teníamos el complejo de no haber leído lo suficiente. Y algunos profesores no hacían más que enrostrarnos nuestra ignorancia. Y entre nosotros mismos nos coartábamos, también, porque estaba mal visto participar, la onda era sentarse en las filas de atrás en silencio. Nuestros padres nos decían que no habíamos vivido lo suficiente y nuestros profesores que no habíamos leído lo suficiente...De esas tensiones nacieron esos personajes, sus búsquedas, que parecían condenadas de antemano”.

Una forma de darle algo así como una nueva vida a las novelas, son las traducciones. La primera fue realizada en 2007, al italiano. En 2008, apareció por primera vez en inglés, traducida por Carolina de Robertis. Por estos días, la estadounidense Megan McDowell se está ocupando de una nueva traducción de Bonsái a la lengua de Whitman.

La traductora Megan McDowell.

Oriunda de Kentucky, lleva a su haber varias traducciones de autores chilenos y latinoamericanos: Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Lina Meruane, Paulina Flores, Diego Zúñiga, Álvaro Bisama, y también los anteriores libros de Zambra.

“Ahora puedo decir que los he traducido todos. Antes tenía que decir: ‘He traducido todos menos Bonsái’. No sé por qué es satisfactoria la idea de completar su bibliografía, pero lo es”, cuenta McDowell a Culto.

-¿Qué tal la experiencia de traducir Bonsái al inglés?

-Linda. Es como completar un ciclo.

-¿Qué ha resultado lo más complicado de traducir esta novela?

-En general, no es un libro complicado de traducir, lo que no significa que no tenga sus desafíos, simplemente que la sensación de traducir Bonsái es más grata que complicada. La prosa de Alejandro es muy precisa, aparentemente simple pero con muchos matices. Hay que buscar esa precisión juguetona en inglés, ese es el reto de traducir Bonsái.

La nueva edición de Bonsái en inglés tiene fecha estimada para 2022, vía editorial Fitzcarraldo, en Inglaterra, y Penguin Random House, en Estados Unidos. Además, esta última reeditará Bonsái, La vida privada de los árboles y Mis documentos, junto con la publicación de Poeta chileno, en febrero de 2022.

Y terminamos de podar este Bonsái con una reflexión de Andrés Anwandter. Para él, hay una huella poética importante en esta novela, o muestra de novela, acaso por el pasado mismo de su autor y el amor que siempre le ha profesado a la poesía.

“Más allá de que hay una trama y que está escrito en prosa, yo prefiero leer Bonsái como un poema largo –dice Anwandter–. El cuidado, la delicadeza con la que está construido, la economía del lenguaje, la claridad de sus imágenes, la síntesis de sus escenas, etc. Todo eso viene más de la práctica de escribir poesía que narrativa”.

Como buen poeta, el autor de Materia gris, toma una pausa, respira y remata: “En sus libros sucesivos, Alejandro ha demostrado ser un narrador fuera de serie, pero creo que en este primer paso hay sobre todo una sensibilidad e inteligencia poética en acción. Quizás por ello se deja leer y releer con gusto”.

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