Oscar “Cuervo” Castro: el director para quien la sopa era lo más importante del teatro

Archivo Histórico CEDOC - COPESA.

El fundador del Aleph concebía las tablas como una excusa para compartir. Por eso, al final de sus funciones, siempre ofrecía comida a los espectadores. Y en los elencos, decía, debían convivir actores amateurs con consagrados; o niños junto a personas mayores. Todos podían actuar. Incluso si lo hacían mal. Entendía al teatro como una fiesta democrática. Ese es su legado.



El Covid, o ‘el cuco’ como le decía él, le impidió subirse al escenario durante el último año. Pero Óscar “Cuervo” Castro estaba seguro de que una vez que París -la ciudad donde se exilió a partir de 1976- retomara la normalidad, él regresaría a las tablas con una obra que, justamente, hablaría del virus. Pero el ‘cuco’ fue implacable y el domingo 25 de abril puso término a más de medio siglo de historia sobre las tablas. Fue el fin terrenal de la leyenda del teatro comunitario, del teatro democrático.

El director de teatro y fundador de la compañía Aleph, también estaba escribiendo una biografía teatral. Pero ni ese trabajo ni el del Covid los habría estrenado en modo online. Si bien en los últimos meses estaba ensayando por zoom una obra que escribió antes de la pandemia, jamás la habría mostrado sin público.

Es una decisión lógica para todos quienes conocieron su carrera artística. Porque cuando al “Cuervo” le preguntaban qué era lo más importante en una obra, él siempre respondía lo mismo: “la sopa”. Y no era una metáfora. El teatro, explicaba, era una excusa para hacer una fiesta. Por eso, al final de cada función, servía sopa a los espectadores y celebraba junto a ellos cantando y comiendo.

Gabriela Olguín, directora del teatro Aleph en Chile, recuerda: “Óscar decía: ‘si la sopa queda rica y el pan amasado está calentito, la gente se va a ir con ese recuerdo’. Su idea era que las personas pudieran contar a sus cercanos ‘anoche fui a ver una obra de teatro y tomamos sopita y cantamos’. Y que si les preguntaban de qué se trataba la obra, ellos pudiesen responder ‘no tengo idea, pero puta que lo pasé bien’”.

Según Olguín, el “Cuervo” Castro - apodado así en su juventud por su entonces figura espigada y cabello negro azabache- proponía un teatro democrático y humanista. “El teatro de Óscar era muy libre, todos estábamos mezclados con todos, niños de 14 años junto a personas de 70. En nuestros elencos ha estado Tito Noguera junto a cabros que nunca han hecho teatro. Por eso es democrático. Y no es un teatro de aficionados, sino de amateurs, una palabra que significa amantes. Es decir que lo conforman amantes del teatro. El que más sabe, le enseña al que menos sabe, es un acto de solidaridad inmensa”, resume.

Otra de las propuestas del director era la desacralización del teatro. “Todo era simple para él, no había que hacerse problemas. A veces un actor le preguntaba ‘¿por dónde entro a escena?’ y él respondía ‘¡qué importa por dónde entres, por Dios!, si quieres arriendas un helicóptero y te tiras desde cielo, pero ¡entra! Y te pones donde hay luz y dices el texto, eso es lo importante. No te pongái actor para tus cosas’”, cuenta Gabriela.

Archivo Histórico CEDOC - COPESA.

Noguera, el casi profesor

El origen de la compañía se remonta a 1966, el último año de Castro en el Instituto Nacional. Ahí le propuso a sus compañeros armar un grupo de teatro. “La verdad es que inicialmente su idea no le interesó a nadie, hasta que, astutamente, dijo que sería necesario integrar mujeres al elenco. Y ahí sí que logró motivar a los hombres. Se sumaron estudiantes del Liceo 1, entre ellas Michelle Bachelet”, cuenta Alfredo Cifuentes, otro de los fundadores de la compañía.

Al año siguiente, un grupo de 20 personas siguió con el proyecto. Ese año se dieron cuenta de que no tenían nombre para presentarse en el Festival de Teatro Universitario-Obrero de la UC. Entonces se bautizaron como Aleph. Tras la buena acogida, buscaron a un director profesional. “En un acto de tremenda patudez, le pedimos a Héctor Duvauchelle que fuese nuestro director. Y aceptó”, dice Cifuentes.

Pero Duvauchelle, quien tenía mucho éxito con su compañía Los Cuatro, prontamente se fue de gira y el Aleph se quedó sin su capitán. Desde entonces se turnaron el rol de director para hacer sus creaciones colectivas. Pero el “Cuervo”, indiscutiblemente, era el líder.

Luego de Duvauchelle, Héctor Noguera estuvo a medio milímetro de tomar la dirección. “Yo participé en el grupo porque ellos solicitaron al teatro Ensayo de la Universidad Católica un profesor que los guiara. Y la Universidad me designó a mí para ser instructor del Aleph. Pero cuando llegué a la primera clase, no fui recibido como un profesor, sino como una persona más. Y me di cuenta de que era muy difícil enseñar algo a un grupo que ya tenía una particularidad. No había nada que enseñar. Entendí que la opción era sumarme al grupo, o retirarme, porque enseñar cualquier cosa habría sido matar su estilo, su identidad, su frescura. Entonces me sumé como uno más. Era un teatro muy cercano a la fiesta, a la creación espontánea”, dice Noguera, quien hace años inauguró la sala “Óscar Castro” en su Teatro Camino.

“En unas de las oportunidades en que fui a ver a Óscar a París, estaban dando El kabaret de la última esperanza, y él me invitó a actuar. Ensayé muy poco y, antes de la función, yo estaba nervioso porque tenía que actuar en francés, y le pedí que me diera alguna indicación. Y él me dijo ‘mira, te voy a pedir una sola cosa: ‘por favor no me caguí la obra’. Con esa única recomendación entré a actuar”.

Óscar Castro. Archivo Histórico CEDOC - COPESA

La pérdida más dura

En 1974 el Aleph estrenó Y al principio existía la vida. Pero dieron muy pocas funciones porque, a fines de ese año, Óscar Castro y su hermana fueron detenidos. Pasó por Villa Grimaldi, Tres Álamos, Puchuncaví y por el campo de concentración de Ritoque. A poco andar de su encierro, su madre -quien era de derecha-, lo fue a ver a Tres Álamos. Fue la última vez que supo de ella. Es detenida desaparecida.

Cuando se enteró de la tragedia, Castro dijo: “El amor de mi madre será mi venganza”. Y de ahí para adelante siempre fusionó teatro y alegría. “Decía ‘si nos ven tristes, nos ganan por segunda vez’”, recuerda el cineasta Patricio Paniagua, unos de sus compañeros en el Campo de Concentración de Ritoque. “Su actitud positiva fue una forma de mantenerse digno. Además, toda su vida fue así, gozador, lleno de alegría, hiperactivo. Creo que él acentuó esas características en el campo de concentración, fue una forma de protección”, cuenta Paniagua.

Con un sentido del humor bien negro, Castro formó en Ritoque la compañía de teatro TEJA, Teatro Jaulas y Abarrotes. “En ese momento nosotros éramos prisioneros de guerra, por eso teníamos la ayuda de la Cruz Roja. Nos traían, entre otras cosas, ropa. Cuando hacíamos funciones, nuestros compañeros se ponían sus mejores trajes. Y como siempre éramos los mismos, cambiábamos el repertorio cada dos semanas. Con Óscar decíamos que teníamos un ‘público cautivo’”, dice Paniagua.

Los textos eran escritos por Castro pero, como eran revisados antes por censores uniformados de turno, el “Cuervo” inventó que las obras pertenecían a un autor llamado Emile Kahn. En los años 50 -los engañaba Castro-, este “importante escritor judío polaco” había obtenido el Premio Nobel de Literatura.

Patricio Paniagua aporta una anécdota que refleja muy bien el sentido del humor del director. “Íbamos a presentar La paloma mensajera y Óscar le empezó a dar el discurso de siempre al militar de ese día. Que Emile Kahn era muy importante y blablabla…pero el militar lo interrumpió y, para aparentar que sabía de literatura, le dijo ‘no siga, todos sabemos quién es ese autor. Ese es un lindo texto. Ojo que lo voy a estar mirando, así que no cambie nada’. Entonces nos fuimos y yo, obviamente, me puse a reír. Y Óscar me dijo ‘No te rías tanto, a lo mejor este fulano sí existe’”.

Óscar Castro. Archivo Histórico CEDOC - COPESA.

Casimiro Peñafleta

Mientras estaban en Ritoque, Óscar y sus compañeros jugaban a que el campo de concentración en realidad era un pueblo. Le pusieron nombres de calles a los pasadizos, incluso tenían “una Plaza de Armas”. Un día, el ‘Cuervo’ se autoproclamó alcalde: el hoy mítico Casimiro Peñafleta. “Cada vez que llegaba un nuevo prisionero él, como alcalde, vestido con traje, sombrero de copa y banda tricolor, les hacía un recorrido por el pueblo. Y les decía que el único problema del pueblo era que había problemas de transportes y que, por eso, podría ser un poco difícil la salida”.

Dos años después, gracias al movimiento solidario de artistas franceses, Óscar fue liberado y se exilió en París. Allá trabajó un tiempo con Ariane Mouchkine, directora del Théâtre du Soleil, pero luego se dio el lujo de rechazar una propuesta del prestigioso director teatral Peter Brooks, una oferta que cualquier actor envidiaría. Su verdadero objetivo lo logró poco tiempo después: fundó el Teatro Aleph en el barrio Ivry-sur-Seine de París.

José Seves, de Inti-illimani, residía en Roma en esos años, pero iba a ver al “cuervo” cada vez que podía. “Empezamos a tener una colaboración muy bonita, yo ya había trabajado con él en Chile, pero allá se afianzó la amistad. Él organizaba ‘festivales de canciones’ en sus fiestas y me pedía adaptar canciones o crear melodías”, cuenta el músico. Y recuerda: “si alguien no actuaba bien, Óscar adaptaba un poco el papel, no era algo importante para él”.

El retorno constante

Desde que Pinochet permitió que regresaran algunos exiliados a Chile, Castro vino todos los años a montar obras. En 2015, el Ministerio de Bienes Nacionales le cedió una casona en La Cisterna, donde actualmente funciona el Aleph Chile. Tras esa concesión, y con la indemnización que el Estado le otorgó por el asesinato de su madre, construyó ahí una sala con su nombre: Julieta.

Gabriela Olguín se hizo cargo de Aleph Chile; y Silyvie Miqueu, la esposa de Óscar, del Aleph francés, ya que él se declaraba un “inútil” como administrador. Como artista, claro está, era imprescindible. Por algo en 2018 fue distinguido como Caballero de la Legión de Honor en Francia.

El “Cuervo” nunca perdió el lazo con Chile, pero bromeaba diciendo que era francés: “¿no se me nota, acaso?”. Al igual que en años anteriores, en su último viaje a nuestro país ofreció su sala Julieta como sede para el Festival Santiago a Mil. “Sólo nos pidió que la compañía que fuera a su teatro preparara sopita. Aunque finalmente, por un tema logístico, sólo se presentaron obras del Aleph; El rey y El 11 de septiembre de Salvador Allende”, recuerda Carmen Romero, directora de Santiago a Mil.

Además, Castro aceptó una invitación del joven actor José Zambelli, a quien consideraba su “hijo” teatral. Con el aporte de vecinos de Cerro Navia, Zambelli organizó el quinto Festival de Teatro Matices de Ilusión, que se realizó en la Plaza de Armas de esa comuna.

Ese evento estuvo dedicado a Óscar Castro. Y el “Cuervo” agradeció de la forma en que sabía hacerlo. “Llegó en un camión de esos de mudanza, junto a actores icónicos del Aleph –Sergio Bravo, Gaby Olguín y Alfredo Cifuentes-, y presentó su obra El 11 de septiembre de Salvador Allende”, recuerda José Zambelli. Ese día no hubo sopa, pero sí compartieron vino. Fue su última función.

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