Iñigo Redondo, escritor español: “Soy de la opinión de que el escritor tiene que estar al servicio del libro, y no al revés”

Iñigo Redondo. Foto: Rogelio Ruiz.

Con un libro de cuentos y un poemario a cuestas, el autor bilbaíno acaba de publicar Todo esto existe, vía Literatura Random House. Es un narrador formado de manera autodidacta, que en conversación con Culto desmenuza su primera novela, ambientada en la Ucrania de los ’80.



A lo largo de la conversación, queda claro que el español Iñigo Redondo (45) ante todo es un porfiado outsider de la literatura. Nunca ha tomado un taller literario, no tiene agentes, ni nadie que lo mueva. Pese a las múltiples puertas que se le cerraron, no cejó en su afán de publicar la novela que tenía guardada como una gema.

“Yo soy, por decirlo así, un ‘intruso’ en este negociado. No tengo agente, ni contactos en el mundo editorial, así que lo único que podía hacer era presentar la novela (infructuosamente) a concursos y, más tarde, enviarla a todas las editoriales que me parecieron de interés”, cuenta Redondo a Culto.

Originario de Bilbao, pero afincado en Madrid, Redondo tenía un par de publicaciones previas: un libro de poesía llamado Horas (con el cual fue finalista en el Certamen de Jóvenes creadores de Madrid, en 2004), un libro de relatos llamado Vías de contagio (2004) e incluso una obra de teatro, Nosotros, vosotros, ellos.

Pero le faltaba una novela. Acaso el formato con el que los escritores sienten que se consagran. Esta la trabajó entre 2009 y 2015. Se llama Todo esto existe, y es una de las novedades el mes de Literatura Random House.

“Hablo de en torno a medio centenar de editoriales y de años de respuestas plantilleras argumentando que ‘no encaja en nuestro catálogo’ o que ‘no recibimos manuscritos no solicitados’. Pero seguí intentándolo y un buen día llegó el mail de Pengüin”.

“Parece ser que había sido rescatada de ‘la pila’, la montaña de papeles donde según tengo entendido van a parar todos los manuscritos y donde la fortuna quiso que la persona adecuada decidiese leerla en el momento adecuado”, cuenta Redondo sobre la publicación de su primera novela.

Ambientada en la Ucrania de los ’80, en la era soviética, la novela cuenta la historia de Alexei, un profesor que acaba de separarse, y en medio de su dolor recibe el particular pedido de una de sus alumnas, Irina. Quiere que la secuestre. Ella tiene un secreto del que quiere escapar y ve en Alexei a su tabla de salvación. Con el tiempo, “secuestrador” y “secuestrada” irán alternando sus roles.

¿Cómo nació la idea de escribir este libro?

Es complicado responder a esta pregunta sin hacer “spoiler” de la novela porque, de algún modo, el motor del libro o, más bien, el motor de su escritura, está en el final, del que se comprenderá que no pueda decir demasiado. Pero el caso es que así es: Aparecieron algunas intuiciones sobre el final, y escribir el libro no sólo consistió en crear las condiciones para encuadrar esas intuiciones, sino incluso para poder explicármelas a mí mismo. Digamos que tuve que escribirlo para entenderlo. Recorrer esos sucesos para poder descifrarlos. En ese sentido, el lector estará transitando el recorrido que yo mismo tuve que hacer. La novela es ese camino que fue necesario trazar para interpretar a dónde conducía.

¿Por qué ambientarla en la Ucrania soviética de los ’80?

En general ocurre lo mismo que en la pregunta anterior: hay asuntos de los que no puedo hablar sin arruinar algunos de los momentos relevantes de la novela. No obstante, “spoilers” aparte, es indiscutible el valor como paisaje humano de la Ucrania de los ’80, en plena caída del comunismo, el cual se lleva consigo a varias generaciones de soviéticos que habían abrazado el ideal como propio, con convencimiento, casi con fe, y que quedan abandonados por su esperanza, como si su deidad les hubiese dado la espalda, como si hubiesen depositado su lealtad en un espejismo. De hecho, visité Kiev en el 2011 para documentarme y, quizá es cosa mía, pero, incluso entonces, tantos años después, creí reconocer aún la sensación de fracaso en muchas miradas. Sobre todo en las de los ancianos.

¿Por qué tomaste esta idea de Alexei “secuestrando” a Irina?

El “secuestro” desempeña un papel múltiple. Por un lado el aislamiento implica un nivel de intimidad muy profundo, con cuya descripción es posible abrir una ventana a la interioridad de los personajes, que es uno de los pilares de la novela. Por otra parte, en un “secuestro”, y más si sucede como en la novela, se da la paradoja de que quizá termine siendo más exigente para el secuestrador que para la secuestrada. En esa inversión de los roles hay mucho que explorar. Y, finalmente, un “secuestro” es, por definición, algo rotundamente censurable, delictivo, que, sin embargo, el libro trata de plantear en otros términos más abiertos, en los que poder hacerlo comprensible, desde una distancia en la que el juicio maniqueo se quede corto, hasta el extremo de llegar a proponerlo como un oasis de seguridad frente a la hostilidad exterior. Construir el estatuto moral para poder posicionarme respecto de la situación es algo en lo que tuve que trabajar cuando escribía la novela, así que, de algún modo, es algo que quizá también le ocurra al lector que la recorra.

Cómo asexuar una relación

Al leerlo, y al notar esta especial relación que mantienen Alexei e Irina, un adulto y una jovencita, y considerando lo delictivo que suena un secuestro, la comparación al voleo es algo obvia y quizás forzada. Con Lolita, el clásico de Vladimir Nabokov. Aunque, en rigor, tienen poco que ver.

“Yo creo que la afinidad entre Todo esto existe y Lolita empieza y termina en que ambas hablan de la relación de dos personajes entre los que hay una importante diferencia de edad, pero diría que ninguna de las ambiciones o de los objetivos de Todo esto existe tiene nada que ver con los de Lolita”, dice Redondo.

“En el caso de Nabokov, esa relación tan oscura, tan malsana, y a la vez tan devota, en la que no soportas seguir leyendo pero no puedes evitarlo, lo es todo. En el mío, salvando las distancias, esa relación es un medio para llegar a otro lugar, un vehículo para sondear otra veta en la que, si la novela logra sus objetivos, el lector tendrá que vérselas consigo mismo”, agrega.

¿Por eso es que entre las decisiones que tomaste está la de asexuar la relación de Irina y Alexei?…

En cuanto a asexuar la relación entre Irina y Alexei, no negaré que, al principio, me vi tentado, pero es uno de esos temas que descarté bastante pronto porque el fin de la novela es otro. Escandalizar, incomodar gratuitamente habría desviado la atención del verdadero sentido de la historia.

Tampoco se explicita de qué escapa Irina. ¿Por qué?

Creo que es Slavoj Zizek quien hablando de las risas enlatadas de las sitcoms plantea que ya no sólo es que sirvan para indicarte cuándo te debes reír, sino que, incluso no es necesario que te rías porque ya lo hacen ellas por ti. Como lector yo valoro mucho exactamente lo contrario, que no me den todo masticadito, que me traten como alguien inteligente, que no sea algo meramente pasivo. Por esa razón he renunciado a dar demasiadas explicaciones sobre algunos temas, por ejemplo, la situación personal de Irina, que es la que motivará su refugio en Alexei. A veces, con poco, el lector es capaz de intuir, e incluso aportar de sí mismo para llenar los espacios en blanco. Me parece el mejor modo de conseguir que se apropie de la historia.

¿Qué fue lo que más te costó de escribir esta novela?

Lo más complicado es siempre esencializar. Descartar ideas más o menos atractivas que, sin embargo, son prescindibles. Renunciar a temas sugestivos que, sin embargo, sólo aportan ruido pero no contribuyen al sentido profundo del relato. Asexuar la relación entre ambos, como antes preguntabas, es sólo uno de los muchos temas que se cayeron en las primeras podas.

Experiencias y referencias

Las primeras ideas para la novela, según cuenta Redondo, comenzaron en 2009. “Desde ahí, el trabajo de escritura duró hasta el 2015, en que hubo una versión más o menos razonable de la historia”, agrega.

Luego, a pulso, sin talleres, ni cursos de escritura creativa, fue armando el tinglado. “De hecho, las veces que he consultado tutoriales en YouTube sobre creación de personajes, o sobre los ocho tipos de tramas para escribir una novela, o cosas por el estilo, me parece que estoy leyendo la fórmula química de la tortilla de patata –explica el bilbaíno–. Quizá es acertada, pero la única forma de prepararla es poniéndose el delantal y ensuciándose las manos. Rafael Chirbes citaba a un crítico alemán, cuyo nombre no recuerdo, que decía algo así como que ‘la mayoría de escritores no saben sobre literatura más que las aves sobre ornitología’. No puedo estar más de acuerdo “.

¿Cuál fue tu experiencia previa en escritura?

Obviamente mi aproximación a la literatura, como la de todo el mundo, empieza como lector, con la salvedad de que siempre he prestado mucha atención a cómo me cuentan las cosas. Como escritor he tanteado algunos géneros. No es que me considere poeta, dramaturgo o novelista sino que, más bien, opino que el formato debe venir de la historia, no de las intenciones del autor. Que termine siendo relato, teatro, novela o un haiku dependerá de cuál es la mejor forma de contar lo que tienes entre manos. Puede que sea un poco ingenuo, pero yo soy de la opinión de que el escritor tiene que estar al servicio del libro, y no al revés. A lo mejor por eso he picoteado tanto.

¿Qué autoras y autores tomas como referentes para ti?

En cuanto a referentes, creo que los libros que te influencian no tienen por qué ser los que te impactaron, o los que te gustan, o los que recuerdas. A veces un libro aparentemente irrelevante deja una huella que perdura. Por otra parte, es un poco petulante decir que te ha influenciado Foster Wallace, Pessoa, o Flaubert. Una cosa es leérselos, y otra muy distinta es lograr interiorizarlo y filtrarlo en tu prosa.

Supongo que, finalmente, lo que escribes termina siendo una mezcla de libros malos y buenos, comics de marcianos, películas del oeste, programas de la tele, etc. No obstante, he estado revisando las estanterías de casa, y he encontrado abundancia de Beckett, de Cormac McCarthy, de Cioran, de Panero, de Aleixandre, de Onetti, de Lobo Antunes, de Herta Müller. Ojalá haya quedado algo de alguno.

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