Kike Ferrari, escritor argentino: “Lo que pasa alrededor del mundo de la literatura no me interesa tanto”

Kike Ferrari (c) Eduardo Penagos.

Acaba de llegar a Chile su última novela, Todos nosotros, donde juega con la idea de viajar en el tiempo e impedir el asesinato de León Trotski. En diálogo con Culto, el autor habla de su relación algo distante con el mundo literario y de su trabajo en labores de limpieza en el metro bonaerense.



Nos recibe por Meet con su aro en la oreja izquierda, un polerón de River Plate y por supuesto, su buen mate. De fondo, una biblioteca. Kike Ferrari (49) es uno de los nombres importantes que ha surgido en la literatura argentina de las últimas décadas a punta de buenos relatos, e incluso obtuvo una primera mención en el Premio Casa de las Américas, en 2009. Aunque siempre se ha mantenido lejos de las luces principales, por opción voluntaria.

El motivo central de la conversación es su último libro, la novela Todos nosotros, que acaba de editarse en Chile vía Alfaguara y que plantea una idea de los viajes en el tiempo, aunque esta vez con un fin particular: ir a México en agosto de 1940 para impedir el asesinato de León Trotski, el célebre dirigente bolchevique enemistado con Stalin.

“Es una idea usada, Volver al futuro, Terminator -cuenta Ferrari-. El tema era qué le podía ofrecer yo a esa historia. Hace muchos años yo había empezado a escribir una novela policial clásica, de investigación, que sucediera entre el primer y segundo atentado contra Trotski. En esos meses hice el marco de ambiente en México, inventé un detective y como ya sabía llevarlo tenía todo más o menos resuelto”, cuenta. Pero de ahí algo pasó.

“La novela terminó yéndose de México y se convirtió en otra que se llama Lo que no fue (2009). Pero la idea de hacer algo con el asesinato de Trotski me quedó dando vueltas. Entre medio, Padura publica El hombre que amaba a los perros (2009), donde habla del asesino de Trotski. Y luego de escribir un par de novelas cercanas al policial y al realismo quise hacer algo más ligado a lo fantástico en el sentido del delirio. Esa cosa que no se sabe bien qué está sucediendo en la realidad y qué cosas son parte de la imaginación de alguien. Esa zona gris en que ficción y realidad se hacen porosas”, añade.

Así, llegó con la idea de la máquina del tiempo, que en esta novela fabrica un informático llamado el Gordo Felipe.

¿Por qué la figura de Trotski?

Es parte central de mi identidad. Yo empecé a hacer actividad política muy jovencito, tenía 13 años cuando empecé a militar en un partido trotskista en Argentina. Fue una parte muy importante de mi formación política. Más con él [Trotski] que con el universo del trotskismo. Y tiene que ver con una cosa que ahora es media imposible de asir, porque ya no hay URSS, que es la idea de la idea de una sociedad comunista con libertad. Pero era difícil en esa época porque había capitalismo de un lado y burocracia estalinista del otro. Y me parecía que si se podía llevar al límite lo real y lo posible, el personaje era Trotski.

¿Y hoy, qué tan cercano se siente al comunismo?

Abracé muy temprano convicciones que nada me vino a demostrar que eran equivocadas. Nos he visto perder cada día, veo el avance de lo que Mark Fisher llama el realismo capitalista, esta idea en que parece imposible pensar en un mundo sin capital, pero yo sigo pensando en que la sociedad comunista es la aspiración más hermosa que imaginó el ser humano.

El outsider del subte

Esta es su segunda novela con Alfaguara, una editorial importante. Antes siempre publicó en editoriales más pequeñas e independientes. ¿Siente que esto es un paso adelante en su carrera?

Sí, me hace dialogar con más lectores y todo el plan de la literatura para mí es que los textos dialoguen con mucha gente. Entonces es claramente un paso hacia adelante. También implica el ingreso de otra cantidad de guita (dinero), porque no vivimos del aire.

A diferencia de otros escritores que son académicos, traductores o editores, trabaja haciendo labores de limpieza en el subte, el metro de Buenos Aires. ¿Cómo es esa doble vida de obrero y escritor?

(Sonríe) Para mí fue un filón cuando alguien descubrió que no era lo más común. Hay una extrañeza que yo no veo, porque mi vida fue siempre así. Yo me mantuve en los márgenes del mundo académico porque no me interesa. Y mucho tiempo estuve lejos del mundillo literario, ahora hago talleres, pero estoy en los márgenes porque todo lo que pasa alrededor del mundo chiquito de la literatura no me interesa tanto. El amiguismo, los lugares. Tengo grandes amigos escritores, por supuesto, nos conocemos todos. Ahora, no está mal lo que los compañeros prefieran hacer, pero yo elijo no hacerlo.

¿Cómo ha sobrellevado la pandemia estando en un lugar tan expuesto a los contagios como el metro?

La viví con esfuerzo, como todos. No me la tomé muy en serio, no porque no creyera que la pandemia existía, sino como forma de preservación de mi propia cabeza. Mucho tiempo estuve viviendo en el escenario de una película, nunca había visto Buenos Aires así.

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