César Aira, la alucinada fuga hacia adelante

Fulgentius se llama la nueva novela del destacado escritor argentino, que amplía su ya extensa trayectoria de publicaciones. Ambientada en el imperio romano, para su autor no es una novela histórica, más bien una fábula. De la mano de dos especialistas damos una mirada a su particular obra, que lo tiene como el eterno candidato trasandino al Nobel.



Fabius Exelsus Fulgentius es un veterano general romano que a sus 67 años ya no está tan preocupado de las conquistas, ni de los botines de guerra, ni reverdecer laureles como lo hicieron Pompeyo y Julio César. Más bien, aprovecha los viajes al mando de sus legiones para consolidar una pasión que lo hace renacer.

Destinado a la región de la Panonia (la actual zona que abarca de Austria a Bosnia, en Europa central y los Balcanes), donde debe pacificarla de guerrillas ilirias, Fulgentius pide a sus asistentes que en cada pueblo y ciudad donde paren, ubiquen actores. La idea es que representen una obra escrita por el mismo viejo general.

Ese es el hilo conductor de Fulgentius, la nueva –y breve– novela del escritor argentino César Aira publicada vía Literatura Random House. Acaso el eterno candidato de su país al Premio Nobel de Literatura (a su pesar), es quizás el narrador vivo más relevante al otro lado de la cordillera. Con un extenso corpus que supera los 100 libros, sobre todo novelas cortas, su obra ha tenido reconocimientos como el importante Premio Formentor, en 2021.

Aunque poco amigo de las entrevistas, Aira comentó al sitio Zenda que Fulgentius es menos una novela histórica que otro de los artefactos que suele denominar “juguetes literarios para adultos”. “No creo que sea una novela histórica propiamente dicha. No hay personajes ni hechos reales de la Historia. Es una fábula, que lo mismo podría haber sucedido en la China o en Polonia. La ambienté en Roma sólo por tener algunos adarmes de Astérix, y porque cuanto más personal es lo que escribo más lejos en el tiempo y el espacio lo llevo. Las reflexiones están de relleno”.

Consultado si acaso Fulgentius lo ayudó a conocer algo sobre sí mismo, señaló: “No, aunque ¿para qué querría conocerme a mí mismo habiendo tanto que descubrir y explorar y disfrutar en el mundo? Sería perder el tiempo. Creo que si me hice escritor fue para poder tomarme vacaciones de mí. Y escribí mucho, así que no vale la pena buscar, porque debajo de un disfraz siempre hay otro disfraz”.

A diferencia de otros volúmenes más complejos de su trayectoria, Fulgentius se deja leer con facilidad. Aunque más allá de la historia que relata, hay otras capas, donde hay reflexiones sobre la vanidad, el paso de tiempo, la creación. Lo primero es todo un tema, considerando que la mentada obra teatral es la única que Fulgentius ha escrito en su vida y pese a eso se siente un dramaturgo de oficio.

Una mirada sobre Aira

Considerando el vasto volumen de sus publicaciones, ¿cómo podríamos caracterizar la obra de César Aira? Intentamos un ejercicio consultándole al escritor argentino Mauro Libertella, quien explica a Culto: “Creo que la escritura de Aira conjuga muchos elementos, disimiles e incluso contradictorios, y eso la hace muy atractiva y muy potente. Como prosa, es una escritura muy clara, diría elegante. Tiene un trazo clásico, sin excesos ornamentales pero siempre con una especie de belleza tenue, modesta en el mejor sentido”.

“Luego están los temas que se desparraman en el texto –añade Libertella–. Me interesa sobre todo el Aira especulativo, es extraordinario (de esa cosecha es Cumpleaños, mi preferido). Luego está el Aira delirante, que hizo escuela en Argentina y por lo que Piglia, supongo, dijo que Aira es el apellido con el que firman los escritores malos”.

El escritor y editor chileno Galo Ghigliotto, quien ha publicado en Chile dos libros del argentino a través de su editorial Cuneta (Yo era una mujer casada y Un filósofo), señala: “Creo que el que mejor ha definido la escritura de Aira es él mismo: ‘una fuga hacia adelante’. Una vez me lo explicó: cada día sale de su casa en dirección a su café predilecto; en el camino escucha y observa con atención, porque lo que ocurre alrededor puede llegar a ser parte de su escritura. Ya en el café se instala y escribe, a mano, en hojas de un papel de un gramaje y color especial, unas pocas páginas. Luego llega a su casa y las pasa al computados. Al día siguiente lo mismo y es así como logra sacar tres novelas al año”.

“Lo curioso es que, cuando debemos hablar de su escritura en sí, no podemos obviar esta metodología, porque hace carne en el texto mismo…es, quizás, lo que provoca que la escritura de Aira parezca alucinada, como que va de una cosa a otra sin hilos evidentes o mucha explicación, lo que suele desconcertar a no pocos lectores”, añade Ghigliotto.

Ghigliotto agrega que otro elemento a considerar es que en rigor, hay muchos Airas: “Los biográficos, los autobiográficos, los estilísticos, los graciosos, etc., y también hay un punto en que todos esos se mezclan. Con frecuencia me ha tocado conversar con personas que dicen ‘a mí no me gusta Aira’, y siempre mi respuesta de vuelta es la misma ‘¿y qué has leído de Aira?’; por lo general la respuesta es que leyeron un libro, ¡un solo libro de Aira! –generalmente los más alucinados– y a partir de eso juzgaron. Una pena. Aunque lo entiendo. Una vez una de esas personas me dijo ‘es que siento que te está agarrando para el leseo todo el rato’, y bueno, sí, pensé, puede ser”.

¿Cómo es trabajar con César Aira? Ghigliotto cuenta: “Cuando Aira te envía un texto es que está listo y no hay nada o casi nada que hacerle. Y es verdad. Es de esos autores que te entrega el libro pulido, llegar y diagramar, incluso sin erratas”. Además, señala que el autor de Parménides se preocupa mucho de la portada: “Sucede que Aira es pintor: pinta unos cuadros tan alucinados como sus novelas. Algo de esa dimensión aparece al momento de presentarle las portadas, que rechaza o acepta en forma igual de categórica. Es como si el libro se completara con algo que le es ajeno: la mirada del diseñador o diseñadora. Y con eso, es como si dejara de ver sus libros como propios, y empezara a percibirlos como ediciones ajenas, o quizás, como láminas de un álbum que colecciona en un juego que él organiza, pero donde también participamos quienes le damos vida a sus libros”.

¿Por dónde empezar?

Lógicamente, internarse en una obra tan vasta no es sencillo. ¿Por dónde empezar? Libertella muestra su ruta: “Empezaría por los más redonditos y luego pasaría a los más raros o híbridos. Se puede empezar por La luz argentina, Varamo, La villa, Las noches de flores, Un episodio en la vida del pintor viajero, El mago, El tilo. Luego daría un paso y me internaría en un territorio un poco más aireano: Cumpleaños, Cómo me reí, La vida nueva, Artforum o Pinceladas musicales”.

Galo Ghigliotto comenta: “Siempre recomiendo empezar por Las noches de Flores. Es una de mis favoritas. Pero también creo que una buena entrada puede ser El tilo, donde se encuentra un Aira más personal. Ahí habla de Pringles, su ciudad natal. Y cómo no, Yo era una mujer casada, donde aparece un Aira alucinado pero mucho más contenido, aunque sin perder su vocación delirante”.

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