Natisú: sin importar lo que digas

Aunque iniciada en el jazz, Natisú administra y dosifica su portentoso caudal en favor de una expresividad que prefiere la emoción a la acrobacia, el sentimiento a la cabriola, la sutileza y el acento antes que el lucimiento innecesario.



Hacia el final del concierto la noche del jueves, al introducir la canción Huracán de su último trabajo, confesó dificultades para ser concreta y escribir “así como literalmente”. La consecuencia fue resumida con una sonrisa resignada.

“A veces siento que nadie sabe de lo que estoy hablando”.

Había transcurrido casi hora y media de presentación de su último álbum Hay un fuego -uno de los mejores discos chilenos de 2021-, y Natisú (28) ya había dejado en claro mediante sus canciones, estética y numerosos invitados representativos del gran momento del indie local, que la escritura directa es absolutamente prescindible si la moneda a cambio estimula en amplio sentido.

La sala Ceina del Centro Arte Alameda, un lujo de recinto al interior del Instituto Nacional, fue perfecta para apreciar lo que la cantante, autora, multiinstrumentista y productora propone con más de una década de trayecto y tres discos oficiales, aunque hubo al menos un par de instancias en que las cómodas butacas sobraron cuando el pulso invitaba al baile.

Si Natisú no funciona con las líneas directas, tampoco su música de armadura electrónica con desvíos al rock y pasajes acústicos, todo bajo diseño poco convencional, con instinto collage, imposible de intuir y fluida a la vez.

Acompañada de un músico a cargo de máquinas y otro operando un set híbrido de percusión electrónica y convencional, posicionados hacia los extremos y de costado, reforzando un cuadro con la artista al centro y videos al fondo, repasó novedades y material antiguo incluyendo canciones no disponibles en plataformas.

Aunque iniciada en el jazz, Natisú administra y dosifica su portentoso caudal en favor de una expresividad que prefiere la emoción a la acrobacia, el sentimiento a la cabriola, la sutileza y el acento antes que el lucimiento innecesario.

El show tuvo un desarrollo dramático balanceado alternando el excelente último disco, piezas acústicas -crepusculares y rabiosas- compuestas bajo ambiente de estallido social y pandemia, e invitados que encajaron perfecto como Dulce y Agraz, Ángela Acuña y Chini.png.

Mención aparte para Rubio y su notable manejo del espacio con intenso despliegue, como pocas veces se aprecia en la escena chilena, y la espectacularidad de Dani Ride, con vestuario, actitud y garganta de estrella pop.

Los links de Natisú en dirección al trip hop confeccionado por Portishead y Massive Attack, el ensamble de guitarras y electrónica con las coordenadas de Radiohead en el siglo XXI, los guiños irrenunciables a Björk, a la muñeca guitarrera de PJ Harvey y St. Vincent. Todas las anteriores están subordinadas a una personalidad propia que además contiene rastros de músicas pretéritas, cuando deja de lado las máquinas, los efectos y las programaciones, para empuñar una guitarra acústica y simplemente cantar atemporal con esos versos que cree indescifrables.

El éxito de Natisú en directo radicó en el conjunto, en el efecto completo, importando o no el sentido de las palabras.

A veces era la encarnación del futuro con la voz en planos siderales. En otro momento bailó desenfrenada hacia el fondo del escenario, como si el lanzamiento fuera una fiesta sólo para ella. Dio las gracias a la gente con la que trabaja y en especial al aguante de su familia, convirtiendo el concierto en una especie de reunión de amigos. Aplicó cambio de vestuario, sujetó un teclado que casi se fue al suelo, declaró nervios, bromeó e interpretó un tema sin título, sugiriendo al público que le enviaran opciones para darle nombre.

Natisú apeló a la figura de un parto sobre la experiencia de presentar un álbum, para convertir la cita en una celebración estudiada y ensayada, dispuesta también al desenfado, conjugando planos musicales avanzados y otros de la tradición cantautora. En ambos espacios, la lleva.

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