Creedence Clearwater Revival: los primeros nostálgicos

Banda clásica y arraigada en el pueblo como pocas, Creedence fue un fenómeno de masas sin carisma ni glamour, sostenido en una fe inquebrantable en el rock original con sus raíces negras y blancas. Un documental de Netflix con la primera salida a Europa y un concierto histórico inédito, exhibe las razones del triunfo del primer rock con leñadoras que conquistó al mundo.



“El año 1969 había sido mágico para Creedence”, dice la voz en off de Jeff Bridges. “En apenas 12 meses, la banda había logrado cinco singles y tres álbumes en el top ten del ranking de éxitos de EE.UU., superando en ventas a Los Beatles”. Bridges, el inolvidable “The Dude” de El Gran Lebowski (1998), nos introduce a Travelin’ band: Creedence Clearwater Revival at the Royal Albert Hall, documental recién estrenado por Netflix. El tosco cuarteto liderado por el compositor, cantante y guitarrista John Fogerty cerró la década como el grupo más exitoso del país con un millón de espectadores en sus conciertos, y cabezas de cartel de los festivales más importantes, incluyendo Woodstock.

“John, Stu, Doug y Tom puede que no sean tan conocidos como John, Paul, George y Ringo”, continúa Bridges, “pero Creedence le disputó a Los Beatles el título de la banda más grande del mundo”.

En una especie de cambio de mando, CCR arribó a Londres en abril de 1970 para iniciar su primera gira europea, justo cuando se oficializaba la separación de los Fab Four. La fecha central del tour sería en el Royal Albert Hall. El concierto fue filmado pero se mantuvo inédito hasta ahora, como la guinda de este documental. El relato muestra a la banda mientras avanzan las fechas sin ninguna clase de estridencia asociada a su estatus masivo. No hay alcohol en plan dionisiaco, drogas ni groupies.

En paralelo se hilvana la biografía del grupo de El Cerrito en San Francisco, como protagonistas de un fenómeno popular recurriendo tempranamente a la nostalgia. Guiados por el deseo de producir canciones conectadas al sentimiento original del rock que había remecido a la juventud a mediados de los años 50, mediante una música sin florituras que bebía directo de las raíces del blues y el country, CCR se instaló a conciencia en la esquina opuesta del rock cada vez más envalentonado como un arte serio y superior, mediante discos conceptuales y piezas intrincadas.

Creedence Clearwater Revival

Creedence protagonizó y capitalizó la primera fiebre revivalista a casi tres lustros de los inicios del rock & roll, aún cuando los Stones con Beggars banquet (1968) y las sesiones de Let it be de los Beatles, coincidían en reconectar con las primeras influencias y apartar la pomposidad.

Flotaba en el ambiente musical la necesidad de rendirse ante los pioneros y la banda sonora de la infancia, entre artistas que aún no cumplían 30 años. Bandas flamantes como Led Zeppelin también abrazaban la nostalgia, incluyendo covers de adelantados como Eddie Cochran. Pero finalmente fue CCR, la entidad que demostró por primera vez la masiva eficacia de traer el pasado musical al presente.

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El documental recapitula la extensa trayectoria del grupo antes del éxito, en sus primeras encarnaciones como The Blue Velvets en 1959 con Tom Fogerty, el hermano mayor de John al micrófono, y luego The Golliwogs, un intento por subirse a la marea beatle.

Tras un receso en 1966 por el enrolamiento de John Fogerty y Doug Clifford en las fuerzas armadas, al año siguiente el grupo renace asumiendo el kilométrico nombre de Creedence Clearwater Revival, y redefinir sus pasos mediante un recurso muy propio de los inicios del rock en la década previa: el cover. Primero fue Susie Q, original de Dale Hawkins, y luego I put a spell on you de Screamin’ Jay Hawkins.

Así como Los Jaivas compusieron Alturas de Machu Picchu (1981) sin haber visitado la ciudadela inca, John Fogerty concibió Proud Mary con el relato de un viaje por el Misisipi y Born on the bayou imaginando un sur pantanoso, lugares en los que jamás había puesto un pie.

“Lo tenía todo en mi mente”, confiesa, “(...) todo lo que había escuchado provenía de allá. Deseaba ser así”.

Las entrevistas rescatadas de la gira europea insinúan las desavenencias que apenas un par de años más tarde acabarían con una de los grupos más exitosos y fulminantes de todos los tiempos, un quiebre irremediable y agrio que da para otro documental.

-¿Sientes que la banda va en la dirección que quieres?, preguntan a John.

“Si, pero no lo bastante rápido”, responde. “(...) Me gustaría que despertáramos mañana siendo músicos increíbles que tocan lo que sea, pero jamás es así”.

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Las secuencias en vivo en el Royal Albert Hall demuestran las dos caras de Creedence. Por una parte, una unidad con el mérito de recrear exactamente lo que grababan en el estudio bajo la producción y los arreglos de John Fogerty. Por otro lado, sin tener mayor carisma, resulta evidente el desbalance del conjunto entre su liderazgo como compositor, dueño de una voz de espectacular intensidad en la veta de los más grandes intérpretes de R & B, y un sólido guitarrista de sonido definido y solos incendiarios, mientras el resto -Stu Cook al bajo, Tom en la segunda guitarra y Doug Clifford en batería-, eran apenas una compañía desaliñada y funcional. Tocaban lo necesario, pero rara vez lucían.

El film subraya la honestidad de Creedence Clearwater Revival en su preferencia por los sonidos afroamericanos, decisión que hoy podría acarrear acusaciones de apropiación cultural. “No hicimos ningún esfuerzo por parecernos a una banda negra”, explica Tom Fogerty. “(...) en realidad nos gustaba la música negra más que la otra (...) nuestros primeros héroes eran negros y eso, inconscientemente, seguro que nos influyó”.

“No importa si es o no una banda negra”, opina un joven afroamericano entrevistado en la calle, “si sale de adentro”, observa.

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