IA vs IA (primera parte)
El auditor tampoco está ayudando mucho. Según un estudio de Deezer e Ipsos realizado a nueve mil personas en ocho países, un 97% de los oyentes no logra distinguir entre música humana y de IA en pruebas ‘a ciegas’. Eso no significa que estén a favor de estas obras sintéticas.
La última batalla por la Integridad Artística frente a la Inteligencia Artificial se está dando en varias arenas. Los músicos han reaccionado en masa, con declaraciones públicas y acciones de arte que intentan conmover a una somnolienta opinión pública. Si antes se unían por la hambruna en África o para hacer presión contra el gobierno de turno, ahora pelean por su vida usando lo que tengan a mano. Lo más original fue el disco “Is this what we want?”, una obra de doce pistas sin sonido que tenía más actitud que buena parte de la música actual. Kate Bush, una de sus gestoras, gemía desde la experiencia: “En la música del futuro, ¿acaso no se oirán nuestras voces?”.
Mientras los artistas piden que la humanidad vuelva al streaming, tienen miedo de dispararse en los pies. De acuerdo con un estudio de la plataforma LANDR publicado en noviembre de 2025, un 87% ya usa IA en algún punto de su flujo de trabajo. La tecnología de separación de pistas (stem), ideal para limpiar y rescatar audios, ya viene incluida en casi todos los softwares de edición y producción. “Now and then”, el canto de cisne de The Beatles, fue posible gracias a la última tecnología de IA, que permitió extraer la voz de Lennon desde un casete ruidoso y de baja fidelidad. Pero ese no es el problema de fondo. Hace pocos días la UNESCO publicó una alerta sobre el “impacto devastador” de la IA generativa en las industrias creativas. Los motores más populares, Suno y Udio, pretenden convertir al prompt en un acto creativo. Lo que podríamos denominar como promptducción musical está provocando movimientos tectónicos en todas las placas de la industria. A nivel técnico, plataformas como Spotify, Deezer o Apple Music, han tenido que destinar recursos para blindarse contra las toneladas de basura sintética (AI slop) que inundan sus servidores y embaucan a sus algoritmos. Se estima que el 34% de todas las ingestas diarias a estas plataformas en 2025 fueron generadas por IA: unas 50 mil nuevas pistas cada 24 horas. De paso, diluyen los fondos de regalías y se llevan varios millones de dólares con esta suerte de estafa cibernética maquillada como canción.
El auditor tampoco está ayudando mucho. Según un estudio de Deezer e Ipsos realizado a nueve mil personas en ocho países, un 97% de los oyentes no logra distinguir entre música humana y de IA en pruebas ‘a ciegas’. Eso no significa que estén a favor de estas obras sintéticas. Una investigación publicada en marzo pasado por la Universidad Internacional de Florida (FIU) y la Universidad de Syracuse reveló la existencia de una “penalidad reputacional” asociada a la divulgación del uso de IA. Cuando al oyente le informaban que un determinado artista había compuesto su música con ayuda de la IA (aunque el dato fuera falso), cambiaban su percepción sobre él y lo consideraban una suerte de villano. Este “sesgo antropocéntrico”, que se daba en la mayoría de los casos, enciende una luz de esperanza: todavía se privilegia la humanidad sobre la máquina. Al menos por ahora. Y en esta dinámica binaria y pendular de héroes y villanos, ¿dónde quedan los sellos discográficos? Esa es otra historia.
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