Culto

Javier Rodríguez, escritor chileno: “Todos, en algún momento, somos o seremos decadentes. Es inevitable”

Tras ser aplaudido por la crítica en su debut, Javier Rodríguez publica Huracán, un relato crudo sobre la obsolescencia y la resistencia. "La experiencia humana está mucho más cerca de la pérdida que del triunfo", asegura.

Periodista, escritor y editor, Javier Rodríguez Álvarez (36) comparte su hogar en Providencia con su esposa y dos perras; y para su segunda novela, Huracán, encontró una idea precisamente en su día a día junto a sus caninas.

“Vivo con dos perras: Pina, una salchicha de catorce años, y Oli, una mestiza de galgo rescatada. Paso muchísimo tiempo con ellas, probablemente más que con la mayoría de los humanos. De a poco empecé a preguntarme qué significaba mirar el mundo desde su lugar. Pero esa pregunta no es nueva. Existe toda una tradición literaria que ha intentado acercarse a la experiencia animal, ya sea tratando de entrar en su conciencia o desplazando el foco. Huracán no es una fábula ni un ejercicio de ventriloquia: no intenta descifrar la mente de los perros porque no tenemos las herramientas para ello, sino asumir ese límite como punto de partida para un ejercicio literario".

Huracán, entonces, es la segunda novela de Rodríguez. Publicada por la casa editorial española AdN, cuenta la historia de un perro galgo de carreras, Huracán, cuyo dueño -el cruel terrateniente Francisco Bauer- quiere sacrificarlo pues considera que ya ha pasado su período de gloria, y que, tal como él, Huracán entró en el declive. Sin embargo, adivinando estas intenciones, y gracias a un muchacho que trabaja en el predio, Juan, el can logra escapar rumbo a un mundo que se le antoja desconocido y peligroso.

Rodríguez es un escritor que en su trayectoria cuenta con la novela Zona de promesas (Provincianos editores, 2021), y del libro de No ficción Un hogar llamado Santa Laura (Provincianos editores, 2023) donde escribe sobre el equipo de sus amores, Unión Española; además de la colección de cuentos No todo lo que vuela es pájaro (publicado en España por Barbarie Editora, 2024). Su debut fue bastante aplaudido en el medio incluso por la célebre crítica Patricia Espinosa, quien dijo de él: “Bastante bien ha resultado esta primera novela de Javier Rodríguez. Habrá que seguir su pista”.

“La novela nace de una intuición: ponerse en el lugar del perro como un desafío estilístico y también ético. Asumir ese punto de vista me permitió contar una historia sobre el cuerpo, la lealtad, la violencia y la posibilidad, siempre frágil, de escapar de lo que parece escrito”.

- ¿Qué fue lo más complejo? Esta novela narra la historia en más de una voz, incluyendo la del propio perro Huracán, ¿cómo fue trabajar particularmente esa voz?

- Hay una paradoja que me interesa: la necesidad, y al mismo tiempo la imposibilidad, de escribir desde la experiencia animal. Entrar en ese territorio implica también rozar algo incómodo: la violencia que ejercemos sobre los animales y la que se da entre nosotros no están tan separadas. No como una equivalencia fácil, sino como una zona de contacto que la literatura puede explorar con herramientas que le son propias. La ciencia todavía no logra dar cuenta plena de la mente animal. El arte, en cambio, sigue siendo el espacio más fértil para imaginar esa otredad, para ensayar formas de percepción que no son las nuestras. En el fondo, se trata de ampliar lo que entendemos por vida compartida, en una línea cercana a lo que plantea Coetzee en Elizabeth Costello. Por eso me juego casi todo en el lenguaje: es la única forma de intentar acercarme a esa experiencia. ¿Cómo percibe el mundo un perro?, ¿cómo contaría una historia?

- ¿Y sobre el dueño, Francisco?

- La otra dificultad importante fue Francisco, el primer humano que aparece: dotarlo de matices, de cierta humanidad. Intentar no justificar, pero sí ir al origen de su rabia. Y, por encima de todo, no perder de vista lo principal: contar una historia, escribir una buena novela.

- La decadencia es un tema en la novela, tanto la del dueño del perro como la del propio galgo, Huracán. ¿Por qué te interesa esa dimensión?

- Nunca me han interesado mucho los ganadores (si no, no podría ser de la Unión Española). La decadencia, en cambio, es algo a lo que estamos todos expuestos, no solo por desgaste natural, sino también por las decisiones que vamos tomando. Todos, en algún momento, somos o seremos decadentes. Es inevitable. Ya sea por obsolescencia programada o porque simplemente somos humanos y estamos expuestos permanentemente a la codicia, la envidia, etcétera. La pregunta es cómo se enfrenta eso: con dignidad, negándolo o simplemente avanzando sin mirar. Y la literatura vuelve a aparecer como herramienta para buscar esas verdades a las que otras disciplinas no llegan.

- ¿Por qué no te interesan los ganadores?

- En mis libros no hay ganadores, probablemente porque creo que la experiencia humana está mucho más cerca de la pérdida que del triunfo. Me parece aburrido contar la perspectiva de los ganadores. Bielsa lo dice mejor: uno pierde mucho más de lo que gana. Y en esa zona es donde me interesa mirar.

- Cuando el instinto de Huracán falla, se vuelve prescindible. ¿Es esta una metáfora de cómo el sistema actual descarta a los individuos cuando dejan de ser “productivos”?

- Huracán es visto primero como una herramienta, y después por otras personas como un objeto que viene a llenar un vacío. Son pocos los momentos en que es reconocido como un ser sintiente. Ahí hay una crítica. No solo hacia el trato que damos a los animales, sino también hacia cómo operan ciertas lógicas humanas. Para Francisco, por ejemplo, no solo los animales son herramientas, también lo son las personas que trabajan para él. Entonces hay un doble cuestionamiento: por un lado, una crítica al antropocentrismo, a esa idea de superioridad que nos hemos atribuido como especie; y por otro, a un sistema que mide el valor de todo en función de su utilidad. Un concepto de éxito que me parece frívolo, insostenible y, en el fondo, triste.

- En la literatura chilena no hay tantas novelas sobre perros (a excepción de Patas de perro de Droguett), pero sí en la literatura universal como Flush de Virginia Woolf, Corazón de perro de Bulgákov, ¿cómo dialoga Huracán con esa tradición?

- Con respeto y admiración. Para escribir la novela leí mucho dentro de esa tradición. Están, por supuesto, los textos que mencionas, pero también fueron importantes Perros héroes de Bellatin, El llamado de la selva de Jack London, Tombuctú de Paul Auster o Solo un poco aquí de María Ospina. Todos me sirvieron para ir encontrando el tono, para afinar el oído y prepararlo para escuchar ladrar a Huracán. La presencia de animales en la literatura es antigua, con registros desde principios del siglo XIX: han sido símbolos, espejos, compañía. Mi intención fue correrlos de ese lugar secundario y ubicarlos en el centro. Siempre con esa conciencia de que es imposible habitar del todo su experiencia, pero también con la convicción de que la literatura puede, al menos por momentos, acercarnos a ella.

- ¿Cuánto crees que nos pueden enseñar los animales sobre los vínculos entre los humanos? Francisco Bauer, el dueño de Huracán, es un ser despótico con los animales y con sus empleados ¿Dirías que la novela habla también de formas de opresión contemporáneas?

- Hay una idea que me interesa mucho: las formas en que tratamos a los animales dicen bastante de cómo nos relacionamos entre nosotros. Laura Brown, académica y autora del magnífico Simios melancólicos y perros sin hogar, plantea que poner a los animales en el centro tensiona las estructuras más tradicionales del realismo. Permite mirar lo humano desde otro ángulo, reconocer diferencias, pero también continuidades. En ese sentido, las formas de opresión no son compartimentos separados. Se tocan, se filtran. Y en ese cruce aparece también una lectura sobre las formas de opresión contemporáneas, que no son tan distintas entre sí como nos gusta pensar.

- Esta novela se ambienta en algo bien popular en el campo como las carreras de galgos. ¿Trabajaste con referentes reales del mundo de las carreras?

- Sí. Lamentablemente.

- ¿Dónde crees tú que está el límite de la tradición con la del maltrato animal?

- Cuando entro en ese tipo de debates, me sirve la idea de la igual consideración de intereses de Peter Singer. Es decir, que el dolor y el placer de cualquier ser afectado por una acción deberían importar, independientemente de la especie. Nunca voy a estar de acuerdo con tradiciones que se sostengan en el sufrimiento de otro y que, estoy bastante seguro, en el futuro serán vistas como lo que son: barbarie y arrogancia.

- En otro ámbito, para que los lectores te conozcan algo más, ¿cuáles son tus principales referentes como escritor?, ¿qué libros nunca debieran faltar en tu biblioteca?

- Carlos Droguett es una referencia clave, tanto en lo estilístico como en lo ético. También Francisco Coloane. Me interesan mucho autores y autoras como Matías Celedón, Diego Riveros, Nicolás Meneses, Ariel Richards, María José Ferrada, Mike Wilson y N. Pino Luna. Y fuera de Chile, autores como Thoreau, Han Kang, Hebe Uhart, María Ospina, Jack London o Gabi Martínez son faros siempre.

- ¿Cómo ves a la literatura chilena hoy?, ¿cómo ves a las actuales generaciones de escritores y escritoras?

- La veo bien, muy viva. Están apareciendo voces nuevas todo el tiempo y se está publicando mucho y bien, a mi parecer. También me parece interesante lo que están haciendo las editoriales independientes, especializándose y ampliando el campo. A veces nos quedamos demasiado en el cahuín y la camarilla y no vemos lo que sí está funcionando. Hay espacio y lectores, más de los que solemos creer. Me gusta que lo que antes se llamaba nicho hoy encuentre su espacio y existan alternativas nacionales para leer manga, literatura de género o no ficción en todas sus variantes. Veo un campo muy vivo y estimulante para los que nos encontramos en él.

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