“No soy un erudito”: John Cheever, el regreso del “Chéjov de los suburbios” a sus relatos más icónicos
A propósito de una nueva edición ilustrada de "El nadador", redescubrimos la vigencia del autor que utilizó la ironía y el onirismo para desmantelar la fachada de perfección de la clase media estadounidense de posguerra.
Neddy Merrill se encuentra en una fiesta en una casa con piscina en una tarde perdida de domingo, a mediados de un verano boreal cualquiera. De repente, tiene una idea, quiere volver a su casa...nadando. Sí. Descubre que puede recorrer las 8 millas que lo separan de su hogar nadando a través de las piscinas del vecindario, una por una. “El día era hermoso, y le pareció que un largo baño podría ampliar y celebrar su belleza”.
Es la trama que guía el relato El nadador, quizás el cuento más clásico del estadounidense John Cheever, acaso uno de los grandes cuentistas de la tradición norteamericana, en esa misma cuerda que Ernest Hemingway, Raymond Carver o Lucia Berlin.
El nadador es el relato que justamente da nombre al volumen ilustrado que Random House acaba de publicar y que reúne tres de los relatos del “Chéjov de los suburbios”. Fallecido en 1982, a los 70 años, Cheever supo ser un escritor influyente en su tiempo, ganador del premio Pulitzer por cinco novelas y autor de algunos de los relatos cortos más brillantes jamás publicados.
En sus relatos, Cheever relató la vida de la clase media de los Estados Unidos postguerra. Esa es una primera clave para empezar a entenderlo. Pero fotografiar su época no era algo que él se haya propuesto, más bien un ejercicio de búsqueda intuitiva, así lo comentó él mismo en una entrevista con The Paris Review, de 1976, una de las pocas que concedió.
“No trabajo a partir de tramas. Trabajo con la intuición, la aprensión, los sueños, los conceptos. Los personajes y los sucesos me llegan simultáneamente. La trama implica la narrativa y un montón de basura. Es un intento calculado de atrapar el interés del lector al punto de que piense en ello como una convicción moral. Claro, uno no quiere aburrir… se necesita un elemento de suspenso. Pero la narrativa es una estructura rudimentaria, tan rudimentaria como un riñón".
Blake Bailey, autor de la biografía Cheever: Una vida, opina que en rigor, lo de Cheever era retratar las vidas de los suburbios que parecían responder a una forma de ser exitosa, ganadora, pero en verdad se desarrollaban más en el terreno de lo olvidable. “Cheever opinaba que quizás el mayor inconveniente de vivir en los suburbios estadounidenses era esa terrible presión por parecer feliz”, dice Bailey.
Expulsado de la secundaria por fumar, Cheever nunca tuvo una educación literaria formal, sino que fue un autodidacta que se hizo a punta de lecturas claves. “Había leído a Proust cuando tenía 14 años. A todos los grandes modernistas. Había leído el Ulises”, dice Bailey. “No solo era el autodidacta por excelencia como escritor, sino que también se forjó a sí mismo como persona”.
“No soy un erudito. No me arrepiento de esta falta de disciplina, pero sí admiro la erudición de mis colegas -dijo Cheever al The Paris Review-. Claro, tampoco soy un desinformado. Eso puede ser producto de que me crié en los coletazos finales de la cultura de New England. Todos pintaban, escribían y en particular, leían; era un medio de comunicación bastante común y aceptado a finales de esa década. Mi madre se vanagloriaba de haber leído Middlemarch trece veces; yo diría que no era cierto. Es algo que podría tomarte toda una vida”, señala el autor de Falconer, en la conversación con Anette Grant.
Como Roberto Bolaño, Cheever comenzó a realizar trabajos esporádicos para sustentarse mientras intentaba ganarse la vida vendiendo relatos a las revistas. “Conduje un camión repartidor de diarios una vez -dijo al The Paris Review-. Me gustaba mucho hacerlo, especialmente durante las Series Mundiales...Nadie tenía radio, ni televisión – no significa que el pueblo se iluminaba con velas, pero sí que se esperaban las noticias. Me hacía sentir bien ser el tipo que les traía buenas noticias. También pasé cuatro años en el ejército".
Hasta que su talento terminó por imponerse y comenzó a ser publicado por el New Yorker. “Mi primer relato, Expelled, lo vendí a los diecisiete a The New Republic. The New Yorker empezó a publicar mis cosas cuando tenía treinta y dos. New Yorker me apoyó por muchísimos años. Es un asociación muy amena. Le enviaba entre doce y catorce relatos al año. Al principio vivía en una habitación escuálida de los barrios bajos, en la calle Hudson, tenía una ventana rota. Luego conseguí trabajo en MGM junto a Paul Goodman; hacíamos sinopsis. Con Jim Farrell también. Teníamos que reducir cada libro publicado a tres, cinco o doce páginas, y nos pagaban cerca de 5 dólares por cada uno. Lo tipeaba yo mismo. Ah, aquel papel carbónico…“.
Las claves
El escritor chileno, Diego Zúñiga analizó en 2019 para Culto algunos elementos del estilo de John Cheever. “En su escritura hay ciertas imágenes que se escapan a la tradición de los norteamericanos que escriben de los suburbios. Imágenes más oníricas, o más surrealistas que están cristalizadas en un cuento como El nadador. Es un cuento muy particular y se mezcla muy todo esto que te estoy diciendo: un relato muy crítico de la clase media norteamericana, de los suburbios, esa infelicidad que se esconde detrás de lugares tan limpios y bien iluminados”.
“Detrás de todas esas familias que parecen muy perfectas, el proyecto de Cheever indaga en esa fisura, pero estéticamente me parece muy interesante porque se distancia de un estilo más cercano a Hemingway o a Scott Fitzgerald y convierte algo muy personal en algo que no tiene grandes descendientes. Es raro pensar en quién viene de John Cheever”.
Otro sello del “estilo Cheever” es el arranque. Los de Cheever suelen directos, deprisa, al callo. Sin tanta vuelta. El nadador comienza así: “Era uno de esos domingos de mediados de verano en que todo el mundo repite: ‘Anoche bebí demasiado’. Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca”.
Ese estilo seco tiene una explicación que Cheever comentó en la citada charla con el Paris Review, el hecho de publicar en revistas hizo que puliera su escritura en base a ese formato: “Si intentas como cuentista establecer alguna relación con el lector, no empiezas por decirle que tienes dolor de cabeza y que te ha salido un zarpullido grave en Jones Beach. Una de las razones es que la publicidad en las revistas es mucho más común hoy en día que hace veinte o treinta años atrás. Al publicar en una revista estás compitiendo contra una publicidad muy ceñida, avisos de agencias de viajes, desnudos, historietas, incluso poesía. La competición misma casi lo vuelve algo imposible. Hay un principio básico que siempre tengo en mente: alguien que vuelve luego de un año en Italia con una beca Fullbright; su portaequipaje está abierto y en vez de ropa y recuerdos, encuentran un cuerpo mutilado, un marinero italiano; está todo salvo la cabeza. Otra oración para empezar en la que pienso a menudo es ‘El primer día que robé en Tiffany’s estaba lloviendo’. Claro, puedo comenzar una historia de esa manera, pero no es así como uno debería hacer que la ficción funcione. Uno se tienta porque ha habido siempre una genuina pérdida de serenidad, no sólo en el público lector, sino en toda nuestra vida. Paciencia, tal vez, o incluso la habilidad de concentración. En algún punto, cuando apareció la televisión a nadie se le ocurrió publicar un artículo que no pudiese leerse durante los comerciales. Pero la ficción durará lo suficiente como para sobrevivir a todo esto”.
Otro sello son la extensión de sus cuentos. A excepción de algunos relatos como el extraordinario Reunión, en general, lo suyo son los relatos más bien largos, como El perseguidor, de Julio Cortázar. “Muchos de sus mejores cuentos hay un aliento de novela contenida -dice Zúñiga-. Son relatos que podrían haber sido una novela pero que en el fondo Cheever los resuelve en menor distancia y hace que se condense mucha experiencia y sentido en muchas menos páginas de lo que sería una novela y el efecto que produce eso es realmente muy especial”.
Quizás la Meca de todo, es que Cheever vivía la literatura a fondo, incluso en su médula más personal. Al menos así lo comentaba él en The Paris Review. “Cuando escribo un relato que en verdad me gusta, es…bueno, es maravilloso. Eso es lo que puedo hacer y me encanta poder hacerlo. Me doy cuenta de que me siento bien. Me doy cuenta con sólo decirle a Mary y a los chicos, ‘Bueno, desaparezco, déjenme solo. Nos vemos en tres días’”.
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