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Rodrigo Rey Rosa: “Las megacárceles son un sistema innecesariamente cruel, una vuelta a la esclavización”

El autor guatemalteco presenta su nueva novela, Animal colonial, una ficción inspirada en el modelo de Bukele y los sistemas de cibernética. En conversación con Culto, analiza el avance de los autoritarismos en la región, la creciente dependencia tecnológica y su recuerdo de Roberto Bolaño.

Rodrigo Rey Rosa: “Las megacárceles son un sistema innecesariamente cruel, una vuelta a la esclavización”

Fue durante una visita navideña en Guatemala, en 2024, cuando el escritor Rodrigo Rey Rosa vio fotos de presos apiñados en las jaulas del CECOT, la megacárcel construida por el régimen del presidente salvadoreño Nayib Bukele. Ello, junto con una lectura que portaba aquellos días junto a él, le dispararon una idea.

“Estaba leyendo Cybernetics: or Control and Communication in the Animal and the Machine, de Norbert Wiener. Un viejo ejemplar que apenas había ojeado en los casi cuarenta años de tenerlo en mi librero. He escrito varias ficciones que tienen como escenario cárceles (Hueders publicó allá en Chile una colección titulada Cárceles de invención) Imaginé una megacárcel donde, como ha sido el caso en cárceles de todo el mundo y en todas las épocas, se llevaran a cabo experimentos libres de controles éticos”.

Así, Rodrigo Rey Rosa (67), acaso el gran nombre guatemalteco de las letras en las últimas décadas, le dio forma a la novela Animal colonial (Alfaguara). Se trata de una novela en que imagina un país ficticio de Centroamérica, Nueva Verapaz, gobernado por una presidenta con tintes autoritarios quien ha construido una megacárcel -conocida con el caribeño apodo de El Infiernón- para acabar con la violencia de las pandillas. Y no solo eso: en el complejo penitenciario se prueba un nuevo sistema que pretende reformar a los presos. Bajo el influjo del doctor Rossignol, se lleva a cabo el Interceph, un sistema que busca la interconexión de cerebros convirtiéndolos en un solo organismo pensante.

En paralelo, un detective privado traza un plan para vulnerar aquella mole y sacar a Esteban, un joven estudiante de cine encarcelado injustamente solo por trabajar en un documental sobre las maras. Se le niega la defensa, la lectura de cargos, la posibilidad de visitas y se le encierra con los otros mareros. Como él, son varios los casos de personas inocentes que sufren el abuso de la maquinaria estatal.

Lo cierto es que en la obra del ganador del Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2004 y del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2015, las cárceles y la privación de libertad han sido tema, pero ahora sumó lecturas sobre los nuevos sistemas de transmisión de información. Tuve que leer más de lo que hubiera imaginado acerca de la tecnología de comunicación inalámbrica y cosas así. Algo parecido me pasó al escribir Cárcel de árboles, pero en aquel caso debí leer sobre neuropsicología. Creo que algo aprendí”, cuenta a Culto.

Con el Infiernón es imposible no pensar en Bukele y la megacárcel CECOT. ¿En qué momento exacto la megacárcel de Bukele dejó de ser solo una noticia y se convirtió en material narrativo para usted?

Como le decía, una fotografía. Y claro, luego comencé a leer varios reportajes y vi los documentales que estaban en línea. Los datos verificables no eran muchos -no sé si eso haya cambiado-, pero esto, la carencia de datos exactos y el hermetismo oficial alrededor de este lugar, fueron estímulos para la curiosidad y la imaginación. También me ayudó a imaginar el escenario un cuento de la escritora salvadoreña Michelle Recinos, Barberos en huelga, de su libro Sustancia de hígado, que no habla de la cárcel en sí, sino del efecto de los arrestos masivos y la desaparición de jóvenes inocentes durante el estado de excepción en El Salvador.

¿Qué le interesaba realmente de ese fenómeno: la cárcel, la popularidad de un modelo autoritario, el miedo de las sociedades?

Las posibilidades de experimentación ilícita en humanos. Es el tema de Cárcel de árboles, la abuelita de esta novela, escrita en 1989. En Guatemala se dio el caso del doctor John Cutler, médico del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos, que entre 1946 y 1948 infectó deliberadamente a muchísimos prisioneros, soldados y pacientes psiquiátricos guatemaltecos con sífilis y otras enfermedades venéreas para probar la efectividad de la penicilina, sin el consentimiento de las víctimas y por invitación de funcionarios guatemaltecos. El caso no se conoció hasta el 2010.

Esteban es detenido por intentar filmar un documental sobre las maras. ¿Qué representa para usted esa figura del testigo o del documentador en un sistema que castiga la mirada?

En Guatemala no sería cosa extraña un arresto así, aunque no conozco casos de cineastas detenidos recientemente por ejercer su profesión. Pero sí que hay casos de periodistas detenidos por documentar hechos incómodos para gente con poder.

¿Lo de Esteban se hace eco de las denuncias que existen contra la cárcel de Bukele por recluir un número importante de inocentes?

Es claro. Pero las detenciones de inocentes ocurren en todas las dictaduras. Animal colonial no quiere aludir a ninguna en particular sino a todas.

El doctor Rossignol es un personaje ambivalente: parece bienintencionado y a la vez monstruoso. ¿Cómo construyó esa ambigüedad moral?

Tenía un modelo humano en mente, un doctor centroamericano cuya tesis de graduación fue una serie de experimentos en perros, mantenidos con vida por medio de un corazón externo. Llegó a ser director del Children’s Hospital de Harvard. Pero la ambigüedad del doctor Rossignol es también un reflejo de la ciencia médica, que puede ser moralmente ambigüa, “bienintencionada y a la vez monstruosa”, ¿no?

Sobre el experimento del Interceph, ¿qué le llamó la atención de la idea de que un Estado autoritario controle las mentes de las personas?

Es el sueño de todo estado autoritario. Todos lo logran, hasta cierto punto.

¿Hasta qué punto el Interceph es una metáfora de lo que ya estamos haciendo al volcar nuestra vida en las plataformas digitales?

Me mantengo al margen de las plataformas digitales, pero supongo que hay algo de lo que usted dice.

¿Cree que estamos entregando nuestra autonomía a la tecnología o a la IA?

Sí, en gran medida. No es una exageración decir que ya dependemos de la tecnología. Un apagón global de internet tendría consecuencias catastróficas. Y mire, mientras yo corregía esta novela, El Salvador anunció que una inteligencia artificial de Google administrará su sistema público de salud: un expediente clínico por ciudadano, en manos de una empresa de IA extranjera. Material de experimentación.

¿Cree que esta es una novela sobre el control de los cuerpos y el castigo? Un poco como en La Naranja Mecánica.

La Naranja Mecánica de Kubrick se trata del condicionamiento de un individuo violento para convertirlo en dócil, el Estado que entra en la mente de un criminal para reformarlo. En Animal colonial el ángulo es otro: lo que interesa al Estado no es la reforma del criminal sino el uso del cuerpo y la mente de los reclusos como materia prima científica. El Estado quiere controlar y eventualmente conectar para sus propios fines. En Kubrick, o en Burgess, el tema es el libre albedrío suprimido; en esta novela la pregunta sería si el libre albedrío existía para los detenidos, o si estaban predestinados para el crimen.

La presidenta se llama La Dama Fuerte. ¿Qué le interesaba explorar al poner a una mujer al frente de un proyecto tan autoritario y tecnocrático?

No es algo que analizara al ponerla en escena. Pero para esto también tenía un modelo humano: una candidata a la presidencia en Guatemala que anunciaba, como parte de su propaganda, la construcción de una cárcel todavía más grande que el CECOT.

Nueva Verapaz es un país inventado, pero muy reconocible. ¿Por qué prefirió la ficción geográfica en lugar de ambientar la novela directamente en El Salvador o Guatemala?

Por comodidad. Así me sentía más libre al escribir. De todas formas, las fronteras políticas, sobre todo en Mesoamérica y otros territorios colonizados. me parecen una forma de ficción.

La novela muestra un sistema que se presenta como solución definitiva al problema de la violencia. ¿Teme que este modelo de megacárcel se convierta en la norma en América Latina (y más allá)?

Ya es una tendencia. Ecuador, Brasil y Honduras han avanzado en modelos similares de reclusión masiva. Me parece un sistema innecesariamente cruel, una vuelta a una forma de esclavización de grandes sectores de la población.

Hay una larga tradición latinoamericana de novelas sobre dictaduras, cárceles y estados autoritarios. ¿Se siente dialogando conscientemente con esa tradición o la novela nació más bien de una preocupación contemporánea?

La preocupación es contemporánea, pero como usted señala, compartimos una larga tradición, no solo literaria, sino también política y social, en cuanto a dictaduras y cárceles. De todas formas, no siento que estuviera dialogando con ningún libro o autor en particular. Tiendo al solipsismo.

En otro plano, Roberto Bolaño siempre lo alabó y habló muy bien de usted. ¿Cómo lo recuerda a él?

Con cariño. Tuvimos pocos encuentros personales. Almorzamos dos o tres veces en Barcelona, una en su casa de Blanes. Mantuvimos una amistad sobre todo telefónica; era un gran conversador. Me sentí tratado por él como por un hermano mayor que se preocupaba por mi bienestar. En una ocasión, yo, recién vuelto de la India de una estadía de varios meses, caí enfermo en Barcelona con una especie de gripe muy fuerte. Al enterarse, Roberto encargó a un amigo suyo que llevara al apartamento donde yo me alojaba un costal lleno de naranjas para jugo, porque quería asegurarse de que yo consumiera suficiente vitamina C.

¿Cuánto influyó Roberto Bolaño en su escritura?

La capacidad de recibir influencias disminuye con la edad. A Bolaño lo leí bastante tarde. Por otra parte, si la crítica ejerce influencia, la suya -quiero decir, sus reseñas a mis libros, escritas antes de que nos conociéramos- fue una influencia muy benéfica, que me animó a seguir esforzándome.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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