La historia de cómo estas mujeres llegaron a liderar dos de las facultades de ingeniería más antiguas del país
Por primera vez, dos de las facultades de ingeniería más emblemáticas del país tienen a una mujer al mando. LT Educa reunió a Loreto Valenzuela y Susana Mondschein para conversar sobre ese hito. La conversación, que partió en género y liderazgo, terminó abriéndose hacia una pregunta mayor: cómo formar ingenieros para una profesión que cambia más rápido que nunca.
Que ambas llegaran al decanato no fue fruto del azar ni ocurrió al mismo tiempo. Loreto Valenzuela asumió en 2022 como la primera mujer en dirigir la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica, y este año fue reelegida para un segundo período. Susana Mondschein, en cambio, acaba de convertirse en la primera mujer en encabezar la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) de la Universidad de Chile, 183 años después de su creación.
Ese doble hito fue la excusa para reunirlas. Desde el comienzo quedó claro que la conversación iba más allá del género: ambas conducen facultades que enfrentan transformaciones profundas y comparten el desafío de cómo formar ingenieros cuando una profesión cambia a un ritmo inédito, en una academia donde las mujeres siguen siendo minoría en los espacios de decisión.
Las mujeres que lideran dos de las facultades de ingeniería más antiguas del país
Cuando Mondschein decidió competir por el decanato de la FCFM, sabía que el desafío iba más allá de elaborar un programa. Tras realizar un doctorado en el MIT y pasar cerca de una década como académica en la Universidad de Yale, había desarrollado gran parte de su carrera fuera de Chile. Desde su regreso, su trabajo se había concentrado en Ingeniería Industrial, así que no conocía a las generaciones más jóvenes ni a buena parte de los académicos de otras áreas. “Un grupo de colegas me dijo: preséntate”, recuerda.
La elección anterior no había tenido competencia y Mondschein valora que esta vez sí la hubiera. “Cuando hay debate, uno se esfuerza más, conoce más a la comunidad”, dice. Por eso se propuso recorrer la facultad completa y conocer de primera fuente áreas ajenas a la suya. Se reunió con cerca de 250 académicos —“literalmente me tomé un café con cada uno”— y descubrió realidades muy distintas: laboratorios de física, investigaciones en terreno de geología, modelos matemáticos y proyectos que requieren desde grandes infraestructuras hasta un supercomputador.
Valenzuela sonríe mientras escucha la historia de Mondschein. A diferencia de ella, prácticamente nunca abandonó la Universidad Católica. Estudió Ingeniería Civil Industrial con mención en Química y, apenas terminó, apareció un cargo académico que —recuerda— “en esa época era rarísimo; antes alguien tenía que jubilarse o morirse para que apareciera un puesto nuevo”. Postuló y quedó. Salvo los años en que realizó un doctorado en Ingeniería Biomédica en la Universidad de Rutgers, desarrolló toda su carrera académica en la UC.
Partió como profesora instructora y, tras regresar, en 2009, asumió distintos cargos de gestión: directora asociada de Pregrado, vicedecana de Ingeniería y, más tarde, directora de College UC, experiencia que le permitió conocer de cerca el funcionamiento de facultades muy distintas a Ingeniería.
En 2022, cuando Juan Carlos de la Llera —hoy rector— anunció que no repostularía, varios colegas le preguntaron si estaba dispuesta a asumir el desafío. Ella estaba cómoda en College, pero sabía que Ingeniería era otra escala. “College es un barco súper complejo… pero Ingeniería es como un crucero con portacohetes y un submarino”, dice, para describir la dimensión de la facultad. Ganó la elección y se convirtió en la primera mujer en liderar la facultad en 130 años de historia.
Ese recorrido por sus trayectorias abre paso a otra dimensión del liderazgo femenino: las tareas invisibles que moldean la carrera académica.
El trabajo que no aparece en el currículum
Hay una explicación para la baja presencia de mujeres en los niveles más altos de la carrera académica que rara vez aparece en las estadísticas. No tiene relación con barreras explícitas para acceder a un cargo ni con la capacidad para investigar o dirigir proyectos. Se construye, dicen ambas decanas, a partir de una acumulación de responsabilidades invisibles que consumen tiempo.
“Organizar la celebración de fin de año de un departamento, llamar a los exalumnos, hacerse cargo de conflictos internos…”, enumera Loreto Valenzuela. Son tareas indispensables para el funcionamiento de cualquier facultad, pero que no cuentan cuando llega el momento de evaluar una carrera académica. Lo que sí pesa son las publicaciones científicas, los proyectos de investigación adjudicados o la dirección de tesis doctorales.
Para Valenzuela, muchas mujeres aceptan esos encargos por una mezcla de expectativas culturales y sentido de responsabilidad. “Los hombres están más acostumbrados a decir que no a las cosas que no son prioritarias”, sostiene.
La consecuencia aparece años después. Dos académicos pueden haber trabajado con la misma intensidad, pero mientras uno acumuló publicaciones y proyectos, la otra dedicó buena parte de su tiempo a sostener tareas institucionales que no aparecen en la evaluación académica.
Mondschein coincide en que ese fenómeno se vuelve especialmente evidente cuando las mujeres siguen siendo minoría dentro de una facultad. Paradójicamente, agrega, algunas políticas diseñadas para aumentar su participación pueden generar nuevas sobrecargas. Si una facultad busca integrar paridad en todas las comisiones y ellas representan apenas una fracción del cuerpo académico, son las mismas profesoras quienes terminan multiplicando sus responsabilidades. “Las buenas intenciones pueden traer consecuencias negativas”, resume.
La solución, aclaran ambas, no pasa por excluir a las mujeres de esos espacios, sino por priorizar dónde resulta realmente relevante su presencia. Valenzuela recuerda que hace más de una década, cuando las profesoras de Ingeniería UC todavía eran muy pocas, decidieron organizarse y entregar una carta a quienes postulaban al decanato.
“No queríamos estar en todas las comisiones. Queríamos estar en aquellas donde se toman las decisiones importantes”, explica. Las de contratación de nuevos académicos. Las que evalúan promociones. Las que definen el rumbo de la facultad. Porque, sostienen, es allí donde comienza a cambiar una institución.
La ingeniería que les toca conducir
La conversación cambia de rumbo con una pregunta inevitable: cómo formar ingenieros cuando la profesión está cambiando a un ritmo que no tiene precedentes. La inteligencia artificial ya no es un tema de futuro, sino el punto de partida de esa discusión.
Loreto Valenzuela sostiene que ese es justamente el principal desafío que enfrentan hoy las facultades de ingeniería. La inteligencia artificial, explica, dejó de ser un contenido que se enseñaba en un curso específico para convertirse en una herramienta transversal. Como ejemplo menciona LERCE, un sistema que procesa con inteligencia artificial los millones de datos del Observatorio Vera Rubin. “En ese proyecto trabajan profesores con alumnos”, explica. “Les están enseñando a utilizar la inteligencia artificial como una herramienta más para hacer ese tipo de trabajo”.
Susana Mondschein va un paso más allá. A su juicio, el desafío no consiste en competir con la inteligencia artificial, sino en formar ingenieros capaces de trabajar con ella. “Lo importante no es que la inteligencia artificial resuelva el problema. Lo importante es que el ingeniero sea capaz de identificar cuál es realmente el problema que vale la pena resolver”.
Pero la inteligencia artificial abre otra preocupación: cómo preservar el pensamiento crítico.
Valenzuela explica que muchos modelos fueron entrenados con datos provenientes de Estados Unidos o Europa, lo que puede traducirse en algoritmos que funcionan bien para esas poblaciones, pero pierden precisión cuando se aplican a pacientes chilenos. “Uno puede enamorarse del resultado y olvidar de dónde vienen los datos”, advierte.
Mondschein agrega que ese riesgo obliga a los ingenieros a entender el contexto en que operan los modelos y a preguntarse qué efectos tienen sus decisiones en personas reales.
Por eso insisten en que la formación no puede limitarse al uso de herramientas de inteligencia artificial: también debe desarrollar el criterio para cuestionar sus resultados, comprender sus limitaciones y preguntarse con qué datos fueron construidas.
La misma lógica se aplica al aprendizaje. Resolver una integral, programar un algoritmo o enfrentarse a un problema complejo sigue siendo parte del entrenamiento intelectual que permitirá, más adelante, utilizar la inteligencia artificial con criterio y no como un simple reemplazo del razonamiento.
Para ambas, el ingeniero del futuro deberá dominar los conocimientos técnicos, comprender el contexto de los problemas, trabajar con otras disciplinas y entender a las personas para las que diseña soluciones. “No se trata de resolver la versión que yo tengo del problema del otro”, resume Valenzuela. “Se trata de entender cuál es su problema”.
Y en esa diferencia, coinciden ambas, está el verdadero desafío de formar a los ingenieros del futuro.
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