La entrenadora que formó a la Selección femenina revela cómo la profesionalizó y le fija el piso para los Juegos Olímpicos

Marta Tejedor, en su participación en El diván del Kily, el programa de conversación de El Deportivo.

La española Marta Tejedor analiza la evolución del combinado que inicia su participación en Tokio, que tiene varias jugadoras que surgieron bajo su alero. También desliza diferencias con el modelo de juego de José Letelier.


“Me parece súper emocionante verlas ahí”, reconoce Marta Tejedor apenas comienza a analizar el estreno de la Selección femenina en los Juegos Olímpicos. En 2007, la entrenadora española llegó para encabezar el proceso que al año siguiente pondría a la entonces Roja Sub 20 a disputar el Mundial de la categoría que se organizó en Chile. Los pilares de ese combinado están en Tokio y en los 14 años que han pasado desde el arribo de la entrenadora ibérica lograron cambiar la historia del balompié de mujeres en el país. Aún así, la estratega prefiere no apoderarse de los méritos. “Una muy pequeñita. Yo fui parte de un proceso. Creo que todo esto es un proceso que empezó incluso mucho antes de que yo llegara. Comenzó con la primera generación de mujeres que empezó a patear balones y a pedir permiso para hacerse un sitio. En ese proceso han pasado muchas cosas. Ha habido muchos entrenadores, muchos dirigentes, muchas jugadoras. Muchos éxitos y, también, muchos tropiezos. Y yo viví un trocito. Como trocito, me siento vinculada, me emociono y me siento responsable, pero es un cachito. No me echaría más gloria que esa”, dice en relación a la porción de mérito que le corresponde en la gestación del grupo en El diván del Kily, el programa de conversación de El Deportivo. Lo que sí asegura es que dedicará parte de esta jornada a revisar el debut de sus exdirigidas, con quienes aún mantiene contacto.

Un trocito que coincide con la irrupción de varias de las jugadoras que hoy integran este plantel. No es menor.

De las que jugaron el Mundial, hay cinco. Y, después, hay otras cuantas que aparecieron un poquito más jóvenes. Digo un cachito también porque aunque haya sido parte de ese viaje, yo creo que el mayor protagonista lo tienen las jugadoras. Yo siempre he dicho que el fútbol es de las futbolistas.

¿Imaginó que este grupo, que ayudó a conformar, alcanzaría esta altura con los años?

Me lo imaginé, porque no tenía motivos para no imaginarlo. Quiero decir que soñar es gratis y uno siempre tiene que soñar en grande. Para qué te vas a poner los límites de tus esperanzas. Sí. De hecho, en 2010 estuvimos muy cerca de clasificar a los Juegos de Londres y nos quedamos fuera porque nos faltó meter un gol. Ahí ya nos habíamos hecho la ilusión de poder y no se llegó, pero estuvimos tan cerquita que, sí, pensé que, antes o después, eso llegaría.

Remontémonos a los inicios, ¿con qué se encontró cuando llegó a dirigir a Chile?

En realidad, yo dirigí la parte táctica. Siempre digo que el gran mérito, digamos la chispa que prendió esta fogata, fue la idea de Harold Mayne-Nicholls de postular por un campeonato del mundo. Si Chile no hubiese postulado con las ganas que postuló, como para ganarlo, los recursos que se desplegaron, yo nunca hubiera llegado a Chile tampoco. Lo principal fue que Harold pensó ‘oye, aquí hay camino’. Él buscaba éxito, pero también buscaba reducir brecha de desigualdad. Yo sé que él había estado en Estados Unidos, que conocía bastante ese fútbol y dijo ‘aquí hace falta poner algo más’. Cuando el Mundial se concedió, recibí la llamada de Eduardo Rojas, el gerente, y me dijo “tenemos un Mundial”. Yo fui a Google y no aparecía por ningún lado. Se los acababan de conceder. Y me lo dijo con estas palabras: “Tenemos el Mundial, unas chicas, un proyecto de equipo, y no tenemos un entrenador”. Tenían un grupo amateur que venía rodando con otro seleccionador, que se llamaba Nibaldo (Rubio), muy amateur. La impresión que me dio cuando llegué fue casi de un deporte escolar, pero no lo digo en mal tono, sino en el de alguien que se apunta a deporte, lo practica un par de veces por semana y lo hace por afición. Ese era un poco el nivel. Teníamos un año y medio para construir algo que diera una buena imagen en una Copa del Mundo. Cuando les decías a las jugadoras ‘ustedes son mundialistas’, te miraban con cara de ‘¿mundi...qué?’. También costó mucho meterles a ellas en sus cabezas esa transformación. A unas chicas que jugaban a la pelota, que les decían que eran buenas, que en sus casas no lo veían muy bien y les decían ‘dedícate a otra cosa’, que eran peloteras de barrio, les hicimos pasaporte, que la mayoría no tenía, las montamos en un avión y las llevamos a hacer giras. Les pusimos una camiseta y un himno nacional. Fue una transformación.

Recuerdo que, en su momento, su reflexión respecto de la condición física de las jugadoras generó bastante controversia. Que hubo que trabajarlas, adaptarlas para la competencia…

Esas chicas jugaban en el barrio, con niños, normalmente. Las que destacaban un poquito en un nivel muy bajo las juntaron, las vistieron de Selección. Entonces, eso pasa mucho en el deporte amateur, donde la exigencia es tal, pero de repente te encuentras con algo que es internacional. Ahí había un choque en todos los sentidos, en todas las facetas del juego, además de mentalidad, cuidados, alimentación, en sicología. Me acuerdo de que en un momento contratamos un sicólogo para el equipo y, claro, la intención era que fuera un sicólogo deportivo, que las hiciera rendir mejor en el campo y vinieron todas las chicas a decir que tenían problemas, una avalancha de cosas desatendidas físicas, mentales, emocionales y deportivas que había que trabajar. Ayer estuve viendo unas fotos en Twitter de las chicas que están ahora en Tokio y pensaba ‘qué bien se ven, qué flaquitas, qué músculos y qué pinta de deportistas’. Eso antes era una pesadilla.

¿Hubo que convencerlas de que había que cambiar el chip, de acercarse al profesionalismo?

Claro que sí. Lo que pasa es que siempre está la duda entre qué primero: que las jugadoras pongan los suyo, hagan el cambio y la gente les dé oportunidades o al revés. Que tú les des oportunidades, una pequeña paga y ellas produzcan el cambio. Sobre todo en sus clubes, porque en la Selección había un mejor ambiente, pero a chicas que les estás diciendo que tienes que renunciar a esto porque tienes que dormir o tienes que descansar o tomar suplementos o alimentarse así o así y van a sus clubes y siguen entrenando en parques mal iluminados, por la noche, que no les pagan ni la micro, es difícil que se lo crean. Son dos verdades que están demasiado lejos.

Todavía no lo es, pero en ese momento el fútbol femenino chileno no estaba ni cerca del profesionalismo. Hoy, al menos, algunos clubes están contratando a sus jugadoras.

Claro. En ese momento, muchas de las chicas tenían a sus espaldas a familiares y padres diciéndoles ‘qué estás haciendo, estás tirando tu vida, esto no tiene salida’. Y todavía las de las Selección eran un poco el orgullo de sus familias, porque podían viajar, se les pagaban viáticos, pero las de los clubes estaban muy lejos, incluso de ser deportistas.

Vamos a los casos positivos, como el de Endler, a quien usted tuvo entre sus dirigidas y hoy está convertida en una de las mejores arqueras del mundo, si no la mejor. ¿Esperaba que tuviera esa explosión y que alcanzara la estatura que hoy tiene en el mundo?

En el caso de Christiane, sí. El potencial era muy evidente. Como cuando ves a una persona que es muy talentosa en lo que sea que practica y dices ‘uff’. Tiene condiciones técnicas, tiene condiciones físicas, un buen entorno a su alrededor, es inteligente, tiene oportunidades. En su caso, sí. En otras, es más sorprendente para mí y también para ellas.

¿Por ejemplo en quienes?

No te querría dar nombres, pero hay algunas que cuando las conocí, con 16 años, no sé, uno tenía la sensación de que las vidas de esas chicas iban a ser muy duras y se han encontrado con oportunidades. Mira, te voy a dar un nombre de una que no está en la Selección. La Cote Rojas venía de un entorno complicado y un día me dijo ‘me voy a estudiar a Estados Unidos’, sin saber inglés, sin saber palabras en inglés, sin casi haber salido de su entorno. Un año después la convoqué para un torneo y recuerdo que la encontramos en el aeropuerto de Lisboa. Ella venía de Texas con una desenvoltura que me hizo pensar ‘esta chiquilla se transformó’. El fútbol le dio una serie de oportunidades. Le abrió el mundo.

¿Es el prestigio que ha alcanzado Endler un parámetro correcto para medir el momento del fútbol femenino chileno? ¿Eclipsa la realidad?

Lo sigo un poco, porque la señal no me llega. Ha evolucionado muchísimo, pero es verdad que Christiane es como la punta de un iceberg exitoso, modélico, referente, que no es la realidad de muchas que están con ella ahora mismo, en el hotel, esperando los Juegos Olímpicos. No hay que irse muy lejos.

¿Cuánto le falta al fútbol chileno, a nivel de liga, para acercarse al primer mundo del fútbol femenino?

Yo pienso que a nivel local, muchísimo. A nivel de selección hay diferentes mundos. Chile está muy, muy lejos de los que pelean por las medallas, de los top ten de la FIFA, pero ya asoma la cabeza, ya participa en esos campeonatos y solo el hecho de estar en esos torneos implica una preparación previa que es un motor de desarrollo. Entonces, a nivel nacional creo que está más cerca. A nivel nacional, está lejísimos.

La meta olímpica

¿Qué habría que considerar como una buena presentación de Chile en los Juegos Olímpicos?

Mira. Me lo han preguntado varias veces. Yo pienso que una buena presentación es aquella que cumple los objetivos. Si te planteas una serie de objetivos y los cumples satisfactoriamente, has tenido éxito. Entre esos objetivos no pondría la lucha por medallas, porque no me parece realista. Entonces, en eso no pensaría. Pienso en ser competitivo, que los partidos sean abiertos, que tengas ocasiones de gol, que el rival no te arrolle, en tener un estilo de juego propio y poder defenderlo. Eso ya sería un éxito, porque estamos hablando de potencias mundiales con las que Chile se va a medir.

¿Pasar el grupo debería ser un parámetro?

Pasar el grupo no es tan complicado, porque son 12 y pasan ocho. Es decir, solo cuatro se van a quedar fuera. Pero también te digo que para conformar los grupos se escogieron a los top y fue uno a cada grupo, los siguientes tres y fue uno a cada grupo y Chile está entre los últimos tres, con Zambia y Nueva Zelanda. Pasar de grupo sería un éxito, porque sería subir un escalón más, pero no es fácil, porque las otras tres son potencias.

Se lo pregunto porque, si bien se le tiene aprecio a lo que ha logrado esta Generación Dorada del fútbol femenino, también es dable preguntarse si es posible exigirles algo concreto.

Es que para mí haber clasificado a los Juegos es un éxito rotundo. Entonces, a lo mejor, la exigencia era llegar ahí. Y están. Para mí es un éxito. Para mí, todo lo que hagan va a ser bueno. Y si son capaces de competir, de defender un estilo, de que el partido sea abierto, no sé si sea realista plantear una exigencia. Hay que tener en cuenta que estas chicas llevan 10 años de evolución, muchas están cerca o pasaron la treintena y empezaron a entrenar en serio a los 18 o los 19, pero ellas perdieron toda esa infancia de preparación que las japonesas sí han tenido, que las británicas sí han tenido, que sí han tenido en Estados Unidos. Pedirles que recuperen el tiempo pasado es un poco injusto cuando no se les dieron las oportunidades. Quizás son las que vengan de atrás las que tengan un camino más amplio y a las que sí les puedas pedir que frenen un poco más lejos. Que pongan la meta un poco más lejos. A mí me parece que exprimir más a esta generación es un poco injusto.

En el Mundial de Francia se vio a una selección chilena contenida, con escaso peso ofensivo. En el repechaje frente a Camerún fue más protagonista ¿observa esa evolución?

Yo siempre creo que los equipos son un poco lo que son y lo que les dejan ser. Muchas veces ves a un equipo brillar y tienes que decir contra qué rival. Y lo contrario. Contra Estados Unidos es muy difícil que Chile genere muchas ocasiones de gol, tenga la pelota, domine el juego, porque no son niveles parejos. Sin embargo, nos estamos olvidando de que Chile sí ganó un partido en el Mundial y sí lo dominó: frente a Tailandia, otro tipo de rival. No es comparable. Contra Camerún jugaron un cierto fútbol, que estuvo muy bien, era lo que se necesitaba: ganar y clasificar. Pero no es comparable en lo absoluto con lo que se le puede plantear a Estados Unidos o a Gran Bretaña ni mucho menos a Japón. Canadá me queda un poquito ahí más abierto, pero no es comparable.

O sea, ¿hay que entender que Gran Bretaña y Japón son los rivales más fuertes del grupo y que Canadá es el es más abordable?

A ver. Yo pienso que los tres son muy buenos. Japón, claramente, es el mejor. Además, tiene un estilo de juego que a Chile le cuesta mucho, porque es de mucha posición, mucho toque y te hace correr. Tiene una calidad técnica brutal, te hace correr y te tiene la pelota. Dan ganas de marcharte al camarín y cerrar la puerta. Gran Bretaña es una trampa, porque son tres países. Eso nunca lo he terminado de entender. Tienen lo mejor. Es un fútbol más vertical, que va a arriesgar más la pelota. Quizás Chile pueda tenerla un poco más. Es menor ordenado defensivamente que las japonesas. A Canadá le he visto últimamente un par de partidos y me ha sorprendido. Antes hubiera dicho que es más flojito, pero la entrenadora le ha dado una vueltita. Y físicamente es muy bueno. Pero si tengo que ordenarlas, Japón es la más difícil. Y después están Gran Bretaña y Canadá.

¿Al menos Chile estará preparado para hacer partidos apretados?

Ojalá. Eso es lo que queremos. Ver un Chile competitivo, inteligente, que plantee de diferente forma cada partido, que sea capaz de hacer brillar sus fortalezas y de hundir un poco al rival, de sacarle los puntos débiles.

Una cosa es lo que propongan los rivales y otra la que plantee Chile, desde el punto de vista del entrenador, que en este caso es Letelier. ¿Le gusta la propuesta de juego que le ha visto a la Selección de la mano de su actual técnico?

Qué difícil pregunta. A ver. Coincido contigo en que a veces he visto un Chile muy conservador. Si hubiéramos pasado en el mundial a la segunda fase, quizás hubiese sido por no haber encajado demasiados goles, porque Estados Unidos, en vez de meter 11, te metió tres. Entonces, todos hubiéramos dicho ‘qué bien, que bien guardada la casa’. Es injusto, también. Yo, hay veces, contra ciertas selecciones, que me cerraría, mandaría el balón el partido a paseo, para que no me arrollen. Es lo que harías en un tsunami, agarrarte de una tabla y tratar de sacar la cabeza. Hay veces en que no te queda otra. Con Estados Unidos nos puedes irte arriba con la pelota, porque no llegas. La diferencia es demasiado grande. Es verdad que hay otros partidos en los que sí te queda un poco la cosa de ‘no podríamos dar un poquito más’. No sé. Yo veo lo que veo. No sé el planteo.

A ver, le voy a plantear un ejercicio: con estas jugadoras, ¿cómo jugaría Marta Tejedor? ¿Iría un poco más al frente que Letelier?

Me estás poniendo en un aprieto. Es bastante difícil. Cada partido es diferente. Sí me voy a tirar de cabeza con algo: yo con (Daniela) Zamora jugaría a la contra, sí o sí. Quiero decir: si a mí el otro equipo me está avasallando y recupero la pelota, no trataría de tener una posesión larga, metida en mi área, rodeada de rivales, teniendo a Zamora, con lo que esa atleta corre. Cuando uno no puede dominar el juego combinativo a lo mejor puede ir por otro recurso. Zamora es la carta que todos querríamos tener. A lo mejor echo un poquito de menos un poco más de eso. A mí me gustaba hacerlo, porque tener a Zamora me parecía un lujo. Ha mejorado muchísimo.

Le quiero preguntar, también, por el fenómeno que se ha generado en torno al fútbol femenino. Por esta identidad que incluso las ha llevado a llenar estadios, una realidad que no sé si soñaron o proyectaron.

Pues nosotros también los llenamos algunas veces. Recuerdo un Cuatro Naciones en La Serena y luego en el Mundial. Uno decía ‘de donde salieron estos’ o ‘qué regalan aquí’. Ahora es más consistente. Me llama la atención. Fui al Mundial de Francia, a París, a ver a Chile contra Estados Unidos y me impresionó la cantidad de gente que llegó con sus banderas a alentar a la Roja. Yo decía ‘y estos chalados, de donde se han escapados’. Te das cuenta de que algo prendió, algo revolucionó a la gente. Ellas, más allá del juego, representan a una masa social que se ve reflejada en ellas. A gente que ha tenido pocas oportunidades, que sueña con cosas y que quiere dar vuelta la norma. Es gente que ha hecho soñar al aficionado. Enganchan por la parte emocional.

¿Serán ellas quienes se tengan que hacer cargo de los equipos profesionales chilenos que hoy son íntegramente dirigidos por hombres?

Ojalá que sí, que algunas terminen siendo entrenadoras, otras fisioterapeutas, delegadas o administrativas. Ojalá que sí. Estaría el fútbol en buenas manos, porque ellas lo han vivido desde adentro. Nadie lo ha mamado más de cerca que ellas.

Machismo y recambio

¿Le llama la atención que a ningún equipo chileno de la Primera División femenina lo dirija una mujer?

Me parece raro y no sé por qué, porque no estoy suficientemente cerca. Habría que echarle una miradita. Pero, sí, es extraño. Está pasando algo. O no hay inversión en calificación o no hay oportunidades o, no sé, algo pasa.

¿Es machista el fútbol femenino, también?

Yo creo que las mujeres todavía somos muy machistas. La sociedad es machista. Y nosotros nacimos en esta sociedad. Es más fácil ser machista para un hombre, porque le resulta más cómodo, pero yo creo que las mujeres nos hemos criado en entornos donde se hacen cosas muy machistas y nos parecen normales. Hasta que nos las planteamos y decimos ‘por qué’. Entonces, sí, yo creo que el machismo está en la sociedad y está también en el fútbol femenino. Está en todas partes.

Entonces, ¿tiene que ver con esa disposición de ganarle espacios al machismo que impera en el fútbol quedarse con estos puestos?

A ver. El machismo parte de la base de que el hombre tiene más capacidad o más poder. O más oportunidades, mejores sueldos o, no sé, que la mujer. Para mí, eso es artificial y no tiene sentido. Tendrá sentido en casos puntuales y no tendrá sentido en otros casos. Todos somos diferentes. Entonces, todo lo que sea abolir ese concepto, que es arcaico y que es injustificado, es una buena decisión, sea en el fútbol femenino o en el mundo que sea.

¿Cuál es el próximo paso que debería dar el fútbol femenino chileno?

Yo estoy un poco preocupada por la continuidad de esta generación. Como hemos venido hablando, empezó en una etapa Sub 20. Ahora casi todas andan por la treintena o algo más y no veo que generaciones más jóvenes vayan siguiendo esos pasos. En los últimos Sudamericanos no encontramos a Chile en los cuadrangulares finales ni en las luchas por las primeras posiciones ni en Sub 17 ni en Sub 20. Entonces, yo creo que, ahora mismo. Lo que se necesita es apostar por el fútbol joven y apostar por el recambio. Evidentemente, sin olvidarte de estas, que son el modelo a seguir, por así decir. Me daría muchísima pena que ellas se vayan retirando y Chile se quede séptimo, octavo o noveno del continente.

Hoy el foco parece estar puesta en la profesionalización del campeonato, ¿usted antepondría lo otro, la búsqueda de nuevos talentos?

Quizás van las dos cosas de la mano. Muchas de las jugadoras Sub 17 o Sub 20 están jugando en la Primera División. Entonces, quizás es un poco tarde para ellas. Hay que apostar por las generaciones que tienen que hacer el recambio de esta.

Es un concepto que en el fútbol masculino ha generado bastante controversia. El fenómeno es parecido.

Es que las dos generaciones son contemporáneas. Quizás la de los hombres es uno o dos años mayor. Creo que en el caso de los hombres es más una mezcla de talento. En el de las mujeres, es una generación de trabajo. Todo un ciclo de trabajo. Pero no hay continuidad en las que vienen por detrás. Y es preocupante, porque en un par de años Chile desparece del mapa mundial y se empieza a hablar de ‘¿te acuerdas de cuando nos clasificamos una vez a los Juegos?’ y se empieza a ver algo como medio imposible si no preparamos a las que tienen que dar el recambio. Lo que veo desde lejos es que, de momento, es que no hay despunte.

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