Columna de Ascanio Cavallo: La soledad del presidente



Sebastián Piñera se ha convertido en el Presidente más solo desde Salvador Allende. Acaso no conozca incluso la extensión de su soledad. Quizás sería más politológico escribir “aislado”, pero a esa palabra le sobra un pelo de inculpación y le falta otro de fatalidad. El jueves, unos cuantos votos lo salvaron de lo que pudo ser la soledad final, pero no parece que esos votos lo hayan ayudado por razones algo más nobles que el cálculo y la oportunidad.

Para que el Presidente se quede solo se necesita una traición suprema, y esa sólo puede ser la de los suyos, su propio partido. En las horas dramáticas de septiembre de 1973, el Partido Socialista le rechazó al Presidente Allende todas las opciones que propuso para una salida política, y cuando ya fue demasiado tarde, en la mañana del 11, ni siquiera estuvo cerca para defenderlo. No fue la Unidad Popular -donde había de todo-, sino el PS, y esa traición le costó al partido años de desgarros y fantasmas internos, años que en algún caso ni siquiera han terminado.

Igual que entonces, a Piñera lo ha traicionado, sobre todo, su partido, Renovación Nacional. El momento de inicio de ese acto trágico es muy preciso: el 18 de octubre del 2019, el día que de pronto y sin aviso se hace visible que el Presidente no controla el orden público y hasta puede ser derrocado. En las jornadas que siguen, el partido brilla por su ausencia en La Moneda. ¿Dónde iba a defender al Presidente? Esta vez no hay golpe de Estado, no hay sangre, no hay dictadura. Pero todo lo que viene después es una profundización de ese abandono paulatino, ladino, cargado de rencores, de los pequeños y de los grandiosos. Es una traición civilizada, que no se consuma bajo una metralla abrumadora, sino en el Parlamento. Una traición aureolada por bellas razones de urgencia social y solidaridad electoral.

En RN se puede decir, como en el PS de los 70, que todo ha sido culpa de la tozudez, la inflexibilidad, hasta la arrogancia del Presidente. Que se lo advirtieron y no los escuchó. Que le pidieron y no les concedió. Que nada de esto habría ocurrido si. Que no es personal. Como en política nada es personal hasta que lo es, esta explicación es una llama eterna. También las otras: como la autosoledad no existe, hay que culpar al carácter. Los defectos de Piñera han sido más reseñados que sus virtudes, pero es una aporía que quienes lo eligieron, no una, sino dos veces, lo traten como a un desconocido.

La oposición no ha producido la soledad del Presidente. Ha sido tenaz, dura, a menudo intransigente, pero ha cumplido el papel que se espera de ella en una democracia. A veces se ha dejado llevar por entusiasmos que la psicología puede iluminar mejor que la política, destituciones, renuncias, elecciones anticipadas, mando de facto, derogaciones, en fin, un repertorio de feria, y por eso las inteligencias más alertas han llegado a advertir que ahora su responsabilidad es enorme, y que está obligada a “evitar que la institucionalidad se desplome” (Carlos Ominami).

Nadie habría imaginado esta frase en la noche del 17 de diciembre de 2017, cuando Piñera obtenía la más alta votación desde Frei y RN se disputaba a codazos las fotos junto al vencedor, el hombre al que nadie le había podido ganar, ni en la interna ni en la otra. Pero desde que esa noche quedó en el olvido, ya ninguno de aquellos ronda por allí y los muchachos de entonces prefieren otras fotos, las de los grandes afiches de las candidaturas que vienen.

Después del desesperado gambito de la ley para retirar el segundo 10% de los fondos previsionales con algunas restricciones, el Presidente ha quedado pendiente de dos decisiones: una, que la Cámara de Diputados vote su proyecto y se olvide del anterior, con lo que podría obtener una victoria pequeña y con gusto a agraz, y la otra, la de fondo, que el Tribunal Constitucional confirme que el gasto público es una atribución del Presidente. La Moneda ejecutó una maniobra rápida y contra sus principios, pero eso es todo. Hace rato que los principios se siguen sólo en el sentido de Groucho Marx (“si no le gustan, tengo otros”).

De esto podría depender que el sistema privado de pensiones no se desfonde en la cresta del efecto “chanchito roto” que se ha extendido en la anomia chilena. La forma en que se han gastado los fondos previsionales es expresiva -mientras al lado crecen los verdaderos problemas, el desempleo, las quiebras, la ineficiencia del Estado-, pero tampoco es culpa de la oposición que los parlamentarios de Chile Vamos no se den cuenta de nada. La miopía ajena todavía no es delito.

Lo más importante para Piñera, en todo caso, es que se confirme su atribución, pero ya no porque crea que la oposición no intentará sobrepasarla de nuevo, sino porque tratará de que sea un cortafuego para sus propios parlamentarios, cuyo desorden ha desafiado una y otra vez sus potestades. Es una situación rabelesiana: un tribunal impredecible, sumido en luchas intestinas, debe decidir algo que se parece mucho al último despojo de la autoridad presidencial.

La sombra del 2017 se volvió muy corta. Desprendido de las lealtades a las que sólo se sintió atado en unos primeros meses, el partido del Presidente está ahora sumido en un extraño juego de poder -directiva provisional, elecciones postergadas, ministros precandidatos- que remeda, quizás, la tempestuosa tarde de Casio. ¿O esto será como mucho?

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