Columna de Héctor Soto: Falta mucho

Manifestaciones en Plaza Italia



Efectivamente, falta bastante para que esta pesadilla del coronavirus acabe de una vez por todas y aún más para que expire el mandato constitucional de este gobierno. Por lo mismo, en las próximas semanas, en los próximos meses, seguiremos viviendo en esa tierra de nadie que es la incertidumbre, la cual hasta aquí mantiene al país recluido en términos sanitarios y, a pesar del acuerdo del domingo 14, promete paralizarlo todavía más en términos políticos.

La gran incógnita del momento es qué vientos soplarán después de esta pandemia. ¿Serán los mismos que barrieron el escenario político y urbano en octubre pasado o serán distintos? Sí, es verdad que cambiaron las circunstancias. Las demandas de ayer estaban conectadas con la abundancia y las de ahora conectarán, probablemente, más con la pobreza y la cesantía. Pero esto en la práctica no asegura nada. De hecho, el Chile golpeado que saldrá de esta pandemia podría radicalizarse todavía más de lo que estuvo en octubre. Y podría, asimismo, volverse bastante más moderado.

No sabemos lo que va a primar. Hubo un tiempo en que circuló mucho la tesis de que cada 40-50 años Chile tiraba la casa por la ventana y establecía una ruptura. Ocurrió el 25, ocurrió el 73 y estaba ocurriendo ahora. La pandemia puso en el congelador la supuesta dinámica, y la duda es si la película continuará en el mismo punto en que el Covid-19 la suspendió. Eso es, desde luego, lo que quiere la primera línea y es a lo que aspira la izquierda más dura. Lo que quiera la izquierda de matriz socialdemócrata o la DC importa poco en este caso, porque hace rato se desperfilaron y dejaron de mover las agujas. Quien dirima la disyuntiva, en todo caso, volverá a ser esa mayoría ciudadana algo errática que le dio un triunfo electoral insospechado a Sebastián Piñera el 2017, que luego le fue quitando el apoyo a su gobierno, que después simpatizó con el estallido (incluso con la violencia que las manifestaciones comportaron) y que a fines de marzo pasado estaba por decirlo así en estado de espera. Es claro que le había quitado fichas al estallido (de hecho, marzo nunca fue el cuco con que el rupturismo estuvo amenazando todo el verano). Sin embargo, estaba muy lejos de habérselas colocado al gobierno.

Al margen de una Constitución a la que el estallido puso en capilla, ¿irá a quedar algo de lo ocurrido en estos meses? No deja de ser raro que el estallido -aparte de desórdenes, vandalismo y kilómetros y kilómetros de pintarrajeo urbano- no haya sido capaz de instalar un solo liderazgo nuevo. Es que su épica era colectiva, dicen quienes se niegan a ver en este factor un síntoma de debilidad. Pero, por otro lado, la pandemia, sin tanta alharaca, ya ha instalado por lo menos tres: la doctora Izkia Siches, el doctor Sebastián Ugarte y, muy cerca de ellos, el actual ministro de Salud, Enrique Paris, entre otros. En tiempos de tanta desconfianza como los actuales, estas irrupciones ciertamente importan. Y vaya que cuentan, al punto, por ejemplo, de que es difícil imaginar en la oposición un liderazgo más potente que el de la actual presidenta del Colegio Médico.

Como quiera que sea, ninguna de estas conjeturas sirve para clarificar el escenario político inmediato. Está visto que la oposición persistirá en su estrategia de bloqueo y cogobierno, y en eso se alineará desde la DC hasta la izquierda de la izquierda del Frente Amplio. Está también visto que La Moneda no dejará pasar oportunidad para comprarse problemas, como acaba de hacerlo a propósito de la admisibilidad constitucional de determinadas iniciativas parlamentarias. ¿Qué tiene el gobierno -se pregunta uno- que meterse en estos pantanos si en Chile existe una instancia formal precisamente para zanjar esos desencuentros y hacer cumplir la Carta Fundamental, que es el Tribunal Constitucional? ¿Por qué al Presidente le gustan las peleas chicas y no se concentra en lo único que a los ciudadanos les interesa en estos momentos, que es cómo salir de la pandemia y cómo enfrentar la feroz contracción económica y social de este año? ¿Por qué antes de pedirle al Legislativo más respeto por el estado de derecho, cosa que nunca está de más, La Moneda no gasta un minuto de su tiempo en ordenar a este respecto a su propia coalición, puesto que son varios los diputados y senadores oficialistas que se han estado sumando al “todo vale” institucional?

Llegará el momento en que el tema de gobernabilidad del país se tenga que discutir en serio. Así como estamos, con un gobierno de un signo y un Congreso de otro, el sistema funciona poco y decepciona mucho. Básicamente, porque los acuerdos se han vuelto muy difíciles. El más reciente fue un parto de los montes, no obstante que estaba fácil y se trataba de direccionar un chorro de plata como el que el Estado chileno nunca vio ni volverá a ver en mucho tiempo. Si en las maduras esta negociación fue difícil, porque se trataba de repartir la torta, mejor ni imaginar qué ocurrirá en las duras, cuando en algún momento se imponga el desafío de hacerla creer.

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