Vacuna: la otra (y anterior) ruta para llegar a Chile

A principios de mayo el gobierno comenzó un camino para estar adelante en la entrega mundial de vacunas. Una estrategia supervisada por el Presidente, esperanzado con que aquí, en el manejo de la pandemia, podía estar su legado.




Fue el 5 de mayo cuando el Presidente Sebastián Piñera decidió que ya era momento de poner foco ahí. Mediante un WhatsApp les pidió a los embajadores de Chile en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Suiza, Holanda, Alemania, China e Israel que averiguaran los avances de los laboratorios de sus respectivos países en el desarrollo de una vacuna contra el Covid-19.

Pero, fiel a su estilo algo obsesivo, no quería respuestas al azar. Estas debían contener cuatro variables específicas: “(a) tiempos estimados de desarrollo, prueba y certificación; (b) posibilidad de licenciamiento de la tecnología; (c) distribución o venta; (d) medidas que podemos tomar para ponernos primeros en la fila, por ejemplo, oportunidades de aporte de capital de riesgo, financiamiento contra acceso prioritario o aportes en la etapa de prueba de las vacunas”, según se leía en los mensajes.

Los cuatro puntos los había conversado previamente con su equipo de Presidencia, particularmente con el asesor Benjamín Salas y con el ministro de Ciencias, Andrés Couve. Este, a su vez, ya había sido alertado por la comunidad científica de que era hora de comenzar a preocuparse de estar en la fila para cuando por fin comenzaran los atisbos de creación de una vacuna. “Couve, ponte las pilas con eso”, le habían whatsappeado sus amigos de las ciencias a mediados de abril.

Con la instrucción presidencial a los embajadores, La Moneda se embarcó en un intenso proceso de negociaciones para obtener la vacuna y que permite a Chile aparecer como uno de los primeros países cuya población comenzó a recibirla. Un triunfo importante para el Presidente en momentos en que su aprobación ciudadana está en alrededor del 7%, y que primero el estallido y luego la pandemia terminaron por dinamitar los ejes de su plan para su segunda administración. Tan así es, que en La Moneda ya se dice que la gestión de la pandemia del Covid 19 -coronando con la entrega de las vacunas- es lo más parecido a un legado del Mandatario.

Cuatro puntos cardinales

Los embajadores, dicen en Palacio, fueron bastante ejecutivos en las respuestas al Presidente. Piñera, a su vez, le daba la información al ministro de Ciencias, quien con un equipo le iba entregando distintos informes sobre los avances en el desarrollo mundial de vacunas. Ya a fines de mayo, el Mandatario ordenó comenzar a conversar con los distintos laboratorios, siempre apostando a tener tres o cuatro proveedores, y también solicitando un plan A, B y C. Fue entonces cuando se crea lo que en el Segundo Piso presidencial llaman el “Task Force Vacunas”, similar a los equipos que ya habían constituido países que iban más adelante en la pandemia. Además de asesores de la Presidencia, integraron el grupo el ministro Couve; la subsecretaria de Salud, Paula Daza; la jefa del Programa Nacional de Inmunizaciones (PNI), Cecilia González, y Sylvia Santander, también del PNI.

El entonces ministro de Salud, Jaime Mañalich, se automarginó de la convocatoria: por esos días encabezaba los pedidos y traslados de ventiladores y la pandemia en el país comenzaba a golpear con fuerza.

Al equipo también se unió una de las personas clave en el hecho de que Chile tenga hoy 38,5 millones de vacunas comprometidas. Rodrigo Yáñez, subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales. Así, Piñera dividió las tareas en dos: al ministro Couve le encargó los ensayos clínicos y evaluaciones de candidatos, y a Yáñez, las negociaciones con los laboratorios. Una misión que se veía difícil, considerando las complejidades que habían pasado recientemente con la compra de los ventiladores mecánicos durante esos mismos días.

Había días en que Rodrigo Yáñez recordaba los tiempos de los 33 mineros y de la cápsula Fénix. De la obsesión con que el Presidente se toma ciertas cosas. No le era extraño a Yáñez, había trabajado en el Segundo Piso durante todo el primer gobierno de Piñera. Terminado eso, estuvo durante la administración de Michelle Bachelet en Deloitte, y volvió al nuevo gobierno de Sebastián Piñera. De vacunas no sabía nada. “He tenido que reinventarme”, bromea. Ahora maneja precios, temperaturas, logísticas, mutaciones del virus. Y todo, con el Presidente marcando la misión. Durante una época, cuentan en Palacio, Yáñez hablaba varias veces al día con el Presidente, bastante más que casi todos los ministros.

Mientras en Ciencias observaban los ensayos clínicos en Chile y los avances en el mundo, y en Cancillería comenzaban a mirar eventuales compras “en verde”, ya en julio se crea un nuevo comité para la estrategia de vacuna -a cargo de Couve- que comienza a elaborar portafolios con recomendaciones al gobierno de los desarrollos más promisorios. En esas entregas, la elaborada por la china Sinovac corría con ventaja: según los expertos, era la menos riesgosa, y los ensayos clínicos de la UC apoyaron esa tesis. De hecho, el gobierno aportó con 2.600.000 millones de pesos y la CPC con dos millones de dólares a esos ensayos.

Fue por esos días también cuando Yáñez presentó la opción de Covax, una suerte de fondo de vacunas de distintos laboratorios muy bien valorada por Salud y Cancillería, pero que por entonces tenía una problema clave para el Presidente: su disponibilidad estaría para mediados de 2021. Y no, Piñera no quería esperar. Junto con asegurar que las negociaciones de Chile con los laboratorios fueran similares a las que estaban llevando otros países, el Presidente apostaba por estar entre los primeros gobiernos que gestionaran las vacunas y cuya población comenzara a ser inoculada. El factor tiempo para él era clave.

El subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales, Rodrigo Yáñez.

La hora de firmar

Pfizer aparecía adelantada en ese punto. Y ya a fines de julio, las conversaciones entre la gerenta general de Pfizer en Chile, Marta Diez, y el gobierno se intensificaban. La compañía -que trabajó con la alemana BioNtech en la elaboración de su vacuna- presentó una propuesta para asegurar la venta de 10 millones de dosis a Chile. Pero a diferencia de lo que ocurriría con Sinovac, Janssen y Johnson&Johnson, Covax y el laboratorio AstraZéneca en alianza con Oxford, Pfizer exigía firmar contratos previos antes de hacer una reserva.

Las negociaciones se demoraron varios meses - en parte porque se trata de la única fórmula basada en ARN mensajero, la que debe mantenerse congelada a menos de 70°Celsius, lo que suponía un enorme desafío logístico- porque, además, este contrato estaba sujeto a la legislación de Estados Unidos, cuestión que obligó al equipo de Yáñez a contratar al estudio jurídico Skaddem, de Nueva York, para que hiciera un informe en derecho sobre los alcances de las cláusulas. Y entre esas negociaciones, se logró un punto clave: que Chile fuese considerado como país de ingreso medio, por lo tanto, el precio que se cobrara fuese menor que el de los países desarrollados. Para eso, Yáñez envió una serie de informes del Banco Central y otros antecedentes para acreditar que desde el estallido social y la pandemia la economía chilena había retrocedido en casi ocho años.

En paralelo, el asesor de Piñera, Benjamín Salas, comenzaba a tener conversaciones claves con la jefa del Task Force del Reino Unido, Kate Binghman, para comparar las condiciones que Pfizer les estaba imponiendo a ellos con las que obligaba a Chile. Eso permitió, además, generar un vínculo de asesoramiento entre ambos gobiernos, cuestión que se vio también en que Chile apostara por Pfizer y por Covax: Inglaterra también pondría huevos en esa canasta. En los últimos días de septiembre -cuando finalmente se firmó el primer contrato de compras de vacunas- entre el ministro de Salud, Enrique Paris, y la presidenta de mercados emergentes de Pfizer, Susan Silverman-. el Presidente y el equipo negociador estaban nerviosos. Temían que cualquier paso en falso pudiese hacer caer el acuerdo, cuestión que finalmente no ocurrió. El contrato, cuyos detalles son confidenciales, estableció el pago del 10% de la compra de 10 millones de dosis. El resto será entregado a medida que vayan llegando las vacunas.

Andres Couve, Ministro de Ciencias, Tecnología, Conocimiento e Innovación.

Mala prensa

En La Moneda están conscientes de que con la vacuna china de Sinovac habrá que hacer un especial esfuerzo para bajar las suspicacias que genera. Por lo pronto, ya se definió que sería esa la que se aplicarán el Presidente y su gabinete. Es que uno de los escollos de esa vacuna es que no cuenta con la aprobación de la FDA norteamericana, aun cuando las condiciones que Chile se ha impuesto es que estén aprobadas por ese organismo norteamericano o algún Laboratorio Grado 4, como es el caso del Instituto Butantan de Sao Paulo, que este miércoles habría validado la eficacia de la vacuna coronavac, pero la propia compañía china les pidió retrasar la publicación de datos hasta por 15 días mientras consolida los datos de ensayos globales.

La importancia de la aprobación de la coronavac es fundamental para Chile, puesto que, además de haber firmado contrato por 10,1 millones de dosis -deben ponerse dos por persona-, asegura una entrega mucho más rápida. De hecho, se espera que la tercera semana de enero lleguen dos millones de dosis hasta completar la entrega total en el mes de marzo, lo que podría significar que parte importante de la población considerada de riesgo acceda a esta vacuna.

En la celeridad del envío de las dosis de Sinovac a Chile hubo una conversación clave, aseguran en La Moneda: el diálogo entre el Presidente Piñera y Xi Jinping con motivo de la celebración de los 50 años de relaciones comerciales entre ambos países, el pasado 15 de diciembre. Allí, Piñera le pidió apoyo en la tramitación de la salida de la vacuna hacia Chile y, según comentan en La Moneda, la mano de Xi Jinping se ha hecho sentir en estos días posconversación.

Y ya para abril, el calendario engancha con el compromiso de AstraZeneca Oxford de comenzar a enviar los cuatro millones de dosis que están en el precontrato firmado en noviembre, también por el ministro de Salud. Lo mismo con las de Covax (7,6 millones de dosis) y las elaboradas por Janssen junto a Johnson & Johnson, las únicas que no requieren dos inoculaciones por persona (cuatro millones).

A estos precontratos ya firmados se suman otros laboratorios en que Chile está poniendo el ojo: ya están en marcha las conversaciones con Novavax, un laboratorio norteamericano que trabaja en alianza con el Instituto Serum de la India, al que Chile ya le ha comprado vacunas para otros virus. Todo, con tal de que el plan se cumpla como reloj: tener 15 millones de personas vacunadas en junio, lo que permite alcanzar la anhelada protección de rebaño. Pero no solo eso: que con un estallido social y una crisis económica encima, Piñera pueda lograr el reconocimiento de haber actuado oportunamente en la gestión de la pandemia que azotó al mundo en 2020.

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