El centro de una ciudad acorralada

Protestas Plaza Italia

21 Octubre 2019 Protesta masiva en Plaza Italia Foto : Andres Perez

El lunes en la mañana, en el cuarto día de manifestaciones masivas, un periodista de La Tercera le tomó el pulso a la capital y conversó con varias personas que participaban en las marchas y protestas.




El cucharón marcaba compases de dos y tres tiempos, el ritmo más representativo de los cacerolazos que se vienen escuchando desde el viernes por todo Santiago. Junto a un par de amigos, Noam Gottlieb (24) estuvo dos horas golpeteando una paila frente a la Escuela Militar, con una cadena de militares armados al otro lado de la reja como única audiencia. Cerca del mediodía del lunes, un equipo de cinco efectivos de Fuerzas Especiales se acercó para pedirles que se retiraran, porque incomodaban a los soldados. "Nos echaron de forma simpática -explicó Gottlieb-. Estábamos manifestándonos pacíficamente, la idea es no causar desmanes". A esa hora, en ese lugar, el ruido de Gottlieb y sus amigos no encontraba demasiado eco. "Somos los únicos pelagatos caceroleando por acá. La tele ha metido demasiado miedo. Nos meten a todos en el mismo saco. Es el manual de la Doctrina del Shock", comentó el joven cineasta, citando a Naomi Klein mientras sus amigos se quejaban del trato de Carabineros. La protesta era pacífica, pero el trío estaba enrabiado con la falta de compromiso en el sector. "Parece que mucha gente prefirió cuidar su trabajo hoy día. Todos están muy individualistas. Deberíamos estar pensando en un paro nacional", dijo Gottlieb. Luego de incorporar espontáneamente a una cuarta integrante, su grupo comenzó a discutir dónde llevarían sus demandas.

La gran concentración ocurriría, como en los días anteriores y como casi siempre, en Plaza Italia. Con la estación Escuela Militar cerrada, la única opción de transporte público al centro eran las micros. Estas se iban llenando rápidamente camino al poniente por Apoquindo y luego Providencia, que no ofrecía mucho más que persianas metálicas cerradas a ambos costados. En varias de ellas se leía -en diversas caligrafías y colores de pintura- el eslogan que encendió la mecha unas semanas atrás: "Evade", una forma imperativa que parecía ubicua al ojo del transeúnte. En Plaza Italia aún no se veía demasiada gente, apenas un puñado de personas circundando el monumento al General Baquedano. Todos ellos estaban rodeados, a su vez, por "guanacos" y "zorrillos". Algunos manifestantes estaban más adelante, en las calles aledañas a la Universidad Católica, enfrascados en escaramuzas intermitentes con Carabineros. Algunas micros se veían obligadas a parar. "A ver, aquí mando yo", dijo un chofer al verse presionado por los pasajeros a continuar.

En el centro histórico convivían el entusiasmo de los manifestantes que marchaban hacia la Alameda con cacerolas y pancartas, y la inquietud de los pocos comerciantes y oficinistas que quedaban en el sector, quienes esperaban salir lo antes posible, anticipándose a un traslado que sería complicado. Alrededor de las 13 horas, en los paseos Estado y Ahumada quedaban pocos locales abiertos. "Es como un sábado -dice Andrés Gajardo (44), mesero del Grillé, en calle Matías Cousiño-. Hay muy poca gente trabajando. Yo espero agarrar moto pronto, porque vivo en Maipú y con suerte voy a sumar un par de lucas más de propina de aquí a las cuatro".

"Entiendo la impotencia. El discurso de los políticos no cambia. Tenemos precios de país rico con sueldos de país pobre. Ojalá que el gobierno saque un paquete de medidas de verdad, porque se está incubando más rabia".

Andrés Gajardo, 44 años, garzón.

Gajardo estaba de brazos cruzados frente al televisor. Un par de solitarios comensales estaba sirviéndose un menú de seis mil pesos al fondo del local. A esa hora normalmente está a mitad de capacidad. "Entiendo la impotencia", dijo Gajardo, sin despegar los ojos de la TV. "El discurso de los políticos no cambia. Tenemos precios de país rico con sueldos de país pobre. Ojalá que el gobierno saque un paquete de medidas de verdad, porque se está incubando más rabia".

A pasos del Grillé, el Café Atenas también atendía al público. Junto a los locales de comida china, los cafés con piernas sobresalían por su sentido del deber. Eli Torres, una joven venezolana, contó que habían llegado pocos de los clientes habituales y muchos primerizos que simplemente buscaban algún lugar para tomar algo. "A mí lo que me da temor, lo que de verdad me preocupa, es que empeore la visión que tienen los chilenos del extranjero. Las protestas que había en Venezuela eran mucho más violentas, con muchos muertos", explicó Torres.

En el paseo Ahumada, la mayoría de las vitrinas estaban oscuras; las puertas permanecían cerradas. Con tan pocas alternativas, muchos peatones recurrían a Hernán -como eligió identificarse el manicero de la esquina con Moneda-. "Mire, yo estoy tranquilo, pero noto mucho miedo. Todo esto de los saqueos, con gente llevándose plasmas y otros productos de alta gama. ¿Eso es justicia social? Muchos se quejan con tantas detenciones y heridos, pero sorry, no estaban estudiando, no eran blancas palomas", dijo Hernán, algo reacio a profundizar en sus opiniones, por lo que él define como su "necesidad de estar bien con Dios y con el diablo". Varios vehículos blindados de Carabineros pasaban detrás suyo, continuamente, rumbo a La Moneda.

Hacia la plaza

Unas cuadras más al norte, un grupo de unas 150 personas protestaba bailando alrededor de la Plaza de Armas al son de las cacerolas. Entonaban los viejos himnos de la marcha callejera, pero también sumaban unos más nuevos al repertorio, como "Chile despertó". Mientras la masa se movía en una dirección con las manos en alto, algunos se tomaban fotos con un cartel que decía "No estamos en guerra, estamos unidos". Por arriba de todo se sumaban manifestantes en balcones y terrazas. Una radiopatrulla vigilaba todo desde la esquina suroriente. Una mujer se mantenía pegada a los policías.

"Basta de protestas, corten el leseo", repetía la mujer, que se presentó simplemente como María. Uno que otro manifestante le contestaba algún insulto. "Estos son mis amigos", insistía ella, mirando a los uniformados. "Cuídense, amigos".

Uno de los carabineros reía.

Después de las dos de la tarde, emprendieron la marcha a Plaza Italia. Ya separados en grupos más pequeños, los protestantes tomaban diferentes rutas hacia su destino. En sus pancartas manifestaban consignas diversas, desde "No + AFP", "No al TPP" o derechamente pidiendo la renuncia de Sebastián Piñera. Luis Calderón (48), mayordomo de un edificio en Agustinas, estaba parado en la vereda, viéndolos pasar. Menos de un cuarto de los oficinistas de su  habían ido a trabajar y solo esperaba cerrar. "Se entiende este descontento. Yo ya estoy pensando en mi jubilación y debo tener unos $ 20 millones ahorrados. No me alcanza para nada. Veo mucha gente joven marchando por sus papás", dijo Calderón.

Mientras la mayoría desembocaba en la Alameda por las calles al poniente del Santa Lucía, otros caminaban por José Miguel de la Barra, que aún acumulaba algunos residuos de las barricadas del domingo. Gladys Saavedra, de 85 años, miraba hacia la calzada desde el umbral de su edificio. De inmediato recordó el olor a lacrimógenas de días anteriores y el bus calcinado que quedó frente a su edificio. Agregó que, a su edad, el ruido de las cacerolas también se hace molesto. "Tengo pena por el metro, porque lo uso bastante. Sé que hay cosas por arreglar, pero estas no son las formas. Yo nunca he robado en toda mi vida, no entiendo a esa gente que se roba los televisores", dijo Saavedra.

Habiendo dejado atrás el barrio del Parque Forestal, la gente que finalmente entraba a la Alameda por calle Lastarria debía cubrirse la nariz y aguantar el ardor de ojos. Algunos encapuchados juntaban peñascos para enfrentarse a Carabineros, que desplegaba sus blindados por las calles adyacentes, pero la mayoría se manifestaba en paz, a pie o sobre sus bicicletas. Según los conteos de las mismas autoridades, ese día confluyeron 20 mil personas en la Plaza Italia. Decenas de ellas terminaron heridas por balines de goma, atendidas en el suelo, bajo un sol inusualmente duro para el mes de octubre. Veinticuatro horas después, llegaría incluso más gente.

https://www.youtube.com/watch?v=LQjhrk3GZ8g

El camino al oriente se despejaba a la altura de Eliodoro Yáñez. En algunos tramos, Providencia era campo abierto. Sin micros ni autos en la ruta, solo se escuchaba el zumbido de los helicópteros y un caceroleo permanente, fuera cercano o distante. Al regresar a Escuela Militar, cerca de las seis de la tarde, el panorama era distinto. Cientos de personas ocupaban la calle y un número similar de soldados los custodiaba. Había francotiradores en el techo. La minúscula protesta matinal de Noam Gottlieb y sus amigos había -de cierta forma- prosperado.

Al darse cuenta que daban las ocho y la gente no se movía del lugar, tanto carabineros como militares dispararon al aire para dispersar a la multitud.

Santiago cumplía un día más en Estado de Emergencia. Los estruendos señalaban el inicio del toque de queda.

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