Columna de Sebastián Izquierdo: Un dilema de percepción

desigualdad


Atrás quedó el progreso económico y social que Chile experimentó en los últimos 30 años. Tal vez por eso han hecho eco con fuerza opiniones como la del Presidente, quien recientemente afirmó en su discurso ante la ONU que somos uno de los países más desiguales del mundo. ¿Es realmente así? Está claro que la desigualdad es y ha sido alta, y quien no lo quiera ver, solo debe asomarse al panorama de fines de 2019, cuyo pasto seco fue aprovechado por algunos para hacer arder varios rincones del país.

¿A qué debiésemos aspirar? El anhelo de un Chile digno y justo responde a una idea de equidad social donde la igualdad de oportunidades debe ser garantizada, por lo que las diferencias en términos materiales serían reflejo de los méritos propios de las personas y sus proyectos de vida. Esta concepción está lejos de aquella añeja idea de igualar completamente la riqueza material de todos; más bien, busca erradicar las desigualdades injustificadas. De todos modos, las políticas activas de redistribución en democracias modernas buscan enfrentar la desigualdad no solo por razones materiales, sino también morales.

¿Pero qué tan alta es la desigualdad? Si recurrimos a estudios basados en la encuesta CASEN (como es el indicador Gini), podemos ver que a medida que Chile fue progresando, la desigualdad fue disminuyendo. Incluso, las generaciones más jóvenes tienen una menor disparidad del ingreso respecto de las mayores. Ahora bien, producto de los problemas de sub reporte y cobertura de los ingresos más altos, es importante ver con cautela los resultados de la encuesta. Por ello se debe complementar esta información con la parte superior de la distribución de ingresos en Chile. En un análisis recientemente publicado en la revista Estudios Públicos, se intenta capturar los ingresos de capital que se concentran en la parte más alta de la población, dejando ver que ellos han crecido más rápido que los ingresos laborales. Los resultados corregidos no son auspiciosos, pues muestran que la desigualdad no disminuyó desde el 2003 al 2017. El escrito pone un freno a la mirada optimista que se obtiene del índice Gini, corrigiéndola por una que es menos esperanzadora.

Por su parte, el CEP publicó un estudio que intenta aproximarse a las percepciones ciudadanas acerca de la desigualdad salarial. Este concluyó que dichas impresiones pueden cambiar en poco tiempo, independiente de los indicadores de desigualdad, lo que sugiere que las percepciones pueden ser construidas por factores subjetivos. Si esto se combina con la evidencia empírica, finalmente podremos encontrar la respuesta sobre lo que hay que atender para no inducir presiones redistributivas que puedan ser regresivas en el tiempo.

Si queremos avanzar en una sociedad más próspera y equitativa, se debe poner atención a aquellos factores que afectan más críticamente la desigualdad. Es importante también que el Estado mejore las condiciones de acceso a datos para que la comunidad académica pueda producir mejor evidencia y conocimiento. Esta es una misión urgente considerando las secuelas que dejó el estallido y la pandemia. No olvidemos que dependiendo de cuál sea el diagnóstico, serán las soluciones.

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