Los peligros de un presidencialismo a medias

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La supuesta desconcentración del poder que traería el presidencialismo no es más que una serie de trabas que impiden algo vital en política: que los gobiernos cumplan sus promesas. Con ello, hemos alimentado un espacio de profunda desconfianza en nuestras instituciones.




De a poco se comienzan a formar los primeros acuerdos sobre el nuevo texto constitucional y, con ello, se atisba cómo sería el nuevo diseño institucional que pretende proponer la Convención Constitucional. Tal como reporta la Plataforma Contexto, en la comisión de Sistema Político aparece una mayoría a favor de una versión más atenuada del presidencialismo, en vez de una redistribución completa del poder. Con ello, la Convención podría caer en lo mismo que advierte Roberto Gargarella: tratar de sostener derechos del siglo XXI sobre estructuras de poder provenientes del siglo XIX. El desenlace es conocido, la incapacidad de estas estructuras de llevar adelante el ejercicio de esos derechos termina en una crisis mayor de legitimidad y, en algunos casos, en derivas autoritarias.

Chile enfrenta un grave problema de gobernabilidad basado en la incapacidad que tienen los gobiernos de llevar adelante sus propuestas. Así, en vez de cumplir sus promesas, los gobiernos han terminado, por diseño institucional, cuoteando instituciones como el Tribunal Constitucional o el Servel, a expensas de las capacidades técnicas necesarias. La supuesta desconcentración del poder que traería el presidencialismo no es más que una serie de trabas que impiden algo vital en política: que los gobiernos cumplan sus promesas. Con ello, hemos alimentado un espacio de profunda desconfianza en nuestras instituciones.

Si queremos diseñar un sistema donde el poder esté desconcentrado, a la vez de dotar a los gobiernos de la capacidad de llevar adelante sus propuestas, es más razonable mirar hacia las experiencias más recientes de parlamentarismo. En el último siglo, ya sea por procesos de descolonización o de democratización, distintos países han encontrado en la mezcla entre parlamentarismo y sistemas proporcionales, una forma de cumplir ambos objetivos. Por un lado, el sistema electoral se hace cargo de desconcentrar el poder y obligar a quien quiera gobernar, a llegar a acuerdos transparentes ante la ciudadanía. En un sistema parlamentario, si un partido o agrupación no alcanza la mayoría de escaños, se produce un proceso de negociación que termina con un programa conjunto entre todas las fuerzas políticas que lleguen al gobierno. Con eso, el gobierno se sostiene sobre sus mismas promesas, no pudiendo ignorarlas.

Hay quienes temen que los votantes en Chile rechacen no elegir al jefe de gobierno de forma directa, pero eso es mirar en menos su capacidad de adaptación. Hoy tenemos un sistema en el que se vota por personas al Congreso pero se eligen escaños por lista, lo que es mucho más confuso que esta alternativa. En países con sistemas parlamentarios, quienes aspiran al cargo de jefe de gobierno suelen ser quienes participan en debates y son los rostros de las campañas. No todos van a poder votar directamente por ellos, pero la conexión personal es clara y transparente. Incluso, puede agregarse su nombre en los votos, de forma que se sepa que, al votar por una lista, se vota para que esa persona asuma el cargo.

Aún estamos a tiempo para diseñar una sala de máquinas que nos permita crear gobiernos que se ganen la confianza ciudadana en vez de seguir perdiéndola. La respuesta está en no seguir haciendo lo mismo para buscar resultados distintos.

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