Pionera e ícono del deporte y la lucha contra el machismo: el profundo legado de Marlene Ahrens

Marlene Ahrens, en una sesión de fotos para La Tercera en 2016.

Con un talento innato, la atleta transitó por diversas disciplinas y funciones y en todas destacó por sus notables cualidades humanas, en tiempos donde ser mujer, madre y deportista no era un camino frecuente.




La figura de Marlene Ahrens (Concepción, 27 de julio de 1933-Santiago, 17 de junio de 2020) es una de las más grandes que el deporte chileno haya concebido. La única medallista olímpica de la historia y una persona que trascendió por sus notables cualidades humanas. Dueña de una determinación y una rectitud únicas que siempre fueron acompañadas por mucha calidez y amabilidad, virtudes que bajo ninguna circustancia desaparecieron. Su nombre se lo debe a la actriz y cantante alemana Marlene Dietrich, otra musa.

Una anédcota que la retrata absolutamente ocurrió en 1956, luego de obtener la celebrada medalla de plata en Melbourne. Pepe Nava, seudónimo que el periodista José María Navasal utilizaba en la Revista Estadio, daba cuenta de los reclamos de la atleta porque había sido excesivamente ensalzada y sentía que no merecía tales elogios.

“Marlene Ahrens tiene clase y nosotros lo escribimos. Pero dijimos más. Explicamos que, en la cancha, con su rubia cabellera ondeando al viento, las piernas lanzadas en rauda carrera y los brazos extendidos en el movimiento de la más clásica de las pruebas, nos había parecido una personificación del deporte atlético. Lo que soñaron los griegos al venerar la belleza; lo que señalaban los romanos como el ideal humano, al hablar de ‘mens sana in corpore sano’. A Marlene aquellas palabras le parecieron exageradas y protestó. Por unos días sostuvimos una amable polémica epistolar y telefónica con la campeona. Y ella, tratando de disuadirnos, nos convencía cada día más. Porque la clase no se tiene solamente en la pista o la cancha. Es parte de la vida entera. Y sus cartas sensatas, sus palabras serenas, desbordaban clase”, escribió el recordado cronista, quien años más tarde y ya dedicado al comentario internacional, sería compañero en Canal 13 de Karin Ebensperger, la primogénita de la deportista.

Justamente el nacimiento de la futura periodista ocurrió un año antes del logro olímpico de Ahrens, en una época en la que ser mujer, madre y deportista era muy poco frecuente y compatible. Pero incentivada por su marido Jorge Ebensperger, la musa del deporte chileno llegó a la jabilina. “Yo jugaba hockey y todos los años, cuando terminaba la temporada, íbamos a la playa. Entonces me puse a lanzar piedras hacia el mar y mi marido vio que lo hacía incluso más lejos que los hombres. Observó que ahí había una lanzadora innata y me recomendó al entrenador del Club Manquehue. Así partió todo”, relató en una entrevista con La Tercera, cuando cumplió 80 años en 2013.

Su final en el atletismo fue algo muy abrupto. Cuando preparaba su participación para los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, una sanción la privó de su tercera cita. “Me suspendieron por un año en víspera de los Juegos, por unas declaraciones que salieron en el diario Clarín y que yo desmentí. Le pedí al periodista que fuera a la Federación para que dijera lo que señalé y lo que él reprodujo. Igual me castigaron”, contó, para luego destapar la verdadera razón, un caso de acoso sexual: “El presidente del Comité Olímpico (Alberto Labra) tenía sangre en el ojo conmigo. Todo porque cuando fuimos al Panamericano de Chicago 1959, él se sobrepasó y yo lo frené. Por eso, cuando él salió elegido, se agarró de esas declaraciones y no hubo caso”.

“El 64 me retiré y no quise saber nada más del atletismo. Cuando pasó el año, yo apelé con pruebas, pusieron una comisión elegida por ellos y al final dijeron que no merecía el castigo. Pero para que no tuviera que dimitir el directorio, sometieron el fallo a votación y trabajaron los votos. No me dejaron exponer mi parte, fue una votación viciada. Y ahí dije ‘nunca más’”, contó sobre el término de su carrera.

Después de dejar la jabalina, aprendió a jugar tenis, una disciplina que por esos días tenía a Carmen Ibarra como la mejor en la disciplina. La excampeona nacional desclasifica a La Tercera una anécdota que enaltece las cualidades humanas de Ahrens: “Un día jugamos en contra y cuando me fue a dar la mano, me regaló un anillo, como muestra de admiración. Me pareció algo muy lindo de su parte. No me gusta hablar mucho de mí, pero ella cuando empezó a jugar, yo era la número uno de Chile. Entonces, yo era su regalona e iba a verme a todos los partidos. Ella tenía un talento innato para el deporte, porque llegó a jugar en Escalafón”.

La destacada deportista forjó una amistad con la medallista olímpica, a quien siempre le gustaba verse fuerte. “Una tarde nos juntamos a tomar tecito en su casa y ella se iba a operar de una cadera. Justo ese día un periodista la iba a ir a entrevistar a la casa. Entonces, va a y me dice: ‘Voy a caminar normal cuando reciba al periodista. No quiero salir cojeando‘. Y caminó como si no tuviera nada, pese al dolor que sentía”.

Marlene Ahrens y Carmen Ibarra, durante uno de los campeonatos nacionales de tenis en la década del 60.

Otra muestra de su modestia ocurrió tras la polémica que se generó tras la elección del mejor deportista del Siglo XX, que quedó en manos de Marcelo Ríos. La deportista cuestionó que el Chino se hubiese quedado con el galardón y comentó que su candidato era Elías Figueroa, restándose méritos propios. “¿Yo? No, no se puede comparar el esfuerzo del fútbol con lo mío”, comentó.

Multifacética. En su juventud, además del hockey y el atletismo, había practicado vóleibol, natación y saltos ornamentales. Sin embargo, después del tenis, Ahrens transitó por la equitación, dándose el lujo de participar en los Panamericanos de Mar del Plata 1995, con 61 años, en la categoría de adiestramiento ecuestre. Practicó regularmente esa disciplina hasta una edad muy avanzada. “Lo dejé porque a mis 83 años como que me canso un poco. Ya no me da el mismo placer de antes y se me transforma en sacrificio. Y yo encuentro que uno no está en este mundo para sacrificarse”, comentó en otra entrevista a este diario en 2016, al cumplirse los 60 años de su medalla.

Se unió al Comité Olímpico, entre 2000 y 2002, período en el que fue vicepresidenta. Sin embargo, terminó muy desencantada, porque los valores éticos y morales estaban muy lejos de los que a ella le inculcaron en su formación: “Me retiré, porque había cosas que no me gustaban. Cuando les preguntaba por las platas, se molestaban y hacían cosas, como que a una boleta de 40 mil pesos le ponían un 1 delante y se echaban 100 mil pesos al bolsillo. Luego, cuando hubo un recibimiento a unos militares que fueron campeones mundiales en Italia, pregunté cuánto costó el cóctel y se molestaron. Ahí decidí no seguir”.

La rectitud siempre fue una premisa de vida. Y su mayor deseo para la posteridad fue por esa vertiente. “Me gustaría que me recordaran como una persona a la que siempre le gustó trabajarle a la verdad. Me cargan las cosas falsas”, reflexionaba el día en que cumplió 80 años, un deseo que transversalmente la sociedad hoy ratifica.

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