Santiago: una historia de estallidos

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Casi siempre por alzas en el transporte y teñidos de una violencia que pocos previeron, los "reventones" sociales fueron puntuando la historia de la capital. En mayor o menor medida, dejaron huella, como consignan tres historiadores consultados por La Tercera PM.




"El año 1905 fue especialmente conflictivo", anota Armando de Ramón en Santiago de Chile, donde revisa 450 años en la vida de la capital. Ya desde hacía un par de años, se venía albergando cierta preocupación en la época, dada la difusión de ideas socialistas y anarquistas que según consigna un parte policial de 1903, "incitan al pueblo a la revuelta y a alzarse contra las autoridades y el orden social". Pero ni esas autoridades inquietas ni el resto del mundo tuvo en la agenda lo que vino en octubre del año señalado.

Ese mes se produjo, prosigue De Ramón, "la llamada 'semana roja' que se inició con una concentración convocada [para el día 22] a fin de protestar por el mantenimiento de un impuesto sobre el ganado argentino que había provocado un alza considerable de la carne". A raíz de la manifestación, hubo actos que derivaron en "una de las asonadas más violentas que hasta entonces había conocido la ciudad de Santiago".

Participó en ellas, prosigue el historiador, "un número muy elevado de personas, entre 25 mil y 50 mil según la prensa [en una ciudad que en 1907 contaría con 332 mil habitantes], los que ya en la noche anterior se habían apoderado de la Alameda iniciando la sistemática destrucción de las fuentes de agua, farolas, rejas, bancos y otros adornos. Grupos de obreros, 'turbas de los arrabales' y gente venida desde las comunas vecinas a Santiago desfilaban agresivamente gritando consignas contra 'los bribones del Congreso' y contra los 'vampiros del pueblo'"

Nuevas oleadas arribaron a la ciudad, desparramándose por los diversos barrios "en grandes y numerosas masas en actitud subversiva y desordenada". En los tres días siguientes, cuenta De Ramón, Santiago de Chile vivió "todos los excesos más temibles y donde la aparición de gente miserable, mujeres harapientas y sucios adolescentes pusieron un "gran miedo" entre los habitantes de la ciudad.

Con las tropas militares inicialmente fuera de la capital y una policía superada, se recurrió a "guardias de orden", en las que participaron bomberos y vecinos de las calles más importantes, a todos los cuales la policía y el gobierno entregaron mil rifles. Estas brigadas, "fueron acusadas de los más abominables excesos, como el de disparar a matar contra los oradores que arengaban a las muchedumbres y contra 'cualquier transeúnte con aspecto de trabajador'".

La "huelga de la carne" derivó en la gran primera revuelta social en el Santiago del siglo XX. No la primera a secas, porque esta había sido la de abril de 1888. Pero esta última comparte con las que vendrían más tarde el gatillante: el reclamo contra el alza en las tarifas de transporte público, en esta caso de carros de sangre. En una ciudad de 250 mil habitantes, el pánico y la violencia se dieron en una escala semejante.

La chaucha

Para 1949, Santiago había pasado en nueve años a un millón y medio de habitantes, siendo la mayoría de los nuevos santiaguinos migrantes rurales. Con el Partido Comunista ilegal desde hacía un año, "la situación política y económica era tensa", anota el historiador Simón Castillo para el colectivo Micrópolis. A inicios de agosto subió la bencina, haciendo inevitable un alza de tarifas en la locomoción colectiva. La diurna y la nocturna aplicaron el alza el día 12: la diurna subió solo 20 centavos, pero lo hizo en más del doble que la nocturna, siendo los más perjudicados los obreros que salían de sus turnos de noche y los alumnos de liceos nocturnos, también de las clases populares.

"Los primeros en salir a las calles no fueron los obreros, sino los estudiantes de la U. de Chile", consigna Castillo. El mismo día hubo marchas, desórdenes y enfrentamientos con la policía en diversos puntos de Santiago. "¡Ni un veinte más para los millonarios autobuseros!", gritaban los manifestantes, a propósito del poderosísimo gremio del rodado, que manejaba unas tres cuartas partes del transporte público (cuando el metro no era siquiera un sueño).

Las cosas se calmaron el fin de semana, para volver con fuerza el martes 16 y miércoles 17, cuando miles se volcaron a las calles, atacando la locomoción colectiva y a carabineros. Según la prensa, "el movimiento rompió los moldes de una manifestación estudiantil y fue surgiendo un clima verdaderamente revolucionario". La multitud volcó micros y tranvías, además de apedrear el Club de la Unión –acto simbólico como pocos- y el Sindicato de Autobuseros. Albert Camus, por esos días en Santiago, dice haber sentido "un terremoto".

Hubo fuego de artillería y fusilería y no es claro el número de muertos que arrojó la jornada. Esa misma tarde, el Ejecutivo anuló el alza, culpando a un funcionario de haberla decretado sin consultar. ¿Qué otros resultados palpables tuvo el episodio? Por de pronto, al decir de Castillo, el pase escolar ya existía, pero el movimiento reforzó la necesidad social de una tarifa escolar que no deba estar expuestas a los vaivenes del mercado.

Abril del '57

El 26 de marzo de 1957, el Gobierno de Carlos Ibáñez anunció el incremento de la tarifa de la locomoción colectiva en Concepción, Santiago y Valparaíso. En el puerto se constituyó un "Comando Contra Las Alzas", y el día confluyeron distintas marchas en la Plaza O'Higgins. Carabineros irrumpió disparando. Algunas fuentes hablan de una decena de heridos y un trabajador muerto.

En la capital, en tanto, el día 31 se negociaba la "bajada" de una movilización liderada por la FECH, negociación en la que intervino el entonces senador Salvador Allende. El lunes 1° la comienzan a bajar, cuenta el historiador Pedro Milos, "hasta que sucede la muerte de Alicia Ramírez y el movimiento renace, más agresivo. Es allí, el 2 de abril, cuando se produce un relevo de actores: los estudiantes son desplazados por sectores marginales, que en ese momento fueron tildados de 'lumpen' y que hoy reconoceríamos como lo que a partir de los 60 llamaríamos 'pobladores'. Son ellos quienes manifiestan su malestar y ejercen violencia contra los bienes, saqueando el comercio del centro de Santiago. Son los excluidos de la época".

La respuesta del Gobierno fue curiosa, añade el autor de 2 de abril de 1957. Historia y Memoria (2007): "Reprime con la policía hasta media tarde, y luego la retira, dejando en manos de los manifestantes el centro, con lo que el pillaje se acrecienta. Y solo al caer la noche, avalado por el estado de sitio, saca a las FFAA a restablecer el orden rudamente. Esto, con el apoyo de una clase política que estaba anonadada (todos se preguntaban entre sí, '¿fuiste tú?', tratando de entender quién manejaba esto). Una clase política que, sin embargo, gozaba de mayor legitimidad que la actual".

Lo llamaron "la batalla de Santiago". Sin que, nuevamente, las cifras estén claras, se habla hoy de "numerosos muertos y cientos de heridos", tras todo lo cual se constituyó una comisión que revisaría las tarifas, las que quedaron congeladas. En cuanto a implicancias de otro orden, Milos plantea: "El movimiento no tuvo otros logros mayores. No tenía incidencia directa en el sistema político y tampoco era relevante en términos económicos ni sociales. Eran los excluidos. Sin embargo, va remecer el sistema de representaciones políticas, generando más tarde cambios significativos. Por una parte, estos actores, difusos aún en 1957, serán luego reconocidos como pobladores, 'los pobres de la ciudad', y su representación va a resultar gravitante para la Democracia Cristiana, primero, y para la izquierda, después. Pero 'el 2 de abril' va a estar también en el origen de dos prolongaciones del sistema político: hacia la izquierda, con el MIR, y hacia la derecha, con el gremialismo".

Pocos son los historiadores, que prediquen "leyes históricas" que deriven en lecciones que se predican para que no la historia no se repita. En la historia siempre hay algo históricamente nuevo y siempre hay ecos del ayer.

Es lo que parece plantear Gabriel Salazar cuando dice en octubre de 2019, "es la primera vez en toda la historia de Chile que la masa social logra remover todo el país, en coincidencia con la ciudadanía crítica (cacerolazos, desfiles, huelgas), y que no sólo saqueó lo que saqueó, sino que dejó al Gobierno tambaleante y a la ciudadanía global en posición de iniciar una ofensiva política".

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