Andrea Colamedici, filósofo italiano: “La inteligencia artificial es medicina y veneno a la vez: una tecnología capaz de amplificar el pensamiento como de narcotizarlo”
El académico es el autor de Hipnocracia, ensayo que describe la era de la inteligencia artificial como una forma de "imperialismo cognitivo". Originalmente, el filósofo publicó el libro con una identidad ficticia y causó controversia al revelar que usó IA en el proceso. Fue uno de los invitados estelares del Congreso Futuro.
Es un apocalíptico, pero un apocalíptico entusiasta, dice con una sonrisa. Al filósofo italiano Andrea Colamedici le atraen las paradojas. “Amo la tecnología tanto como la odio, y la odio mucho”, dice. Por eso usa y estudia la inteligencia artificial y las herramientas digitales: para conocerlas y pensarlas mejor. En la era de la IA, este intelectual admirador de Borges cree que es un error rechazar o ignorar la transformación que estamos viviendo, tanto como “la capitulación entusiasta que delega el pensamiento en las máquinas”.
Profesor del Instituto Europeo de Diseño y la Academia de Artes y Nuevas Tecnologías de Roma, Colamedici se propuso analizar “cómo opera el poder en la era digital”. Un poder que “actúa mediante la saturación, la modulación de la atención y la construcción algorítmica de la realidad”.
Su propuesta y su intención eran ir más allá de un ensayo convencional. “Un libro tradicional sobre manipulación mediática habría sido absorbido de inmediato por el mismo ecosistema que pretendía criticar”, piensa. En cambio, de la mano de la IA, dio forma a otra voz: una voz artificial que describe y cuestiona asertivamente el ambiente digital.
—Jianwei Xun fue el dispositivo que permitió ese cortocircuito: un filósofo ficticio cuyas ideas sobre la construcción de la realidad se convirtieron en una demostración viva de esas mismas ideas —dice.
Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad fue el título del ensayo que Colamedici publicó a inicios de 2025, bajo el nombre de Jianwei Xun. El libro llamó poderosamente la atención por su tesis: vivimos en la era de la hipnocracia, seducidos por las pantallas y manipulados por los algoritmos.
“La hipnocracia es una forma de imperialismo cognitivo, en la que muy pocos actores tienen el poder de decidir cómo escribimos, cómo imaginamos, cómo buscamos información y cómo construimos sentido“.
La recepción adquirió otra dimensión cuando Colamedici asumió ser el cerebro detrás del libro.
Sentado en un sofá del salón Vip del Congreso Futuro, Andrea Colamedici repasa el discurso que dará en el auditorio principal del centro cultural CEINA. Viste traje oscuro, el pelo ligeramente rebelde y demuestra una simpatía que matiza sus declaraciones apocalípticas.
—Hipnocracia es el primer régimen de la historia que no necesita controlar los cuerpos. No censura: satura. No reprime los pensamientos: los orienta. No dice qué pensar. Dice en qué pensar —dijo luego en su intervención, donde hizo hablar a Jianwei Xun.
¿Jianwei Xun es un filósofo generado por la IA?
Más bien es un dispositivo filosófico generado con IA. Es el nombre que adoptó el encuentro entre las inteligencias artificiales y yo: una entidad emergente que no puede reducirse a ninguno de sus componentes. Escribí Hipnocracia utilizando la IA de una determinada manera: no es un libro escrito por la IA.
Para Colamedici, esta diferencia es significativa, porque “un filósofo generado por IA pensaría solo a partir de conocimiento extraído y procesado. Por sofisticado que fuera, carecería de ese anclaje en la experiencia vivida que caracteriza a la filosofía humana. Xun, en cambio, nació de meses de diálogo conflictivo, de objeciones y reescrituras, de momentos en que pedí a la IA que desmontara mis tesis”.
¿Qué diferencia a la hipnocracia de la sociedad del espectáculo que describió Guy Debord o la sociedad del rendimiento que analiza Byung-Chul Han?
El régimen hipnocrático opera en un nivel más profundo que la simple cautividad frente a las pantallas. La diferencia es que mientras el espectáculo de Debord todavía requería cierta pasividad del espectador y la sociedad del rendimiento de Han exigía hiperactividad del sujeto, la hipnocracia funciona mediante la modulación algorítmica de estados alterados de conciencia. Nos mantiene en un estado de trance óptimo para el consumo y el control. La hipnocracia es una forma de imperialismo cognitivo, en la que muy pocos actores tienen el poder de decidir cómo escribimos, cómo imaginamos, cómo buscamos información y cómo construimos sentido.
“La economía de plataformas es una economía del trance”, dice. ¿A qué se refiere?
El capitalismo tradicional acumulaba plusvalía mediante el control de los medios de producción. El capitalismo de vigilancia, como lo describió Shoshana Zuboff, extrae valor de los datos conductuales. Pero el capitalismo digital hipnocrático opera en un nivel aún más profundo: no acumula solo plusvalía económica, sino estados alterados de conciencia. Su producto final es la sugestión masiva.
Cuando hablo de trance no me refiero a algo místico. Me refiero a ese estado muy concreto en el que nos encontramos cuando levantamos la vista de la pantalla y descubrimos que ha pasado una hora sin que nos demos cuenta. Esa condición en la que estamos despiertos pero no presentes, activos pero no agentes. Es un estado real, medible, y las plataformas están diseñadas para inducirlo y mantenerlo el mayor tiempo posible.
Así, agrega, mientras “el capitalismo de vigilancia observa lo que usted ha hecho, el capitalismo hipnocrático modula lo que usted deseará”.
Usted vincula la IA con un concepto platónico: el pharmakon. ¿Cómo se relacionan?
En el Fedro, Platón describe la escritura como pharmakon: medicina y veneno a la vez. La inteligencia artificial ocupa hoy ese mismo lugar: es una tecnología capaz tanto de amplificar el pensamiento como de narcotizarlo. Como todo pharmakon, la IA depende de la forma en que se administra, se recibe y se interioriza. Es la postura crítica del sujeto lo que determina si se convierte en un acto de cuidado o de sometimiento.
El pharmakon es siempre ambiguo. Por eso no puede reducirse a una simple herramienta ni elevarse plenamente a la categoría de sujeto. El mayor riesgo consiste precisamente en no reconocer su naturaleza bifronte.
“Trump y Musk han perfeccionado la técnica de crear crisis y luego proponerse a sí mismos como la solución”.
Es decir, ¿reconoce los beneficios de la IA?
El pharmakon no sería pharmakon si fuera solo veneno. La misma IA, que puede disolver el terreno común de la realidad, también puede abrir espacios donde el pensamiento vuelve a hacerse necesario. Las herramientas de la hipnocracia, cuando se usan a contrapelo, pueden convertirse en instrumentos de lucidez.
Y cuanto más se perfeccionan las técnicas de captura de la atención, más visible se vuelve su artificialidad. En esos momentos de fallo o fatiga podemos encontrar oportunidades para otras formas de ver. La pregunta es cómo desarrollar lo que llamo “soberanía perceptiva”.
Donald Trump y Elon Musk son los sumos sacerdotes de este nuevo paradigma. ¿Por qué?
Trump y Musk representan la encarnación más pura del poder hipnocrático, porque han perfeccionado el arte de operar mediante la modulación de la percepción colectiva. Ambos han perfeccionado la técnica de crear crisis y luego proponerse a sí mismos como la solución.
Colamedici recuerda el caso de Renee Nicole Good, poeta de 37 años y madre de tres hijos, que fue asesinada a tiros por un agente del ICE en Minneapolis. “En cuestión de horas, Trump la acusó de haber intentado, ‘de manera violenta, deliberada y maliciosa’, atropellar al agente, mientras que el secretario de Seguridad Nacional calificó el hecho como ‘un acto de terrorismo doméstico’. Una poeta se convierte en terrorista. Una testigo se convierte en agresora. La realidad se reescribe en tiempo real”.
“Y aquí aparece lo que define verdaderamente la condición hipnocrática: todos vemos las mismas imágenes. Existe registro en video. En esas imágenes, ella no representa una amenaza. Sin embargo, las imágenes ya no bastan. La evidencia visual compartida ya no establece una realidad compartida”.
Para el académico, ya no se trata solo de posverdad:
—Es algo más profundo: el colapso del propio suelo sobre el cual los hechos podían ser arbitrados. Trump puede ser simultáneamente víctima de un sistema corrupto y el hombre más poderoso del mundo. Musk puede criticar el transhumanismo mientras implanta chips en cerebros.
Soberanía perceptiva
Andrea Colamedici se dedica a enseñar Prompt Thinking como una práctica filosófica y una postura existencial para la era de la inteligencia artificial generativa.
—El enfoque convencional hacia la IA la trata como un oráculo, pero eso no es pensar. Es delegar el pensamiento a herramientas diseñadas para complacer al usuario y capitalizar su atención. La sycophancy —la tendencia de la IA a colmar al usuario de halagos— es precisamente lo contrario del pensamiento, que necesita fricción para crecer. El Prompt Thinking, en cambio, concibe la interacción como un diálogo mayéutico. El prompt puede convertirse en un gesto filosófico que define un espacio compartido de exploración.
En el Prompt Thinking, dice, se valora el error, el malentendido y la disonancia como posibilidades del diálogo. Su nuevo ensayo gira en torno a este concepto y aparecerá en febrero, en inglés y en español.
—El próximo libro publicado bajo el nombre de Jianwei Xun desarrolla esta filosofía. Su tesis central es que toda buena pregunta dirigida a un modelo generativo constituye una perturbación ontológica que interrumpe la continuidad de la máquina y la obliga a tomar posición, a elegir un mundo posible entre muchos.
La inteligencia artificial generativa lleva la delegación del pensamiento a un nuevo nivel. Ya no delegamos solo la orientación espacial: delegamos la escritura, el razonamiento, la síntesis, la creatividad.
¿Puede la IA crear pensamiento original?
Un sistema de IA por sí solo piensa a partir de conocimiento extraído y procesado. Pero cuando un ser humano entra en un diálogo genuino con una IA, puede ocurrir algo distinto. El verdadero valor epistemológico de la inteligencia artificial no reside en su capacidad para emular o amplificar el pensamiento humano, sino en su alteridad constitutiva. Es en la fricción entre modalidades cognitivas radicalmente distintas donde se generan chispas de novedad conceptual. Así que sí: humano + IA pueden generar pensamiento original.
“La tarea de la educación hoy también es enseñar a usar la IA para pensar mejor. Pero eso exige una transformación pedagógica profunda”.
En este sentido, ¿cuál es el desafío de la filosofía y la educación?
El desafío consiste en evitar dos errores simétricos: el rechazo ludita que pretende ignorar la transformación en curso y la capitulación entusiasta que delega el pensamiento en las máquinas.
Colamedici cita un estudio en taxistas londinenses, obligados a memorizar miles de calles para obtener su licencia. “Descubrieron que su hipocampo —la región cerebral asociada a la memoria espacial— aumenta de volumen”. En cambio, conductores que usan siempre GPS vieron “una reducción de la activación del hipocampo. El cerebro deja de trabajar porque alguien más trabaja en su lugar”.
—La inteligencia artificial generativa lleva la delegación del pensamiento a un nuevo nivel. Ya no delegamos solo la orientación espacial: delegamos la escritura, el razonamiento, la síntesis, la creatividad. Un estudio reciente de Microsoft y Carnegie Mellon reveló que en el 40% de las tareas realizadas con asistencia de IA los usuarios declararon no haber aplicado ningún pensamiento crítico. Ninguno. Aceptaron la respuesta sin evaluarla.
Así, dice, “la tarea de la educación hoy también es enseñar a usar la IA para pensar mejor. Pero eso exige una transformación pedagógica profunda: aprender a formular preguntas que abran espacios de exploración en lugar de cerrarlos, a usar el error y la disonancia como momentos fértiles del pensamiento, a mantener una presencia activa en el propio acto de interactuar con la máquina”.
“La oposición no solo es inútil, es alimento que deleita al adversario”, escribe. ¿Cuál es entonces la alternativa a resistir la manipulación?
La resistencia no puede adoptar la forma de la oposición, sino la de cultivar una cualidad distinta de atención, en dos planos. El primero es el arte de habitar las grietas: conversaciones profundas sin utilidad medible, experiencias ordinarias invisibles para la economía de la atención. Su fuerza está en su banalidad: un silencio compartido, una mirada sostenida un segundo de más, un pensamiento que madura lentamente sin convertirse en publicación. Se trata de mantener vivos espacios de autonomía perceptiva temporal, zonas donde aún pueda emerger un ritmo distinto de la conciencia. Esta es la práctica de la soberanía perceptiva en su forma más íntima.
El segundo es más táctico: usar el pharmakon contra sí mismo. Utilizar la IA para generar preguntas que interrumpan el flujo hipnótico.
Colamedici concluye:
—Ambos caminos convergen en un punto esencial: reaprender la diferencia entre pólemos y guerra. La hipnocracia nos vende una guerra perpetua, un espectáculo de conflicto que nos anestesia. Lo que debemos recuperar es el pólemos: el conflicto sano y fértil de las ideas que ocurre en un espacio compartido, donde el diálogo no busca destruir al otro, sino mejorar a todos los involucrados. La resistencia última, entonces, consiste en reconstruir los lugares —físicos, digitales y mentales— donde podamos pensar juntos, en fricción y en confianza, sin que cada pensamiento sea capturado y mercantilizado de inmediato.
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