Dramático informe de la ONU advierte que la humanidad entró en la era de la “bancarrota hídrica global”
“Este informe revela una verdad incómoda: muchas regiones viven por encima de sus posibilidades hidrológicas y muchos sistemas hídricos críticos ya están en bancarrota”, afirma el autor principal del estudio, Kaveh Madani.
En medio del agotamiento crónico de las aguas subterráneas, la sobreasignación de agua, la degradación de la tierra y el suelo, la deforestación y la contaminación, todo ello agravado por el calentamiento global, un informe de la ONU declaró este martes el comienzo de una era de “bancarrota hídrica global”, invitando a los líderes mundiales a facilitar una “adaptación honesta y basada en la ciencia a una nueva realidad”.
Publicado con motivo del 30º aniversario del Instituto para el Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) y de cara a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026 -que se celebrará en Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos, del 2 al 4 de diciembre-, el informe titulado “Bancarrota hídrica global: Vivir por encima de nuestras posibilidades hidrológicas en la era poscrisis”, sostiene que los términos familiares “estrés hídrico” y “crisis del agua” no reflejan la realidad actual en muchos lugares.
El mundo ha entrado en una nueva etapa: cada vez más cuencas fluviales y acuíferos están perdiendo la capacidad de volver a su normalidad histórica. Así, sequías, escasez y episodios de contaminación que antes parecían crisis temporales se están volviendo crónicos en muchos lugares. En este escenario, el estudio concluye que la humanidad ha entrado en un estado de “bancarrota hídrica global”, una falla sistémica permanente donde el capital natural necesario para la recuperación ha sido liquidado.
“Este informe revela una verdad incómoda: muchas regiones viven por encima de sus posibilidades hidrológicas y muchos sistemas hídricos críticos ya están en bancarrota”, afirma el autor principal del estudio, Kaveh Madani.
Madani ha sido subdirector de la agencia ambiental de Irán, activista y negociador climático. Pero, fundamentalmente, siempre ha sido un científico del agua. Ahora, como director del Instituto para el Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas, anhela que el mundo reconozca que ha malinterpretado las sequías, la contaminación de los ríos, los conflictos y otros problemas que enfrentan los sistemas hídricos.
Expresado en términos financieros, el informe señala que muchas sociedades no solo han gastado en exceso sus “ingresos” anuales por agua renovable proveniente de ríos, suelos y mantos nivosos, sino que también han agotado los “ahorros” a largo plazo en acuíferos, glaciares, humedales y otras reservas naturales.
Esto ha resultado en una lista cada vez mayor de acuíferos compactados, hundimientos de tierras en deltas y ciudades costeras, la desaparición de lagos y humedales, y una pérdida irreversible de biodiversidad.
Señales de escasez por todas partes
Si bien no todas las cuencas ni todos los países están en bancarrota hídrica, afirma Madani, “suficientes sistemas críticos en todo el mundo han superado estos umbrales. Estos sistemas están interconectados a través del comercio, la migración, las retroalimentaciones climáticas y las dependencias geopolíticas, por lo que el panorama global de riesgos ha cambiado radicalmente”.
“El mundo está utilizando ahora tanta agua dulce como consecuencia del cambio climático que ha entrado en una era de bancarrota hídrica, y muchas regiones ya no pueden recuperarse de la frecuente escasez de agua”, escribió el propio Madani en un artículo publicado el martes en The Conversation.
“Aproximadamente 4 mil millones de personas -casi la mitad de la población mundial- viven con una grave escasez de agua durante al menos un mes al año, sin acceso a agua suficiente para satisfacer todas sus necesidades. Muchas más personas están sufriendo las consecuencias del déficit hídrico: embalses secos, ciudades que se hunden, cosechas fallidas, racionamiento de agua e incendios forestales y tormentas de polvo más frecuentes en las regiones más secas”, grafica Madani.
A juicio del experto, “las señales de escasez de agua están por todas partes, desde Teherán, donde las sequías y el uso insostenible del agua han agotado los embalses de los que depende la capital iraní, agravando las tensiones políticas, hasta Estados Unidos, donde la demanda de agua ha superado el suministro del río Colorado, una fuente crucial de agua potable y riego para siete estados”.
“Y entonces aparecen los costos ocultos”, denuncia Madani: “Los lagos se reducen año tras año. Los pozos necesitan ser más profundos. Los ríos que antes fluían todo el año se vuelven estacionales. El agua salada se infiltra en los acuíferos cerca de la costa. El suelo mismo comienza a hundirse”.
“Este último, el hundimiento, suele sorprender a la gente. Pero es un indicio de la escasez de agua. Cuando se extrae en exceso el agua subterránea, la estructura subterránea, que retiene el agua casi como una esponja, puede colapsar. En la Ciudad de México, el terreno se hunde unos 25 centímetros al año. Una vez que los poros se compactan, no se pueden rellenar fácilmente”, explica.
El informe “Bancarrota hídrica global” documenta la generalización de este fenómeno. La extracción de aguas subterráneas ha contribuido a un hundimiento significativo del terreno en más de 6 millones de kilómetros cuadrados, incluidas zonas urbanas donde viven cerca de 2.000 millones de personas. Yakarta, Bangkok y Ciudad Ho Chi Minh son ejemplos bien conocidos en Asia.
Panorama estadístico claro
Basándose en conjuntos de datos globales y evidencia científica reciente, el informe presenta un panorama estadístico claro de las tendencias, la gran mayoría causadas por los seres humanos: el 50% de los grandes lagos en todo el mundo han perdido agua desde principios de la década de 1990 (el 25% de la humanidad depende directamente de ellos), el 50% del agua doméstica mundial ahora se deriva de aguas subterráneas, el 70% de los principales acuíferos muestran un declive a largo plazo y 410 millones de hectáreas de humedales naturales, casi igual en tamaño a toda la Unión Europea, han sido borradas en las últimas cinco décadas.
Los humedales no solo retienen agua. También la purifican, amortiguan las inundaciones y sustentan la flora y la fauna. La pérdida de servicios ecosistémicos de estos humedales se estima en más de 5,1 billones de dólares, similar al PIB combinado de alrededor de 135 de los países más pobres del mundo.
Y las consecuencias para los seres humanos han sido evidentes. Hoy el 75%: de la población vive en países clasificados con inseguridad hídrica o con inseguridad hídrica crítica. En tanto, 3.000 millones de personas viven en zonas donde el almacenamiento total de agua está disminuyendo o es inestable, y donde más del 50% de los alimentos mundiales se producen en esas mismas regiones con estrés.
Según el reporte, 170 millones de hectáreas de tierras de cultivo de regadío presentan estrés hídrico alto o muy alto, equivalente a la superficie de Francia, España, Alemania e Italia juntas. “Esto amenaza la estabilidad del suministro de alimentos en todo el mundo”, advierte Madani.
“Las sequías también están aumentando en duración, frecuencia e intensidad a medida que suben las temperaturas globales. Más de 1.800 millones de personas (casi 1 de cada 4) sufrieron sequías en distintos momentos entre 2022 y 2023. Estas cifras se traducen en problemas reales: aumento de los precios de los alimentos, escasez de energía hidroeléctrica, riesgos para la salud, desempleo, presiones migratorias, disturbios y conflictos”, agrega.
Caída de la calidad del agua
La calidad del agua también está disminuyendo, apunta Madani. La contaminación, la intrusión salina y la salinización del suelo pueden provocar que el agua esté demasiado sucia y salada para su uso, lo que contribuye a la escasez de agua. El cambio climático está agravando la situación al reducir las precipitaciones en muchas zonas del mundo. El calentamiento aumenta la demanda de agua para los cultivos y la necesidad de electricidad para bombear más agua. También derrite los glaciares que almacenan agua dulce.
“A pesar de estos problemas, las naciones continúan aumentando la extracción de agua para apoyar la expansión de ciudades, tierras de cultivo, industrias y ahora centros de datos”, cuestiona.
¿Y qué hacer frente a este panorama tan sombrío? “La gestión de la quiebra requiere honestidad, valentía y voluntad política”, sostiene Madani. “No podemos reconstruir los glaciares desaparecidos ni reactivar los acuíferos gravemente compactados. Pero sí podemos evitar una mayor pérdida del capital natural que nos queda y rediseñar las instituciones para que se ajusten a los nuevos límites hidrológicos”.
“A pesar de sus advertencias, el informe no es una declaración de desesperanza”, sostiene el experto. “Es un llamado a la honestidad, el realismo y la transformación. Declararse en bancarrota no significa rendirse, sino empezar de cero. Al reconocer la realidad de la bancarrota hídrica, finalmente podemos tomar las decisiones difíciles que protegerán a las personas, las economías y los ecosistemas. Cuanto más nos demoremos, más se agravará el déficit”.
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