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Monica Hirst: “Estas elecciones en Brasil cierran probablemente un ciclo de convivencia cercana del PT con el poder”

De cara a la primera vuelta presidencial de este domingo, la académica brasileña dice que “no hay renovación de liderazgos competitivos que puedan reemplazar en cuatro años a una centroizquierda dirigida por el PT”. Y en el escenario de un triunfo de Flávio Bolsonaro, cree que el país va a enfrentar “un proceso shakespeariano de manejo del poder”.

"Esta elección cierra un ciclo, y cierra probablemente un ciclo de convivencia cercana del PT con el poder", sostiene Hirst.

La última encuesta de Datafolha, conocida el jueves, ratificó el escenario de virtual empate técnico que otros sondeos han venido registrando de cara al duelo de este domingo entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro por la primera vuelta presidencial. Con una leve ventaja, el líder del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) busca un histórico cuarto mandato.

Lula llega a esta instancia sumando el 45% de las intenciones de voto válido, que excluyen los votos en blanco, nulos y los indecisos, frente al 40% de Flávio Bolsonaro. En una eventual segunda vuelta, programada para el 25 de octubre, sobre el total de votos, hay un empate técnico: 48% para el presidente y 45% para el senador del Partido Liberal.

Para el 17% de los electores, revela Datafolha, todavía es posible cambiar su voto. El rechazo es el mismo: el 45% dice que no votaría de ninguna manera por Flávio, un porcentaje idéntico al de Lula. El gobierno es evaluado negativamente por el 41% y positivamente por el 35%. El 49% desaprueba personalmente al presidente y el 48% lo aprueba.

Según el diario Folha de Sao Paulo, dos movimientos marcaron la semana. La medida provisional que prohíbe las apuestas online, aprobada por Lula, apuntó al electorado femenino de bajos ingresos; entre las mujeres, Lula pasó del 42% al 45%, y Flávio, del 33% al 35%. Por su parte, la polémica sobre Nuestra Señora de Aparecida, a partir de una noticia falsa en redes sociales que aseguraba que el hijo de Jair Bolsonaro le quitaría el título de patrona de Brasil si ganaba las elecciones, benefició a Lula entre los católicos (del 45% al 50%) y a Flávio entre los evangélicos, entre quienes lidera por 52% a 26%.

Monica Hirst es coordinadora por Brasil del Conversatorio Latinoamericano (CONLAT), un consorcio de cuatro universidades latinoamericanas.

En medio de este escenario polarizado, Monica Hirst, historiadora brasileña con un doctorado en Estudios Estratégicos e investigadora asociada al Núcleo de Estudios de Actores y Agendas de Política Exterior (NEAAPE) del Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado do Río de Janeiro (IESP-UERJ), conversó con La Tercera sobre qué se puede esperar de estas elecciones. Aunque apuesta por un triunfo de Lula, la también coordinadora por Brasil del Conversatorio Latinoamericano (CONLAT), un consorcio de cuatro universidades latinoamericanas, cree que estos comicios “cierran probablemente un ciclo de convivencia cercana del PT con el poder”.

Aunque las encuestas muestran este escenario como casi imposible, algunos artículos en la prensa brasileña se han preguntado si la elección presidencial se puede definir en primera vuelta. ¿Cómo lo ve usted?

Muy, muy improbable. Parece muy difícil, porque todavía hay pedazos de electorado que no están tan polarizados. Esto es un tema matemático. Es muy difícil. Y los niveles de rechazo siguen muy parejos y muy estables. Realmente son alteraciones de uno o dos puntos máximo para uno o para otro. Así que tendríamos que tener una realidad donde, primero, hubiera una cantidad de abstenciones que a último momento cambiase de idea. Nada en este momento está produciendo este empuje en el electorado, en lo que está ocurriendo. Entonces es difícil imaginar esto. Y por otro lado, como ya dije, los niveles de rechazo están muy estancados. Aunque el gobierno adoptó medidas, tomó últimas acciones para incentivar más apoyo, no hay tiempo, los tiempos no dan. Puede ser que esto tenga impacto para la segunda vuelta, pero muy difícil que lo tenga para la primera.

Distribución de las urnas electrónicas a los centros de votación desde el Centro Electoral del Jardín Botánico, en Río de Janeiro. Foto: Fernando Frazão/Agência Brasil Fernando Frazão/Agência Brasil

Para la eventual segunda vuelta del 25 de octubre las encuestas muestran un empate técnico. ¿Se replicaría entonces lo que sucedió en la última elección de 2022 entre Lula y Jair Bolsonaro, donde la diferencia fue de apenas 1,8 puntos porcentuales?

Sí, yo creo. Puede ser porque yo quiero, pero yo tiendo a pensar que la victoria de Lula va a llegar a casi dos puntos. Es lo que yo creo, pero no estoy segura, sinceramente. Porque, como yo dije antes, el rechazo es muy fuerte y hay un 4% o 5% que estará con una derecha que no es bolsonarista, pero de no votar va a favorecer a Bolsonaro. Entonces, es posible que la victoria de Bolsonaro al final se dé no por los votos hacia él, sino por la ausencia de votos hacia a Lula.

Y en ese sentido, ¿qué cree que la gente puede reconocer en la gestión de Lula que la lleve finalmente a votar por él y a darle un cuarto mandato?

Tendría que haber una visión, que no hay, que tuviera conciencia de que es la despedida. Es lo que también están diciendo los analistas, y yo estoy de acuerdo. Esta elección cierra un ciclo, y cierra probablemente un ciclo de convivencia cercana del PT con el poder. No hay renovación de liderazgos competitivos que puedan renovar en cuatro años a una centroizquierda dirigida por el PT. Pero también es cierto que si llega a ganar el bolsonarismo, el desastre en que Brasil va a ingresar, en un momento internacional donde este desastre va a costar carísimo, esto va, creo yo, a generar una reorganización de las fuerzas políticas de centro y puede traer novedades para dentro de cuatro años.

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, durante el cierre de su campaña en el centro de la ciudad de Sao Paulo. Foto: @LulaOficial en X

O sea, usted apuesta a que Lula gana esta elección, pero ya es su despedida. Si es así, ¿cuánta culpa tiene Lula de haber impedido la renovación de los liderazgos políticos en el PT?

Esto no es una evaluación de culpados e inocentes, y sí de cómo el partido se movió. Acá esto no es un liderazgo despótico, ni mucho menos. O sea, no hubo y nunca se construyó desde Lula un tipo de liderazgo populista como tantos que hubo en América Latina y que eran de un verticalismo incluso ideológico, disciplinario. Nunca hubo esto en el PT. El PT tiene y está construido incluso con una fuerte presencia de los movimientos sociales hasta el día de hoy. Lo que sí hay es un reconocimiento al liderazgo de Lula y que es la propia sobrevivencia del partido. Para mí esto es mucho más un proceso de construcción consensual que una imposición vertical.

Algunos analistas sostienen que Brasil enfrenta una crisis económica y que por ello Lula lanzó un paquete de ayudas sociales en la recta final de la campaña. En su opinión, ¿cuál es la situación económica en este momento y cuánto puede pesar eso al momento de la votación?

Yo creo que es falso decir que hay una crisis económica en Brasil. El país crece, el país amplió su nivel de empleo. O sea, a pesar de toda la política tarifaria de Estados Unidos, aumentó el superávit comercial de Brasil. Ahora, dicho esto, Brasil tiene una crisis social crónica, una desigualdad social crónica. ¿Se podría haber hecho más? Sí. Se podría haber hecho más principalmente en algunos campos clave, como es el campo de la educación. En salud se hizo mucho, pero en educación se quedó debiendo. O sea, hay muchas políticas sociales que tienen que mejorar su capacidad de gestión, de redistribución, pero hay problemas crónicos en todo el sistema de poder también de Brasil, como el sistema judicial y el Congreso. El Congreso maneja mucha plata de una manera excesivamente politizada. Entonces, acá no es solo el Ejecutivo. Hay problemas crónicos, responsabilidades de todos, incluso del propio gobierno.

Flávio Bolsonaro junto a la imagen de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro.

Pese a la condena contra Jair Bolsonaro por intento de golpe de Estado, su hijo Flávio Bolsonaro tiene posibilidades ciertas de amagar la reelección de Lula. ¿Cómo se explica que el bolsonarismo sea tan fuerte electoralmente en Brasil?

Yo tengo dos explicaciones. La primera es la pandemia. Durante la pandemia en Brasil murieron unas 750 mil personas y gran parte de esa cifra fue por culpa de una mala gestión en salud pública de este presidente. Pero al mismo tiempo, la pandemia le permitió ahorrar muchísimo su capacidad de daño y principalmente la capacidad de acción política de toda la mafia con la cual ha operado y opera. Entonces hay una realidad de lo que significa el bolsonarismo en el poder que todavía Brasil no conoce, que es algo que se ve ahora en Estados Unidos. Trump 1 y Trump 2 no tienen nada que ver con un proceso de transformación de la personalidad de Trump, pero tiene que ver con que hay condiciones de libertad de acción y obviamente de producción de daño mucho mayor en este momento que cuando el mundo estaba en una situación pandémica. Lo mismo pasa en Brasil. Y no se olviden, que no se engañen. Flávio Bolsonaro no va a gobernar, no es él. Esto no va a ser un gobierno de un presidente. Esto va a ser un gobierno de un grupo que va a escuchar ahí sí, con mucho verticalismo, todo lo que Jair Bolsonaro todavía pueda decir y ordenar, incluso a su propio hijo. Esto va a ser un proceso shakespeariano de manejo del poder. Yo no tengo ninguna duda sobre ello.

¿Usted cree que eventualmente puede favorecer un triunfo de Flávio Bolsonaro la forma cómo se están moviendo las fuerzas políticas en Sudamérica, donde hemos visto la irrupción de varios gobiernos de derecha y extrema derecha?

Claro que esto ayuda. Esto ayuda no porque los países vecinos tengan poder relativo, sino porque fortalece la propia construcción de una narrativa y posiblemente algunas acciones dañinas de injerencia e intervención de Estados Unidos. Entonces, hoy día la idea de que Sudamérica y América Latina en general y Caribe sean un patio trasero de Estados Unidos fortalece mucho todo. En fin, le da mucha legitimidad a (el secretario de Estado norteamericano) Marco Rubio y su grupo para actuar y para apoyar a la extrema derecha en todos lados. Y, obviamente, la joya de la corona es Brasil, de esto no hay ninguna duda.

Lula aparece sosteniendo en alto una imagen de Nossa Senhora de Nazaré durante un evento de campaña en Belém, Pará, en septiembre de 2026.

En ese sentido, el presidente de Argentina y aliado de Trump, Javier Milei, causó polémica con sus declaraciones contra Lula cuando asistió al lanzamiento de la campaña presidencial de Flávio Bolsonaro. ¿Estima que este apoyo le aporta o es un lastre para su candidatura?

No, colaboró, contribuyó. Este hombre dijo cosas que acá no se dirían. O sea, fue más grosero y más contundente y confrontacional de lo que es la política. Milei es un producto casi que extraterrestre de tanta grosería. Bueno, es como Trump, ¿no? En este sentido, yo creo que Milei y Trump son muy parecidos. Pero sí, digamos, no produjo ningún daño, ningún costo y de alguna manera fue benéfico. Es bueno para el bolsonarismo tener malas relaciones con Argentina en este momento.

Donald Trump sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca junto al senador brasileño y candidato presidencial Flávio Bolsonaro.

Sobre el Escudo de las Américas, la prensa brasileña dijo que el gobierno de Lula se vio “sorprendido” por la decisión de los países latinoamericanos con gobiernos de derecha que respaldaron la decisión de Estados Unidos de designar al Primer Comando de la Capital (PCC) y Comando Vermelho (CV) como organizaciones terroristas. ¿Cuánto aísla esta iniciativa de Trump y cómo puede reaccionar Brasil ante ese aislamiento?

Brasil ya está reaccionando a esta política, tratando de construir una política propia y soberana de seguridad pública. Hay un plan de gobierno para seguridad pública que está por ser aprobado en el Congreso. Además, se trata de cumplir con todo lo que la Constitución establece en materia de políticas públicas en este campo. Hay mucho más que hacer de lo que se está haciendo, hay mucho más que se podría haber hecho que no se hizo, pero de todas maneras lo que pretende esta iniciativa (el Escudo de las Américas) es crear un nivel de injerencia. Y más que un nivel de injerencia, la idea de que todo tipo de actuación de todos los países de la región, con los mismos objetivos en el país que sea, es legítimo. Y esto es muy grave.

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