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Miedo, distancia y soledad: las brechas que alejan a la tercera edad de la cultura, según estudio

Una investigación realizada por la Universidad Católica revela que las barreras de acceso a la cultura no son individuales, sino estructurales, y cuestiona cómo el Estado entiende y garantiza este factor para el bienestar de las personas mayores.

El estudio pone el foco en una serie de barreras que terminan desincentivando la participación cultural en la vejez.

Aunque solo un tercio de las personas mayores de 70 años participa hoy en actividades culturales, el problema no parece ser la falta de interés. Así lo revela un estudio del Observatorio del Envejecimiento UC–Confuturo, que pone el foco en una serie de barreras, tanto materiales, como territoriales y simbólicas, que terminan desincentivando la participación cultural en la vejez.

“La caída de la participación después de los 70 años es evidente, pero no se explica por qué a las personas mayores no les interese la cultura”, cuestiona Valentina Jorquera, investigadora y coordinadora del Observatorio responsable de esta investigación. Por el contrario, admite que las cohortes actuales mantienen una conciencia muy clara de su importancia. “Lo que aparece con fuerza son barreras de acceso que terminan desactivando esa participación”.

Uno de los aspectos menos discutidos, según la investigadora, es la forma en que se entiende la cultura en el debate público. “Seguimos asociándola casi exclusivamente a la ‘alta cultura’: teatro, cine, museos. Sin embargo, las personas mayores expresan interés por una gama mucho más amplia de manifestaciones culturales, muchas de ellas comunitarias o cotidianas. Esto es clave para la política pública, porque no basta con facilitar el acceso a espacios tradicionales que, además, suelen ser lejanos o poco accesibles”.

El trabajo cualitativo del estudio permitió observar cómo operan estas barreras en la vida cotidiana. Más allá del costo de las entradas, emergen con fuerza factores como la inseguridad y la falta de compañía. “Varias personas relataban que una obra podía estar relativamente cerca de su casa, pero si terminaba a las nueve de la noche, el miedo a volver solas hacía que desistieran”, señala Jorquera.

Imagen referencial.

La falta de compañía no solo incrementa la sensación de inseguridad, sino que afecta el sentido mismo de la experiencia cultural. “Estas actividades tienen un fuerte componente relacional: comentar la obra, compartir, sentirse acompañado”, explica la investigadora. Una entrevistada de más de 70 años, que vivía cerca del Teatro Municipal, relató que el miedo a salir de noche y la imposibilidad de convencer a su familia para acompañarla terminaron por hacerla desistir de manera permanente. “Con el tiempo, esa experiencia reiterada desactiva incluso el deseo”, advierte Jorquera.

El lugar donde se vive es otro factor determinante. Si bien el estudio no cuenta con representatividad estadística rural-urbana, existe amplia evidencia de que la distancia geográfica condiciona el acceso cultural. En zonas urbanas, la concentración de teatros, museos y centros culturales, junto con una mayor oferta de transporte, facilita la participación. En contextos rurales o alejados de los centros, las distancias y los traslados se vuelven una barrera estructural.

“Entrevistamos a personas mayores con un alto interés cultural que desarrollaban verdaderas estrategias para asistir a actividades, incluidos viajes largos”, relata Jorquera. En estos territorios, además, adquieren mayor relevancia expresiones culturales no clásicas, como fiestas locales, artesanía o manifestaciones comunitarias.

Miedo, distancia y soledad

El estudio también identifica al espacio digital como una oportunidad, aunque con límites claros. Plataformas como YouTube han ampliado el acceso a conciertos, obras y charlas, especialmente para quienes viven lejos o tienen problemas de movilidad. “Muchas personas mayores nos contaban que buscan contenidos culturales en línea para satisfacer su interés”, señala la investigadora.

Sin embargo, lo digital no logra reemplazar la experiencia presencial. “La dimensión corporal y comunitaria es irreemplazable”, afirma Jorquera.

Para Jorquera, el punto de partida debe ser reconocer la cultura como un derecho garantizado a lo largo de todo el ciclo de vida. “La evidencia muestra que la participación cultural fortalece la integración social, mitiga la soledad y puede tener efectos protectores frente a la depresión y el deterioro cognitivo”, subraya.

Desde esa perspectiva, no basta con gratuidad o descuentos. “Hay que revisar cómo, dónde y en qué condiciones se ofrecen las actividades”, sostiene. Una línea de avance es acercar la cultura a los barrios, integrándola al espacio cotidiano de las personas mayores, y ampliar la noción de cultura más allá de la infraestructura clásica.

Foto: La Tercera. Andres Perez

También se requieren estrategias específicas para enfrentar la inseguridad y la falta de compañía, sin trasladar la responsabilidad a las familias. Entre las medidas con mayor potencial se mencionan los sistemas de acompañamiento entre pares, funciones diurnas, transporte accesible y programación territorialmente cercana, utilizando incluso plazas o sedes sociales.

El estudio además realza la importancia de promover a las personas mayores no solo como consumidoras, sino también como creadoras culturales. Actividades como artesanía, artes plásticas o fotografía despiertan alto interés, pero requieren apoyos adaptados para sortear barreras de salud, técnicas o de acceso.

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