Cambio climático, en un mundo cambiante



Por Miguel Schloss, ex director de Planificación Corporativa del Banco Mundial y Director Ejecutivo de Transparency International

El desarrollo económico ha generado progreso sin precedentes en la historia de la humanidad, superando hambrunas generalizadas, extendiendo la esperanza de vida y aumentando los ingresos en gran parte del mundo.

Ello ha sido impulsado por desarrollos tecnológicos, particularmente equipos de combustión interna, con consiguientes emisiones de CO2. Estos han provocado preocupaciones respecto al calentamiento global y un consenso emergente de que dichas emisiones deben reducirse para limitar aumentos de la temperatura global a menos de 2 grados celsius por encima de los niveles preindustriales, como se ha convenido en el acuerdo de París de 2016.

Un esfuerzo de esta magnitud requiere cambios de proporciones históricas en políticas energéticas y una inversión del orden de US$16,5 billones. Ello implica una profunda transformación en las prácticas de producción y transporte, y un desarrollo de energías renovables, cuyos costos deben seguir disminuyendo para llegar a ser genuinamente competitivas con fuentes tradicionales -especialmente para superar sus dependencias de condiciones climáticas y consiguientes limitados factores de carga (o el tiempo que pueden operar en forma efectiva).

En respuesta a planteamientos del panel intergubernamental de expertos, IPCC, que considera las metas acordadas como insuficientes para evitar daños irreversibles en los ecosistemas, la Unión Europea está abogando por planes más ambiciosos que logren tener economías sin emisiones de CO2 y temperaturas que no excedan 1,5 grados los niveles preindustriales para 2050. Ello requerirá acciones aún más ambiciosas y costosas que podrían reducir las economías entre 0,3 a 0,5% del Producto Interno Bruto en 2030.

Con casi 30 años desde el acuerdo original sobre el tema, hay poco progreso en la agenda del cambio climático. Con la excepción de la caída económica en 2020, las emisiones de CO2 se han mantenido en los mismos niveles los últimos 25 años. Las acciones han tendido a centrarse en monitoreos regulares; establecimiento de fondos para proyectos medioambientales (solo en la Unión Europea hay más de 15 fondos diferentes para este fin); la introducción de subsidios difíciles de administrar y distorsionantes; mecanismos públicos de aprobación ambiental que suelen ser engorrosos, costosos y de lenta respuesta.

No es por tanto de extrañar que solo un tercio de los países hayan propuesto metas dentro del marco del Acuerdo de París, y naciones mayores como Rusia y Brasil no parecen tener mayor interés. La mayoría de los países no han definido sus propuestas de acción con suficiente concreción como para hacer pensar que habrá un avance significativo en el futuro cercano.

El camino por delante será largo y engorroso. Habrá costos que pagar; nuevas inversiones a realizarse y plantas existentes a cerrarse; ganadores y perdedores; la resistencia al cambio o los que pierdan sus empleos será entendible. Para ello se requerirá un enfoque estratégico si se han de lograr los objetivos que se están trazando, y responder a un ambiente crecientemente cambiante y disruptivo.

Para ello, se necesitará reorientar la atención hacia el sector de eléctrico, que absorbe más energía primaria que cualquier otro sector, y más de un tercio de las emisiones de carbono. Además, para lograr resultados tangibles, se deberá prestar más atención a la eficiencia y eficacia, especialmente respecto a la:

- Reducción de controles discrecionales, enfatizando políticas que proporcionen entornos eficientes de inversión, que reflejen el valor de escasez y absorción de gastos de cumplimiento con regulaciones. Ello permitiría que los costos se recuperen en los precios, incluidas las externalidades (como el costo de emisiones), y que induzcan inversiones y consumo de baja emisión, evitando procesos que recarguen las entidades públicas que no dan abasto para responder a demandas sociales más básicas.

- Formulación de políticas medioambientales más sensibles a consideraciones económicas, que se centren mejor en la asequibilidad e integren adecuadamente requerimientos sectoriales claves, incluyendo seguridad, eficiencia y acceso energético.

- Financiación de programas de adaptación y mitigación, para facilitar el ajuste a condiciones climáticas emergentes durante la transición a economías más descarbonizadas, con barreras contra tormentas, captura, uso y almacenamiento de carbono, y la facilitación de uso de fuentes de transición menos contaminantes como el gas. Apoyo a investigación científica y desarrollo de nuevas tecnologías, dada la carencia de soluciones de descarbonización de escala masiva, a un costo económico y social razonable en sectores como agricultura, industria, transporte. Ello permitiría adaptarse de manera equitativa y eficiente a los riesgos con fuentes menos contaminantes como hidrógeno o geotermia, que contribuyan a la diversificación de fuentes, con políticas que faciliten la asignación de recursos para el desarrollo de ellas.

El tema no se resuelve forzando la marcha con imposiciones o metas arbitrarias que sean costosas o difíciles de cumplir. El desafío tendrá que situarse en el contexto y a la altura de los cambios a los que las economías tienen que ajustarse. Éstas tendrán que solucionar el problema de fondo, cual es movilizar los recursos financieros, humanos y organizacionales para desarrollar soluciones técnicas y de inversión que nos permita una forma de vida compatible con el potencial y las limitaciones de nuestro entorno.

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