Columna de Ernesto Ottone: La salida es política



Los primeros meses del gobierno Boric no se han caracterizado por su solidez, por una línea clara de acción, y por generar resultados esperanzadores. Claro que ha transcurrido poco tiempo aun y la situación económica global y regional, muestra tozudamente que nuestro país, quizás mas que otros, por sus características demográficas y su estructura económica, depende en buen parte de su relación con la economía mundial, para bien o para mal, y sus gobernantes tienen que hacer las cuentas con ello.

A ello se suma la inexperiencia del nuevo grupo dirigente, sus vacilaciones y disidencias internas, que multiplican errores y malos entendidos. Da la impresión que los más experimentados que en él participan tienen dificultades para influir en la construcción de una gobernabilidad de buena calidad. Quizás eso pueda cambiar con el tiempo.

Parecería que este grupo dirigente, que mostró una gran habilidad para llegar a la cabina de mando del país, una vez logrado ese objetivo no sabe mucho como conducir la nave del Estado y cuáles son los botones que hay que apretar. El avión entonces tiende a carretear en círculos, sin poder emprender el vuelo.

A lo anterior se suma que dentro de un mes se definirá por un plebiscito la aprobación o el rechazo del proyecto surgido desde la Convención Constitucional, el cual, salvo en el caso de los más fideístas, que lo encuentran estupendo, sin sentir la necesidad de leerlo, ninguno de los que lo defienden lo califica de muy bueno. Ante las críticas, aluden más bien en su defensa, a las virtudes de su origen, lo que es cierto, a la incorporación de temáticas modernas, a la extensión de los derechos y a la definición del Estado como Estado Social, lo que también es cierto y contiene aspectos muy compartibles. Sin embargo, sus partidarios no resultan convincentes frente a los grandes defectos de forma y de fondo que el texto presenta, frente a la fragmentación que esconde el plurinacionalismo y a los desequilibrios en la organización del sistema político.

Tampoco pueden rebatir que este proyecto no cumple la tarea central de una constitución política, que es la de generar un marco compartido, una base común en la que las distintas posiciones, manteniendo sus diferencias, compartan consensos básicos para lograr una convivencia democrática en la que puedan alternarse programas políticos diferentes.

La propuesta que tenemos hoy ante nosotros es una mezcla de elementos constitucionales con un proyecto programático partisano.

De allí que no resulte sorprendente que estemos lejos de una cierta base de acuerdo sobre el tema, y las opiniones estén muy divididas, siendo imaginable que el rechazo resulte un escenario posible. Estas diferencias de opinión van mucho más allá de un corte entre izquierdas y derechas.

El presidente Boric ha hecho bien en aceptar la posibilidad del escenario de triunfo del Rechazo. Ha hecho mal, sin embargo, en señalar abruptamente una salida automática, cerrada y con tiempos largos que muchos chilenos no quisieran repetir. Tampoco es correcto plantear que los partidarios del Rechazo carecen de un plan cuando en verdad han ido surgiendo diversas propuestas. Plantear eso no es inocente, supone que el Rechazo es igual a la incertidumbre y que el Apruebo es sinónimo de serenidad y certeza.

Ello no es así . En ninguno de los dos casos el tema constitucional se cierra el 5 de septiembre.

Si gana el Apruebo, deberá producirse un largo debate interpretativo, una tarea legislativa laboriosa frente a reglas confusas y contradictorias y surgirá la necesidad de modificar reglas que resulten inaceptables para el legislador.

Si gana el Rechazo, el poder constituyente, vale decir el Presidente y el Congreso tendrán que acordar las fórmulas que nos lleven a una nueva constitución, cuidando de que éstas sean diferentes a la reciente experiencia frustrada y que sea capaz de combinar conocimiento y decisión popular. Lo demás huele a manipulación. El tema tiene por supuesto aspectos técnicos y jurídicos, pero lo que está en el centro es la voluntad política de no quebrar al país en fracciones irreconciliables.

Esta voluntad la debería expresar en primer lugar el Presidente, quien es el Jefe de Estado y debe velar porque dicho quiebre no se produzca y también por los congresistas, en quienes se ha delegado la soberanía popular.

Esa es la tarea primordial que debe cumplir sea cual sea el resultado del plebiscito.

Recordemos, además, que no atravesamos tiempos de glamoroso bienestar, si no tiempos duros en todos los planos. Chile no se puede permitir vivir entre conflictos y violencia, no puede encaminarse hacia la mediocridad y el empobrecimiento, hacia el aumento de las desigualdades y hacia el deterioro de su convivencia democrática.

Ello requiere canalizar las diferencias civilizadamente y lograr acuerdos básicos, que permitan la coexistencia de diversidad y de unidad.

Quienes hoy dirigen el gobierno adquirieron el compromiso de dirigir un sistema democrático y de proponer cambios al interior de ese sistema, no a cambiarlo por imposición revolucionaria, pasando a llevar sus reglas.

El Presidente es el jefe de Estado a la vez que de Gobierno y tiene la responsabilidad de guiar al país en su conjunto y no el de proteger los sueños o pesadillas de sus feligreses.

No es lo mejor para el país y para el propio gobierno, que el Presidente, más allá de sus legítimas preferencias actúe como activista y amarre su destino a una de las opciones en juego.

Podría salir políticamente reforzado, pero también trasquilado y ya hemos visto en gobiernos anteriores que los presidentes trasquilados pierden buena parte de su capacidad de conducción del país.

Hace pocos días falleció un gran intelectual italiano: Eugenio Scalfari, fundador de un periódico prestigioso y popular “La Repubblica”. Hombre de una izquierda crítica, abierta y reformadora, quien señalaba que se producen grandes problemas para la democracia cuando se queda “vacío el palacio del poder”.

El día 5 de septiembre, ese lugar no puede estar vacío. Se requerirá del Presidente una gran autonomía intelectual, una mirada de largo plazo que le permita resistir las presiones de quienes quieren ir más rápido que la historia. Solo así podrá abrir caminos de entendimiento y futuro compartido.

Chateaubriand, sagaz escritor romántico y monárquico decía del Zar Alejandro I de Rusia, quien si bien logró derrotar la invasión napoleónica no fue capaz de introducir las reformas modernizadoras básicas que Rusia requería, cediendo a las presiones de sus cortesanos, que si bien el monarca tenía “un alma fuerte, su problema es el de tener al mismo tiempo un carácter débil”.

Espero que quienes en nuestro país tienen hoy las responsabilidades de dirección política otorgadas por la ciudadanía muestren un alma y un carácter fuerte el día 5 de septiembre. Chile así lo requiere.

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