Columna de José Miguélez: Superliga, Florentino vapuleado

REUTERS/Sergio Perez



El golpe de Estado duró dos días. No había terminado de corearse su nacimiento cuando ya se había certificado su defunción. Fue una ráfaga estruendosa, capaz de movilizar a los aficionados, conciliar el rechazo de futbolistas y entrenadores, y arrancar reacciones hasta de los políticos, pero finalmente fallida y efímera. Tan breve que resultó ridícula. Y a la cabeza del ruido inicial y el patético desenlace, Florentino Pérez, un triunfador indiscutible que ya lleva cosido este fracaso a su apellido. Su pomposa Superliga no llegó ni a la categoría de mini. De momento, claro. Cuenten con la venganza.

Esto sólo fue el 1-0. O la goleada de la primera fecha. Demoledora, eso sí, frustrante e hiriente para los derrotados, retratados por la torpeza suicida de su puesta en escena y lo estrepitoso del resbalón. No se puede escoger peor el momento (tras tres años maquinando en la clandestinidad), calcular tan mal los apoyos (las encuestas que guían todos los movimientos de Pérez le habían proclamado el respaldo mayoritario a la maniobra) y elegir compañía menos seria (un puñado de cómplices que se tiraron del barco al primer fogonazo). Eso ya queda para los anales del proyecto.

Una rebelión tan fácil de entender en su esencia (la ambición desmedida del dinero y sus dueños, la idea de convertir la gran industria de los clubes en un monopolio cerrado, a la estadounidense, una NBA del fútbol) como de despreciar en términos igualitarios, románticos y de puridad de la competición. Y también discutible como entretenimiento. El encanto del fútbol es el fútbol en sí, único deporte que permite ganar de vez en cuando al peor y no le da garantía de nada al mejor. Y que aburre cuando no hay algo en juego.

No es un combate novedoso en todo caso. Ni el afán de unos pocos por acaparar las ganancias del negocio (en Chile hace rato, casi como único caso en el mundo, los presidentes se lo reparten todo); ni lo de reducir los riesgos económicos por avatares deportivos (este año los clubes chilenos intentaron blindarse con una liga casi cerrada). Es la eterna batalla entre los más poderosos, los que no lo son tanto y el siempre siniestro mundo dirigente de la FIFA. Se les llena la boca a todos ellos de actuar en defensa de los aficionados y el espectáculo, se venden como mesías (“hemos llegado para salvar el fútbol”), pero siempre a modo de eufemismo. Hace tiempo que el hincha es visto como un cliente y que el grito de gol les da igual. Lo único que les importa es el tamaño del dinero que entra en sus bolsillos. Y esa batalla, pese a lo fulminante de la derrota, al KO de la Superliga, sigue y seguirá. La UEFA es intocable, es cierto. Pero con Florentino y el Madrid los partidos nunca acaban en el minuto 90.

José Miguélez es editor de El Deportivo.

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