Columna de Marcelo Contreras: Residente vs. Balvin: el delicado arte de hacer enemigos

Residente y J Balvin.

No todas las peleas y discusiones públicas merecen lectura como simple odiosidad. La fricción también otorga humanidad a los grandes artistas. El conflicto llevado con ingenio es parte de este universo y sus personajes.



En días de guerra, Residente busca batalla y ataca relámpago mediante un intenso single sin título. Aunque arranca como una crítica al presente de la música urbana - “el autotune y el playback activa’o, estos bobo’ cantan hasta con el micrófono apaga’o”-, la mira se va cerrando hasta localizar la figura multiplatino de J Balvin. La estrella colombiana cae en cámara lenta bajo los múltiples impactos de una lengua imparable, ácida y quirúrgica, exponiendo sus inconsistencias. Lo tilda de superficial y racista, entre otros cargos.

A pesar de sus ocho minutos y 49 segundos, el tema avanza sin desperdicio. No es una bravuconada envuelta de monótona base, arremetiendo tosca como peleador callejero. El round contiene estudio del contexto y el contrincante, distintos actos encadenados, y un estribillo con aire de musical -”esto lo hago pa’ divertirme, pa’ divertirme”-, bajo un hálito de rufián junto a los amigos en una vieja taberna.

Cuestionado por el grupo feminista argentino Feminacida, que se declaró “cansades de la violencia que atraviesa nuestros consumos culturales”, Residente salió a dar explicaciones innecesarias. Los antagonismos entre figuras y estilos han sido motores en los negocios, las artes, el deporte, la política. La vida misma, por cierto.

¿Hora de discutir un cambio de paradigma para superar sesgos y resabios arcaicos? Siempre es el momento, como insoslayable y vital la dinámica de rivalidades y críticas entre pares, con episodios memorables que avivan la historia de la música local y universal, alimentando el ego, la creatividad y el sentido del espectáculo que atrae al público.

Hacia 1830 en San Vicente de Tagua Tagua se enfrentaron a punta de payas el mulato Taguada, apodado El Invencible, y Javier de la Rosa, latifundista de Copequén, con fama de as del guitarrón, filósofo y astrónomo. Uno era el pueblo, el otro la oligarquía. Después de 80 horas de versos y guitarreo con enfervorizadas barras respectivas, Taguada resultó derrotado. La leyenda dice que no soportó la humillación ahorcándose con las cuerdas de su guitarra.

A comienzos de los 70, Lennon y McCartney se dedicaron canciones como puñaladas. En 2010, ante el éxito de Arjona agotando varios Luna Park, Fito Páez denunció una aniquilación valórica en la capital argentina, desatando una mordaz réplica del guatemalteco. “Ya quiso usted ser Charly García, después quiso ser Almodóvar”.

Madonna y Lady Gaga no encarnan sororidad precisamente. Desde las sospechosas similitudes de Born this way con Express Yourself en 2011, la reina madre del pop alzó la voz ninguneando a la heredera. Gaga lamió heridas hasta que en 2016, si bien reconoció la categoría de la chica material como “la estrella del pop más grande de la historia”, marcó una diferencia. “No quiero faltarle el respeto (...) pero yo toco muchos instrumentos y escribo mi propia música”.

En promoción de un nuevo álbum, Eddie Vedder dijo despreciar a Mötley Crüe en los 80 porque “odiaba cómo hacía que quedaran las mujeres”. Nikki Sixx contraatacó por Twitter. “Teniendo en cuenta que son una de las bandas más aburridas de la historia”, aludió en referencia a Pearl Jam, “es una especie de cumplido”.

No todas las peleas y discusiones públicas merecen lectura como simple odiosidad. La fricción también otorga humanidad a los grandes artistas. El conflicto llevado con ingenio es parte de este universo y sus personajes. Así, de tanto en tanto, florecen grandes canciones alimentadas por la confrontación. Para que mejore la tierra, a veces hay que prender fuego.

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