Columna de Paula Escobar: Extenuante



“¡Logramos dejarlos sin ni uno! ¿$ 2.079.813.000 para el Museo de la Memoria?, ¡$ 85.060.000 para la Fundación Salvador Allende? Otro robo”, tuiteó exultante el diputado Gonzalo de la Carrera. El diputado Johannes Kaiser: “Dejamos sin lucas al Museo de la Memoria selectiva y al INDH. Ha sido una jornada extenuante. Buenas noches”. Ambos fueron electos dentro del Partido Republicano de José Antonio Kast, aunque renunciaron después. Tras una noche en vela, el jueves la Cámara de Diputados y Diputadas despachó al Senado la Ley de Presupuesto para el próximo año. No fueron aprobadas, entre otras imprescindibles asignaciones (como las de Seguridad y Combate al Crimen Organizado), las del Instituto Nacional de Derechos Humanos, las del Museo de la Memoria y los DD.HH., de las fundaciones Eduardo Frei Montalva, Patricio Aylwin y Salvador Allende, y los sitios de memoria Villa Grimaldi, Londres 38 y otras instituciones. Se repondrán en la tramitación en el Senado, pero dejan abierta la preocupación por el grave retroceso y regresión democráticos que significa que estos diputados se ufanen de “desfinanciar” instituciones que velan por los DD.HH., y hagan de ello una batalla política.

Desde el retorno a la democracia, ha habido un trabajo doloroso y continuo -aún no terminado- por establecer la verdad, hacer justicia, reparar, recordar y no repetir las graves violaciones a los derechos humanos cometidas en dictadura, para poder proyectarse al futuro.

El perdón que pidió el Presidente Patricio Aylwin -con lágrimas en los ojos- cuando entregó el Informe Rettig, simbolizó el inicio de ese camino. El respeto irrestricto a los DD.HH. como una política de Estado, como un mínimo civilizatorio que, por sobre toda diferencia política o ideológica- pusiera a Chile a salvo de la barbarie, ha sido un camino profundizado por los siguientes gobiernos democráticos, incluido el del Presidente Piñera, que habló de los “cómplices pasivos” de la dictadura.

Las acciones y dichos de estos diputados de ultraderecha no son algo trivial, anecdótico ni menor, como algunos piensan. En primer lugar, constituyen una alerta más de la peligrosidad que implican estas ideologías de ultraderecha que avanzan en distintos lugares del mundo, poniendo en riesgo las ideas y valores consustanciales a las democracias liberales. Ese sector se fortalece habilitado por silencios y dificultades para enfrentarlos y ponerles atajo por parte de cierta derecha. En Chile, mal que mal, la candidatura de José Antonio Kast sacó un récord de 44% de los votos que, prestados o no, son sus votos.

Segundo: estos diputados están en sintonía con su líder, sus comentarios no son marginales a su pensar. Este 11 de septiembre, de hecho, JAK tuiteó: “El 11 de septiembre de 1973, Chile escogió la libertad y el país que tenemos hoy, es gracias a los hombres y mujeres que se alzaron para impedir la revolución marxista en nuestra tierra”. La imagen que acompañó su tuit era de La Moneda, con aviones sobre ella: no bombardeándola (como ocurrió el 73), sino con los colores de la bandera.

Tercero: porque los partidos de ultraderecha pueden llevar a posiciones radicales a los partidos de derecha tradicional, como ha establecido Cas Mudde, uno de los mayores expertos sobre esta corriente en el mundo. Es lo que él llama “la radicalización del conservadurismo y la hibridación del conservadurismo y la derecha radical”. Como dice Mudde, para la derecha tradicional es muy difícil llegar a gobernar sin alianza con ellos, por lo que es clave que sea capaz de poner límites básicos claros. ¡Y el respeto irrestricto a los derechos humanos y la democracia debe ser ese primer límite!

Cuarto: es especialmente grave que esto suceda para 2023, año en que se cumplen 50 años del Golpe de Estado: habrá que procesar y reflexionar sobre aquel aciago momento de nuestra historia, y el rol de estas instituciones debe ser reforzado, jamás minimizado o puesto en duda.

En el Museo de la Memoria hay una instalación de Alfredo Jaar que resume todo. “La geometría de la conciencia” sumerge en un espacio de luz y oscuridad donde aparecen y desaparecen 500 siluetas. “Son las de chilenos y chilenas; una gran proporción de ellas corresponden a los detenidos desaparecidos, pero otras son de personas vivas (...). La obra trabaja con la pérdida sufrida por todos a causa de los crímenes cometidos durante la dictadura: todos, los desaparecidos y los que quedan”, escribió la destacada ensayista Adriana Valdés.

Tal como la obra de Jaar lo expresa, esto nos pasó a todos. Y nunca más puede volver a pasar. Ese legado, de respeto a los DD.HH. y la democracia, es el más importante de preservar para las generaciones que vienen, que no vivieron esos momentos y que no queremos que los vivan nunca. Por extenuante que sea, no se puede dejar que avancen sin contrapeso ideas y expresiones que relativizan estos valores.

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