Cuestión de estilo



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Hará cincuenta años desde que mi padre me llevara a Brooks Brothers para comprar mi primer traje gris marengo. Cursaba aún el colegio, y el recuerdo que guardo es de una sastrería enchapada entera de madera, sobria y silenciosa, ubicada en los altos de un edificio del centro de la ciudad, nada de llamativa, aun cuando estábamos en Washington a pasos de la Casa Blanca. Aquí era donde se vestían los senadores, congresistas, embajadores, abogados, jueces, funcionarios de gobierno y de organismos internacionales. Todos con las mismas “Repp ties” y camisas con cuellos “button-down”, en versión norteamericana de tradiciones de clubes, colleges y regimientos (las rayas de las corbatas al revés, por supuesto, para distinguirlas de las propiamente británicas). Y, aun cuando indiferenciables y fomes en su vestimenta, nadie hubiese confundido a sus clientes con representantes de gobiernos de la órbita soviética, a no ser los doble agentes (seguíamos todavía en medio de la Guerra Fría).

Poco antes, en 1968, vastos sectores del Distrito de Columbia, estallarían en llamas durante los graves disturbios tras el asesinato de Martin Luther King, y al año siguiente se producirían masivas manifestaciones en contra de Nixon y la Guerra de Vietnam, mientras los campus universitarios se refocilaban en pleno carnaval contracultural. De modo que mi visita a Brooks Brothers vino a ser un rito de paso a contrapelo con los tiempos que se vivían si uno lo piensa en retrospectiva; con todo, ello no me quitó el sueño o perjudicó. El traje que mi padre me regaló, haciéndome sentir que era adulto y entraba en aquel mundo, me duró unos buenos 15 años, sirviéndome a lo largo de mis estudios universitarios en EE.UU. y después en Chile, ya de vuelta en Santiago en plena dictadura. Luego fui a estudiar a Oxford, durante Thatcher, y ahí las corbatas siguieron siendo las mismas, igualmente asociadas al establishment que gozaba de buena salud, solo que sus franjas diagonales, reitero, figuraban al revés.

Lo que ha venido sucediendo desde entonces ha sido distinto, aun cuando su línea clásica ha persistido. Brooks Brothers se precia en no cambiar o poco, lo que le ha valido 200 años de vida. El 2006, que es cuando Bachelet asume, la tienda se instala en Chile sin temor al progresismo y con buena acogida, y en 2009 Obama jura como Presidente -su abrigo, bufanda y guantes conseguidos en la misma tienda. Solo con la expansión al resto del mundo en el siglo XXI, las finanzas flaquean. Ha habido cambios de dueño, e incluso antes de la maldita peste su actual propietario habría decidido poner la marca en venta. Esta semana se solicitó la quiebra. Cuál será entonces el problema, ¿su convencionalismo? Lo dudo. ¿Las ansias disparatadas de lucro del negocio: el capitalismo de mal gusto? Lo hay con estilo.

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