¿Del voto telemático a la democracia virtual?



El Presidente promulgó la reforma constitucional que permite que los parlamentarios puedan sesionar y votar a la distancia dentro de un plazo acotado (un año) y en el contexto de una cuarentena sanitaria o estado de catástrofe. La reforma agrega una disposición transitoria a la Constitución, que requiere un acuerdo político amplio para poder activar el ejercicio de las sesiones digitales. Parece razonable que, atendida las circunstancias extraordinarias producidas por la pandemia, el Congreso pueda disponer de una herramienta excepcional como la aprobada, siempre que se asegure que los votos serán personales, indelegables y, en lo posible, fundados. 

No obstante, si la experiencia que tendremos con el voto a la distancia es positiva, es posible que algunos promuevan un uso más frecuente de dicho instrumento. Esto es un error.

En Estados Unidos ha existido un debate donde se han resaltado algunas supuestas ventajas del voto telemático de los parlamentarios. Entre ellas, se ha sostenido, por ejemplo, que el voto a la distancia permitiría controlar mejor la acción de lobistas, que los parlamentarios podrían pasar más tiempo en sus distritos, y que dicha herramienta podría servir para ampliar el número de representantes. Aunque estos motivos son dudosos y requieren de mayor discusión, debemos rechazar la idea de establecer el voto telemático como regla general, porque ellos descansan en una idea errónea acerca de la manera como el proceso legislativo sirve a los sistemas democráticos.

Los procesos legislativos no deben ser meros mecanismos para agregar preferencias. Ellos deben asegurar que los parlamentarios puedan ejercer su función de representación en sus distintas funciones, incluyendo las deliberativas y las simbólicas. Para que la deliberación funcione de manera efectiva, deben contrastarse posiciones, intentar persuadir y buscar los espacios comunes. Las ideas deben poder competir. El debate y voto online hace más costoso que se desarrollen estas funciones, porque los parlamentarios tienen más incentivos para hablarle exclusivamente a sus potenciales electores, ignorando a sus adversarios. No obstante, tomar en serio las posiciones de los adversarios contribuye a mejorar los proyectos de ley y a ampliar el número de intereses a que el proyecto responde. Sin embargo, el voto telemático hace más difícil la construcción de un clima de acuerdos que permitan considerar intereses opuestos y reduce los espacios para la negociación.

La democracia representativa no es una mera substitución imperfecta de la democracia directa ideal. El proceso legislativo tradicionalmente concebido, basado en la representación y el debate pacífico, tiene virtudes epistémicas y morales que, lamentablemente, son más difíciles de promover mediante el voto telemático.

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