Desde el ojo de la tormenta
Escribo esta columna el domingo a mediodía en el litoral central, luego de, -al igual que miles de chilenos-, dedicar horas a palear barro, reparar techumbres, despejar árboles caídos en caminos y luchar con goteras y cortes de luz. Pero lo anterior no se compara con las lamentables pérdidas de vidas y materiales.
Según el último reporte del Senapred, pese a la intensidad de las lluvias y vientos, hasta ahora solo lamentamos cuatro personas fallecidas y una desaparecida, 21 viviendas destruidas, 544 con daño mayor y 1.652 personas damnificadas, lo que da cuenta de la resiliencia y capacidad de anticipación que tuvimos en esta oportunidad.
A estas alturas, no hay negacionismo que se sostenga; según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, Chile es de los países más expuestos a riesgos tales como las megasequías y “Ríos Atmosféricos” como el que enfrentamos.
Para entender la proporción de las actuales lluvias, en la Región Metropolitana se acumularon 101,5 mm de agua caída en 48 horas, el segundo mayor registro para el mes de julio desde 1914. En este sentido tuvimos suerte, ya que las bajas temperaturas permitieron que la isoterma 0º se mantuviera a baja altura, acumulando nieve en la precordillera, evitando escurrimientos aluvionales o turbiedad en plantas de agua potable, garantizando el suministro.
Es de esperar que en los próximos días no suban las temperaturas y no llueva sobre la nieve, ya que hasta ahora, las obras de control de aguas lluvias como la quebrada de Macul y los parques inundables como el Víctor Jara en el Zanjón de la Aguada y La Hondonada en Pudahuel cumplieron con sus caudales de diseño, confirmando que la infraestructura verde y azul es más eficiente ante precipitaciones concentradas que las soluciones tradicionales de canalización cerrada, protegiendo las zonas bajas de la ciudad.
En regiones la situación ha sido más crítica, pero han demostrado estar preparadas para este tipo de eventos. Mención especial a la resiliencia del alcalde Rodrigo Vera y vecinos de Penco, que en pleno proceso de reconstrucción del megaincendio de enero, enfrentaron un “tsunami climático” en Cerro Verde Bajo y Lirquén con olas de hasta 10 metros y acumulación de 1 metro de arena en calles y viviendas.
Finalmente, el viento, con rachas de entre 75 a 100 km/h en algunas ciudades fue la pesadilla de las cuadrillas y empresas de distribución eléctrica. Pese a las medidas de prevención, como la poda de ganchos, es imposible prever los miles de caídas de árboles que pierden sustento en sus raíces al saturarse el sustrato donde crecen. En este sentido, mientras no logremos legislar para masificar los llamados medidores digitales inteligentes, las cuadrillas tendrán que recorrer visualmente los tendidos para detectar y reparar fallas, perdiendo horas cruciales para comunidades y electrodependientes.
A estas alturas, y si bien todavía quedan días cruciales, desde el ojo de la tormenta bien vale la pena felicitar a las autoridades nacionales y locales, así como a los equipos de emergencia civil y empresas servicio que han dado todo por mitigar los efectos de esta tormenta.
Por Pablo Allard, Decano Facultad Arquitectura UDD.
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