El desafío de Alberto

Alberto Fernández

Foto: Reuters



Hasta ese miércoles 15 de mayo recién pasado, cuando Cristina Fernández de Kirchner (CFK) lo llamó para conversar, no figuraba ni por asomo en los planes de Alberto Fernández transformarse en el futuro Presidente de Argentina. Político de fuste, había consagrado sus mejores energías a buscar durante los últimos años la figura nueva capaz de derrotar a Macri, un Presidente que hundió al país en una crisis profunda. A pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió. Pero, tremenda paradoja, luego de varias vueltas, la figura providencial terminó siendo… él mismo. En una demostración de lucidez y grandeza, CFK le propuso algo que jamás nadie se habría atrevido a sugerirle: que fuera él quien encabezara la fórmula presidencial del justicialismo. Su argumento era simple e irrefutable: Alberto podía unir lo que ella dividía.

En poco tiempo, Alberto fue capaz de sanar heridas y superar divisiones que se arrastraban por años. Abrió así un horizonte de esperanza en un país agobiado por la recesión, la pobreza, el desempleo y las deudas. En pocos meses de campaña, afirmó su liderazgo y su autoridad, y condujo al justicialismo a un aplastante triunfo primero en las primarias (PASOS) y luego en la primera vuelta.

Tuve ocasión de presenciar el pasado martes 10 de diciembre su asunción a la Presidencia de la nación. Fue mucho más que un acto protocolar. Por de pronto, era la primera vez en 90 años que un Presidente no peronista conseguía terminar su mandato. El último había sido Marcelo T. de Alvear, en 1928. En un discurso escrito hasta en los últimos detalles por él mismo, resumió con el estilo propio del profesor las líneas gruesas de su programa en una frase: la superación de los muros del odio, del hambre y del despilfarro. Ideas simples que constituyen, si se piensa bien, un muy ambicioso programa.

Es evidente que su primera prioridad será cambiar el rumbo de una economía que marchaba directamente al precipicio. Con 15,9 millones de pobres, 22 mil empresas destruidas y una deuda externa de US$ 310 mil millones, la tarea será ardua. A diferencia de ocasiones anteriores, se propone esta vez honrar las deudas contraídas. Para ello, la economía necesita un respiro para crecer y recuperar solvencia. Es de esperar que el FMI y los acreedores privados entiendan la situación y se allanen a una renegociación ventajosa para todas las partes. Pero, a fin de cuentas, el desafío fundamental estará en la política. Argentina, país rico, ostenta el triste récord de ser uno que lleva décadas de recesión en recesión. Sus profundas divisiones han pavimentado el extraño camino que lleva del desarrollo al subdesarrollo. La superación de la "grieta" es finalmente la tarea mayor. Alberto Fernández puede hacerlo y constituirse, no como un Presidente progresista más, sino como uno que fue capaz de producir una nueva síntesis entre lo mejor de esos gobiernos y la necesaria autocrítica por los errores cometidos.

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