El evangelio según Boric



Por Juan Ignacio Brito, periodista

Cuesta creerle a Gabriel Boric. Lo que ha mostrado en las últimas dos semanas no es moderación, sino una ¿auténtica? conversión. El giro en 180 grados que se esfuerza en ostentar no tiene precedente político, sino religioso: tal como San Pablo -cuyo “evangelio” ha estado leyendo-, Boric se cayó del caballo y ha visto la luz. Ahora no solo recurre a la sabiduría de la Biblia y comparte momentos místicos con los cristianos, sino que también luce orgulloso una chapita de la Teletón, cree en el gradualismo, viste como niño bueno, confiesa ser un admirador de las Fuerzas Armadas, olvida la refundación de Carabineros, valora el orden público, califica su apoyo al indulto a los presos del estallido, critica su mesianismo generacional… Presenciamos un milagro.

Un amigo bromeaba diciendo que lo que a la renovación socialista le tomó 15 años de dolor, pérdidas, exilio y reflexión crítica, a Boric le ha llevado cuatro días. El problema, por supuesto, es que no es creíble. Si llega a ganar el 19 de diciembre, no será porque la gente ha visto sinceridad en esta teatral voltereta, sino porque estuvo dispuesta a votar por lo que consideró el mal menor.

Al hacer lo que está haciendo, Boric no solo ha dejado de lado convicciones profundas con tal de ganar, sino que se ha convertido en una mala copia de aquello que criticó. El candidato irrumpió hace una década en política como un iluminado que prometía un cambio de mentalidad, aire fresco para renovar una actividad desgastada y desprestigiada. Se trataba de una visión idealista que, de todas maneras, estaba destinada a chocar con la realidad. Sin embargo, nadie podía sospechar que lo haría de una manera tan abrupta y descarada.

Al predicar ahora el antiguo evangelio del todo vale, Boric está erosionando justamente aquello que lo diferenciaba y que constituía su virtud más atractiva: la idea de que actuaba guiado por la convicción y el bien del país, no por la urgencia de ganar a toda costa que llegó a caracterizar a la política qué él denostó sin empacho.

Desprovisto por voluntad propia de esta ventaja moral, Boric se ha transformado en uno más. Ahora es un presidenciable confundido e inseguro que rechaza discutir sus contradicciones en público y se niega a debatir. No es raro, entonces, que su jefa de campaña confiese que “no quiere exponerlo a encerronas”. El político audaz que hasta hace poco prometía arrojo y desfachatez es hoy un candidato miedoso.

Si pierde, la izquierda dura tendrá que hacer un detenido análisis del travestismo político que hundió a su candidato. Si gana, la incoherencia no tardará en pasarle la cuenta. Porque el ejercicio del poder es una droga cruel: atrae e invita a hacer de todo para obtenerlo, pero desnuda sin piedad las limitaciones, incoherencias y traiciones.

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